Miguel Ángel Fernández, subdirector de Atención a la Diversidad del Gobierno de La Rioja, reconoce que existe una cierta sensación entre los padres «de que parece que no hay niños normales, que todos tienen algún tipo de diagnóstico», pero lo cierto es que el aumento de alumnos con necesidades especiales se debe, en su opinión, a dos factores. El primero, detalla, al mayor rigor en la evaluación y mayor atención a la diversidad; y el segundo, a que la heterogeneidad del alumnado es mucho mayor, debido a la inmigración. En este punto recordó que La Rioja es la región que mayor porcentaje de alumnos inmigrantes tiene en sus aulas y eso hace que el tipo de alumnado sea muy heterogéneo, «con dificultad de aprendizaje de idioma, con desventajas socioeconómicas, es una situación muy distinta a la que teníamos hace 20 años, que el grupo clase era más homogéneo, no había tanta diversidad». Noticia publicada en http://www.larioja.com/la-rioja/201502/15/hace-anos-habia-tanta-20150215005611-v.html

Si bien es una noticia corta, hay mucho para reflexionar. Siempre me he preguntado lo mismo: ¿Realmente, ahora la escuela es más diversa? Hace un tiempo considerable que estoy en las aulas, y el tema de la diversidad es un aspecto de la educación que me inquieta. En parte estoy de acuerdo: en los centros públicos encontramos mucha diversidad en cuanto a nacionalidades, lo que implica diversidad de culturas que, insisto, deberían mejorar nuestra propuesta: la diferencia enriquece, aunque a veces es dificultoso. Un ejemplo: en la escuela es común encontrarnos con familias que aún no dominan el español, lo cual obstaculiza la comunicación, incluso a la hora de comentar asuntos triviales (como una celebración) o cuestiones de mayor importancia como temas sobre el desarrollo óptimo del niño o niña. Las familias suelen responder con un sí o un no, pero que, a ciencia cierta, sabemos que no han comprendido plenamente el mensaje. ¿Por qué la escuela no crea espacios para ayudar a las familias en el aprendizaje de una nueva lengua? A veces estamos más preocupados por cumplir con papeleos burocráticos, más que por la realidad del centro que afecta en forma directa a la educación de nuestros alumnos. Entonces, la escuela necesita un cambio profundo, que no está marcado por ninguna ley, por ninguna reglamentación. La escuela debe hacerla el profesorado junto a su entorno cercano: familias, centros culturales, ayuntamientos, centros de salud, etc.

Otro punto desalentador es la preparación de los futuros docentes con respecto al tratamiento de la diversidad en las aulas. Sé a ciencia cierta, porque convivo con una estudiante de Magisterio, que su preparación está muy ajena a lo que en realidad tendrá que vivir cuando se encuentre en un aula. La diversidad, la atención a la multiculturalidad, etc., es mentado por todos pero no se profundiza en cuál debe ser la propuesta pedagógica a desarrollar. Se informa sobre planificaciones (que no son reales), sobre clases-modelos-útopicas, sobre una escuela que es de libro. Insisto, ajena a la realidad. Se habla de enseñanza de lenguas, de nuevas tecnologías, de recursos “humanos” suficientes para atender a niños con necesidades educativas especiales, cuando aún el alumnado de Infantil (que es donde se debería empezar) no recibe clases de una segunda lengua, no cuenta con PDI, u ordenadores que no estén ya caducados (sabemos de la rapidez en los avances tecnológicos), y que los apoyos humanos son escasos para dar soporte suficiente y de calidad a este colectivo de niños. Me adhiero a las palabras de Eulàlia Bosch en su libro “Un lugar llamado escuela”, que se refiere a la preparación del profesorado inicial diciendo: «Mientras la preocupación fundamental de las escuelas de magisterio no sea la comprensión, lo más cuidadosa posible, del mundo contemporáneo en todas sus facetas…. no puede pensarse que las escuelas puedan acoger y satisfacer las necesidades de conocimiento de los niños y niñas que pasarán años y años en sus aulas». Más claro imposible.

Pero, también, me planteo lo siguiente: una clase con niños y niñas donde todos comparten la misma nacionalidad, no hay ninguno con dictamen, y todo se desarrolla dentro de la “normalidad”. Acaso, ¿esta clase no es también diversa? ¿Esta clase necesita una enseñanza unificada e igual para todos? Lo dudo. Cada niño es un ser que proviene de una familia que ha dejado una impronta genética o imprinting, que determina cómo será su desarrollo evolutivo. Marcará qué capacidades serán las que lo diferencian del resto, y también sus necesidades e intereses serán desiguales. Por lo tanto María, Pedro, Juan, Clara… cada uno de ellos destacará en diversos aspectos, teniendo más o menos dificultades, y estoy segura que todos alcanzarán las áreas curriculares-evaluables que tanto preocupan. Sin embargo, es mi convicción que, mientras lo logran, debemos acompañarles, darles nuestro soporte emocional, ser su “andamiaje” en términos de Bruner. Esta es la escuela real, la escuela que tenemos que respaldar y solventar con nuestro buen hacer, dentro de nuestras posibilidades. Es muy cierto que la escuela ha cambiado y que nuestras aulas ya no son las que eran, por ende también deben cambiar los planes de estudio de los futuros docentes para que cada vez acaben su Magisterio más preparados. Los que ya estamos en acción, “viviendo la escuela”, somos conscientes de aquello, y debemos investigar nuevas propuestas de trabajo, cambiar nuestras prácticas, apostar por una enseñanza motivadora. Al fin y al cabo crecer con nuestros alumnos diversos.

Imagen extraída de http://losojosdehipatia.com.es/educacion/atencion-a-la-diversidad-del-alumnado-de-educacion-primaria/

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