Cuando la polifonía de las cigarras se dispara y nuestros niños y jóvenes se matriculan en bañador y chanclas, llamativo es que con 3 años se tenga que decidir si cursa “religión o valores éticos” o a los 16 años se les conmine a decidirse por un itinerario “serio y útil como las ciencias”, en detrimento de lo “otro”, véase artes, letras, humanidades…

Y no se trata de una moda pasajera sino de un círculo vicioso asociado a la canícula, que año tras año como un runrún tedioso y bronco se repite hasta el hartazgo. Es lo habitual y se ha convertido en pensamiento perenne y generalizado de la administración, padres, docentes y alumnos de nuestro país: hay carreras que “sirven” y otras “inútiles”, estudios de “moda” y otros “sin ninguna salida”. Un “buen” estudiante o todo aquel que se jacte de “ser alguien en la vida” debe estudiar ciencias. Un “mal” estudiante, pues nada, que haga lo que pueda.

Todas estas clasificaciones estandarizadas, que se toman como algo vinculante y sujeto a la obligatoriedad a la vez que interesadamente reduccionistas, se perpetúan en el tiempo y con este tedio estival reviven a merced de un impasse legislativo, que sí, que no… que mejor la ley actual, que mejor la que vendrá… mientras seguimos sin novedad en el frente. Por cierto, un niño no es bueno o malo en función de lo que escoja o de lo que se vea obligado a estudiar. Solo se puede ser bueno en algo cuando realmente te gusta lo que haces o eres bueno para ello, tienes un talento, un don o una virtud. Forzar una línea educativa, un itinerario escolar por un “supuesto prestigio” solo frustrará iniciativas, diluirá otras o reforzará alguna vocación tardía al ver lo que realmente “no gusta” y optar por “lo contrario”.

A propósito de este pensamiento, tan extendido en nuestro país, sacamos hoy a colación una ambiciosa investigación realizada por el profesor James Catterall, Director del Centro de Investigaciones sobre la Creatividad en la Universidad de California en Los Ángeles (UCLA). Así, en 2009, Catterall publicó Doing Well and Doing Good by Doing Art: The Effects of Education in the Visual and Performing Arts on the Achievements and Values of Young (algo así como “Hacer las cosas bien y hacer el bien haciendo arte: los efectos de la educación en las artes visuales y escénicas en los logros y valores de la juventud”).

Catterall realizó un seguimiento del impacto de una educación rica en artes en una muestra de 25.000 estudiantes de Educación Secundaria en Estados Unidos. Y los resultados son contundentes. Descubrió que “existe una fuerte conexión entre el compromiso con el arte en el instituto y el efecto positivo en el rendimiento académico de los alumnos, cuyos valores sociales mejoraban tanto en el centro como posteriormente en su vida. Además, evidenció que, durante su etapa académica, los jóvenes que se implicaban en las artes tenían más probabilidades de escribir, leer y realizar matemáticas complejas, “de nivel superior”. Al mismo tiempo, estos alumnos tenían menos probabilidades de faltar a clase y afirmaron ser más felices en el instituto. A los 20 años de edad, los jóvenes que habían recibido una educación rica en artes contaban, entre otros muchos beneficios detectados, con estas ventajas”:

• Mayor probabilidad de involucrarse en actividades de voluntariado (15,4%).

• Mayor probabilidad de establecer amistades fuertes (8,6%).

• Mayor probabilidad de votar (20%).

• Mayor probabilidad de matricularse en la Universidad/educación superior (> 17.6%).

• 10% menos de probabilidad de encontrarse sin trabajar y sin estudiar.

Además, según Catterall, “es interesante destacar que estos beneficios no sólo continuaron en etapas posteriores de la vida, sino que además la diferencia entre los éxitos de los alumnos que habían recibido la educación rica en artes parecía aumentar en comparación con quienes no habían tenido este tipo de educación. Cuando los alumnos cumplieron los 26 años de edad, los jóvenes educados con métodos ricos en artes siguieron desenvolviéndose mejor que el resto. Encontraron mejores trabajos y tenían más probabilidades de describir sus vidas como felices y con buenas relaciones. Cabe resaltar que, a la edad de 26 años, los estudiantes con una educación con carencia en artes tenían 5 veces más probabilidades de acabar siendo dependientes de ayuda/asistencia pública”.

No es necesario añadir ningún comentario más. No desperdiciemos, ni forcemos a nuestros jóvenes a estudiar supuestas “carreras con salida”, “de prestigio” o con “demanda en la actualidad”, primero porque nunca se hará a gusto algo a lo que “fuerzan”; segundo, porque todo lo “actual” tiene fecha de caducidad y, tercero y sobre todo, porque debemos buscar los talentos de cada uno para canalizarlos y no “teledirigirlos”.

Y sí, fuera de España realmente somos conocidos por Cervantes y Don Quijote de la Mancha (la lengua castellana), Plácido Domingo (música), Picasso (pintura), Ferran Adrià (gastronomía), Cristóbal Colón (descubridor), los Gasoles (baloncesto), Velázquez (pintura), Almodóvar (cine), Balenciaga (moda), Gaudí (arquitectura) o Penélope Cruz (interpretación), por poner unos ejemplos minimísimos.

Otra investigación sobre el tema es: Catterall, J.S.; Dumais, S.A.; Hampden-Thompson, G. (2012): The Arts and Achievement in At-Risk Youth: Findings from Four Longitudinal Studies. Washington: National Endowment for the Arts. (“Las artes y los logros en la juventud en riesgo: resultados procedentes de cuatro extensos estudios”).

Fotografía en www.valderec.es

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