En estas últimas semanas hemos estado sumergidos en los centros educativos en la “vorágine burocrática” que supone cerrar un curso escolar y todo lo que ello conlleva: sesiones de evaluación de alumnos; memorias de equipos didácticos, comisión de coordinación pedagógica y consejos escolares; memorias del Plan de Convivencia, informes individualizados, etc. Es obvio que la evaluación es necesaria, pero siempre,  ¿es el resultado de un proceso de reflexión crítico y responsable que nos conduce a propuestas de mejora acordes a la realidad de cada centro y consensuadas por el claustro?.

El papel  de transformación  que tienen los sistemas y procesos de evaluación para mejorar la calidad de la educación es innegable. Pero esto, sólo es posible, si dichos sistemas permiten identificar los problemas y necesidades  reales del centro para posteriormente plantear estrategias eficaces de cambio. Tan importante como la evaluación del proceso de enseñanza-aprendizaje  de los alumnos es la que debemos plantear sobre nuestra propia práctica docente desde nuestra responsabilidad en el logro de una educación de calidad. Lo que no se evalúa es difícil que pueda ser mejorado.

Desde un punto de vista humanista, la evaluación debe tener como objetivo ayudar al alumnado y al profesorado a conocer cómo está llevándose a cabo el proceso de enseñanza-aprendizaje y en qué momento se encuentra para tomar las decisiones oportunas.

Haciendo un breve resumen de la historia de la evaluación, ésta nació, en el sentido que la entendemos hoy en día, a principios del siglo XX pero unida al concepto de medida del rendimiento académico de los contenidos (basada en datos cuantitativos). Es a mediados de siglo cuando nace el planteamiento de la evaluación como proceso. Ralph W. Tyle tradicionalmente considerado como el padre de la evaluación educativa, la define  como el “proceso destinado a determinar en qué medida el currículo y la enseñanza satisfacen realmente los objetivos de la educación”. También la definió, en otra oportunidad, como “la determinación de cómo se han alcanzado los objetivos propuestos por el programa”. El modelo de Tyler plantea como aportación fundamental el concepto de objetivos, los cuales se convierten en el núcleo fundamental pues determinan de una manera u otra el funcionamiento de las otras partes del programa. Y actualmente, la evaluación, en base a unos criterios e indicadores perfectamente definidos, se constituye en un tema prioritario en el ámbito educativo mundial

Sabemos también que la evaluación puede ser cuantitativa (comprobación y cuantificación de objetivos)  y cualitativa (implica entender y valorar los procesos y resultados de la intervención educativa. Es una evaluación sensible a los cambios y que  forma parte de un sistema abierto, complejo y cambiante). Por supuesto, la primera de ellas sirve de base para poder realizar una evaluación cualitativa de calidad. Sólo mediante la toma de datos se nos permite controlar la adopción de decisiones; la evaluación se convierte de esta forma en una parte imprescindible de cualquier tipo de gestión basado en el esfuerzo y compromiso de una organización para mejorar y en un indicador básico de la calidad y de la mejora continua (Juan Carlos Torrego: “El Plan de Convivencia”).

Sería muy interesante que en cada centro, nos planteásemos estas preguntas cuando estamos evaluando nuestra actuación en relación a los procesos educativos, los métodos didácticos, las relaciones interindividuales y grupales, el clima escolar, la distribución y utilización de los recursos o el desarrollo del currículo:

  • ¿quiénes somos?, para realizar una buena identificación y definir metas y objetivos.
  • ¿quiénes queremos ser y qué queremos conseguir? , para replantearnos si esas metas y objetivos responden  a nuestras necesidades.

Los documentos de Memoria de los centros deben recoger una auténtica reflexión sobre cómo nuestra forma de hacer, nuestra forma de trabajar como equipo incide en la mejora de la adquisición de competencias por parte de nuestro alumnado y por ende en la mejora de la calidad de la educación.

Únicamente la evaluación institucional, enmarcada en un paradigma comprensivo, debe ser contextualizada, tener en cuenta tanto los procesos como los resultados, ser formativa, reflexionar sobre el concepto de problema, siendo  utilizada  como una oportunidad  de auto revisión y no de amenaza o simple rutina carente de reflexión crítica. Sólo así nos permitirá mejorar la práctica docente.

Cuando la evaluación se orienta hacia las instituciones pone el énfasis en aspectos tales como los procesos educativos, los métodos Didácticos, las relaciones interindividuales y grupales, la coordinación docente, el clima escolar, la distribución y utilización de los recursos o el desarrollo del currículo, etc. Los mecanismos de evaluación permiten arrojar luz sobre el interior de esa  caja negra que son los centros y comprender cómo la educación en abstracto se convierte en relación educativa  concreta. (SANTOS, 1990).

Momentos claves en el proceso de evaluación serían:

  • La selección y priorización de áreas de mejora en base a unos criterios objetivos. Es el momento de ordenar los diferentes aspectos objeto de mejora. En esta decisión  deben participar todos los implicados en el proceso de puesta en marcha además de atender a los siguientes criterios: importancia, urgencia y facilidad para obtener éxito.
  • Realizar la búsqueda de propuestas y soluciones en relación con las áreas de mejora elegidas. Aquí debemos identificar en cada una de las actuaciones propuestas si deben realizarse a corto, medio o largo plazo.
  • Formulación de objetivos y planificación de actuaciones. Es la fase que nos permite definir los objetivos, formular indicadores de logro, recoger las actuaciones que nos permitirán alcanzar los objetivos, identificar los responsables, temporalizar.

Por supuesto, todo este proceso debe basarse en el debate, la reflexión crítica, la honestidad y el compromiso para alcanzar el consenso entre todos los participantes (equipos didácticos, equipos de proyectos, claustro,…).

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