“…hay culturas que tratan de iluminar, de profundizar dentro de uno mismo. …Escuchar al maestro, guardar silencio, meditar, esperar a ver qué ocurre. Otras culturas viven hacia fuera, más pendientes de los resultados que del proceso de aprendizaje. Una vela, un quinqué dan luz, iluminan, permiten ver, en cambio, unos focos deslumbran, ciegan, dificultan la visión. El maestro está para ayudar a ver, no para cegar a sus discípulos…”

Es un pensamiento de José Luis Sampedro, incluido en su publicación póstuma La vida perenne (2015, Plaza & Janés, Barcelona, p. 151), que traemos a colación a propósito de unos comentarios sobre un pretendido tic regio de la actual reina. Si el tema parece de lo más fútil y absurdo, la crónica rosa nacional sedienta de noticias, crea una otorgando a Doña Letizia un “movimiento convulsivo, que se repite con frecuencia, producido por la contracción involuntaria de uno o varios músculos” (diccionario RAE). Para dar juego a la cuestión se fomenta la duda, el misterio y se termina con el manido “por qué será, qué querrá decir”.

Aunque el ejercicio de apuntar con el dedo pueda parecernos demasiado simple o infantil para tener algún valor, vale la pena llevarlo a cabo. Según Jan Kersschot (Volver a sí mismo, 2006, Editorial Sirio, Málaga, pp. 95-96), “el dedo que apunta señala la dirección de nuestra atención. Hasta un niño puede hacerlo. No tenemos más que prestar atención a aquello que el dedo esté señalando”.

Entre cotilleos propios de momentos de asueto escolar, pusimos el tema sobre la mesa. Enseguida surgió el dedo índice extendido de los retratos de la Duquesa de Alba pintados por Francisco de Goya (1795 y 1797) donde la mujer señala al suelo el letrero “Solo Goya”, con posibles significados: autor, la persona más importante del momento, el mejor artista, posible amante…

De ahí se saltó a la escultura romana de César Augusto (Augusto de Prima Porta, siglo I d.C.), primer emperador de la Roma Imperial que proporcionó una época de paz, estabilidad y esplendor cultural (Pax Augusta) que duró dos siglos. El líder se representa en retrato thoracatus, es decir, vestido como jefe militar, con túnica corta y una coraza musculada lujosa. Se encuentra de pie y con el brazo derecho levantado, en actitud de dirigirse al público o arengando a sus tropas, mientras sostiene el bastón consular con el dedo índice extendido.

Por otra parte, la iconografía de San Juan Evangelista alterna su representación como un águila (su Evangelio se consideraba el de más altura espiritual y de ahí que se le comparara con las aves que saben volar más alto) o como figura humana con el dedo índice extendido, en este caso, apuntando al cielo.

Del mismo modo, en el imaginario budista, los gestos o ademanes simbólicos realizados por los monjes con sus manos mientras recitan los mantras (mudras iconográficos), el índice extendido señalando el suelo simboliza la victoria sobre los demonios, el mal y las pasiones. Igualmente, apela a la madre tierra para que confirme su derecho a situarse en aquel lugar.

Por otra parte, para subrayar ciertos aspectos gramaticales y estructuras lingüísticas, por ejemplo el tiempo verbal presente, se apunta con el dedo índice al suelo.

Y sobre la longitud del dedo índice respecto a sus compañeros, se albergan toda una serie de especulaciones carentes de valor científico. Que si es más corto respecto al anular o igual la persona tendrá más facilidad para las matemáticas o por el contrario será un prodigio de las letras, si será más fiel o infiel con su pareja…

Pues bien, “¡Es la economía, estúpido!” Esta famosa frase formulada por James Carville, asesor del demócrata Bill Clinton en la campaña electoral de 1992, facilitó su ascenso a la presidencia de Estados Unidos. Mientras su rival, George Bush padre se volcó en los éxitos de la política exterior como la Guerra del Golfo Pérsico, los problemas económicos cotidianos ahogaban a la población. Lo mismo nos ocurre en el ámbito educativo actual. Tratemos de poner luz sobre los problemas y evitemos el uso recurrente de focos y altavoces externos que, muy a menudo, distorsionan la realidad en pro de intereses espurios. ¡Es el arte, estúpido! ¡Son las humanidades, estúpido! Mejor dicho: ¡Es la falta de humanidades, estúpido!

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