Desde que tengo uso de razón, es decir, hace muchos, muchos, muchos años… en mi casa, mis padres me (nos) procuraron centenares de libros de todo tipo y condición. Recuerdo muchos cuentos, novelas, leyendas, tebeos, ciertos manuales (Hazlo tú mismo), recortables, pero siempre con especial cariño una fantástica colección de fábulas ilustradas basadas en los derechos del niño (Dirección editorial: Miguel Azaola, Coordinación: María Puncel, Libros reconocidos de interés especial por UNICEF, “Año internacional del niño”, Ediciones Altea, Madrid, 1978). Enamorada de las historias, me llevaba los libros al cole para compartir con mis amigos, hasta que una profesora le pidió a mi madre una especie de “préstamo temporal” con la idea de motivar al alumnado en el aula. Aquello de temporal pasó a “indefinido”, hasta que mis padres decidieron cerrar el grifo de la biblioteca familiar. Y allí siguen los libros, en un estante privilegiado de casa, manoseados y amados.

Y es simplemente para sacar a colación un hermoso cuento-fábula sobre el principio V de la Declaración de los derechos del niño, la que dice: “El niño física o mentalmente impedido o que sufra algún impedimento social debe recibir el tratamiento, la educación y el cuidado especiales que requiere su caso particular”. Con idea y texto de J.L. García Sánchez y M.A. Pacheco e ilustraciones de Ulises Wensell este cuento dice:

“Entre anoche y esta mañana, existió un planeta que era muy parecido a la Tierra. Sus habitantes sólo se diferenciaban de los extraterrestres en que no tenían más que un ojo. Claro que era un ojo maravilloso con el que se podía ver en la oscuridad, y a muchísimos kilómetros de distancia, y a través de las paredes… Con aquel ojo se podían ver los astros como a través de un telescopio y a los microbios como a través de un microscopio…

Sin embargo, en aquel planeta las mamás tenían los niños igual que las mamás de la Tierra tienen los suyos. Un día nació un niño con un defecto físico muy extraño: tenía dos ojos. Sus padres se pusieron muy tristes.

No tardaron mucho en consolarse; al fin y al cabo era un niño muy alegre… y, además, les parecía guapo… Estaban cada día más contentos con él. Le cuidaban muchísimo. Lo llevaron a muchos médicos… pero su caso era incurable. Los médicos no sabían qué hacer.

El niño fue creciendo y sus problemas eran cada día mayores: necesitaba luz por las noches para no tropezar en la oscuridad… Poco a poco, el niño que tenía dos ojos se iba retrasando en sus estudios; sus profesores le dedicaban una atención cada vez más especial… Necesitaba ayuda constantemente. Aquel niño pensaba ya que no iba a servir para nada cuando fuera mayor…

Hasta que un día descubrió que él veía algo que los demás no podían ver… En seguida fue a contarles a sus padres cómo veía él las cosas… Sus padres se quedaron maravillados… En la escuela sus historias encantaban a sus compañeros. Todos querían oír lo que decía sobre los colores de las cosas. Era emocionante escuchar al chico de los dos ojos.

Y al cabo del tiempo era ya tan famoso que a nadie le importaba su defecto físico. Incluso llegó a no importarle a él mismo. Porque, aunque había muchas cosas que no podía hacer, no era, ni mucho menos, una persona inútil. Llegó a ser uno de los habitantes más admirados de todo su planeta. Y cuando nació su primer hijo, todo el mundo reconoció que era muy guapo. Además, era como los demás niños: tenía un solo ojo.”

Felices reflexiones veraniegas.

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