Desde hace tiempo se habla del malestar docente o burnout.  Flueguel y Montoliu afirman que “La expresión malestar docente viene utilizándose con mayor frecuencia desde los años ochenta y se emplea para describir los efectos permanentes, de carácter negativo, que afectan a la personalidad del enseñante, como resultado de los cambios acelerados producidos en el contexto histórico-social»  (Flueguel y Montoliu, 2005). Este malestar puede tener como consecuencia para el profesorado, un bajo autoconcepto, inseguridad y problemas de identidad personal.

En los últimos veinticinco años, los docentes nos hemos visto inmersos en muchos cambios de legislación consecuencia de la LODE, LOGSE, LOPEG, LOCE y LOE además de los cambios que ha supuesto el traspaso de competencias educativas a las comunidades autónomas. En muchas ocasiones, aspectos que funcionaban bien nos hemos visto obligados a modificarlos porque la nueva ley nos lo impedía o bien en otras ocasiones, las leyes han cambiado pero las prácticas docentes de algunos enseñantes han continuado siendo las mismas.

Existen una serie de elementos de cambio en el sistema escolar como pueden ser el descenso en la valoración social del profesor, el aumento de exigencias sobre la función de los docentes, el desarrollo de fuentes de información alternativas a la escuela, la diversidad del alumnado, el cambio en la relación alumno-profesor, la escasez de recursos materiales y deficientes condiciones de trabajo, y aún podríamos continuar enumerando algunos más. Con frecuencia se dan a conocer en los distintos medios de comunicación, denuncias, demandas, acoso y hasta agresiones. Y todo ello se une para aumentar ese malestar.

Pero  a pesar de todo ello, muchos docentes han sabido reaccionar y adaptarse a estos grandes cambios construyendo conductas adaptadas a las necesidades reales de sus alumnos. Este grupo de maestros, con esta capacidad personal y profesional, ha podido desarrollar una mayor autoestima y autocontrol, pero también una gran capacidad de empatía y liderazgo.

En el método de pensamiento emocional, el liderazgo es la competencia que ostenta el máximo nivel. La capacidad de liderazgo sobre los demás, sobre nuestros alumnos, sobre nuestros compañeros profesores, incluso sobre nuestra familia, amigos y sociedad que nos rodea, es el resultado de un liderazgo personal y social. Me gustaría reseñar la definición que plantea Pareja del término liderazgo como “la función de dinamización de un grupo o de una organización para generar su propio crecimiento en función de una misión o proyecto compartido” (Pareja, 2005).

 

Sólo de esta forma podremos ofrecer a nuestros alumnos la respuesta educativa que precisan; crear en las aulas climas facilitadores del aprendizaje por muy complejas que sean las situaciones a las que debamos enfrentarnos y por tanto ser competentes profesionalmente.

Jorge Bucay en su cuento “Animarse a volar” nos habla de un padre y un hijo que tenían alas para poder volar. Cuando creció, su padre le dijo: “hijo mío sería penoso que te limitaras a caminar teniendo alas”. Pero cuando intentó volar, cayó al suelo y lo primero que pensó fue que no lo lograría. En nuestra profesión docente seguro que en muchas ocasiones hemos puesto en marcha ideas y proyectos que no han dado los resultados que esperábamos o bien para conseguirlo hemos debido sortear pequeños y grandes obstáculos, pero ello no debe  llevarnos al desánimo. Debemos pensar que de nuestras “alas”  podemos y debemos desplegar motivación, optimismo pedagógico, compromiso, control emocional, empatía, formación e innovación. Sólo de esta forma podremos alcanzar el liderazgo docente que nos permitirá gozar de un buen autoconcepto profesional y  nos dará seguridad para finalmente tener una  identidad personal positiva. Y como decía Jorge Bucay en ese relato: “para aprender a volar siempre hay que empezar corriendo un riesgo. Si uno no quiere correr riesgos, lo mejor será resignarse y seguir caminando como siempre”.

Yo estoy convencida de que muchos de los que compartimos estos blogs y  gran parte de los docentes que conocemos  de forma directa o indirecta, gozamos del bienestar docente que nos permite desarrollar una buena tarea educativa. Por otro lado iniciativas como el ejemplo de la FAD en relación a Acción Magistral o la convocatoria de premios a buenas prácticas a nivel nacional y autonómico (Escuela Pública, Buenas Prácticas en materia de Convivencia, Innovación,…) contribuyen de forma muy significativa a esta mejora del bienestar docente. 

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