Una de las cuestiones que más le quita el sueño a cualquier familia es el centro escolar donde debe matricular a sus hijos. Tanto en los colegios como en los institutos, estas fechas son complicadas por las constantes preguntas, dudas e interrogantes que surgen durante el proceso de admisión. La posibilidad de que se pueda escoger el centro escolar, debido a la nueva normativa, hace que los diferentes institutos y colegios intenten hacer lo posible por definir su identidad mediante proyectos propios, para, de esa forma, atraer alumnado. Pero muy pocos, sin embargo, se centran en una cuestión que es, posiblemente, la principal preocupación de los padres y madres: como es la convivencia en esos centros.
Evidentemente, a todos nos preocupa el nivel educativo de los estudiantes, los proyectos que se desarrollan y las propuestas de mejora e innovación que se puedan estar llevando a cabo. Pero, por encima de todo, queremos tener la tranquilidad de que nuestros hijos e hijas se van a sentir bien en un lugar al que van a tener que asistir todos los días. Un lugar que será decisivo para su futuro, y también para la percepción que tendrán del estudio, del esfuerzo y del trabajo en equipo. No olvidemos que, tanto en la escuela como en el instituto, se están sentando unas bases, no únicamente de conocimiento, sino también de procesos, de actitudes y de fortalezas personales. Tener la seguridad de que los estudiantes aprenden a disfrutar del aprendizaje, desarrollan su inteligencia emocional y mejoran sus habilidades sociales para poder trabajar de forma conjunta, es quizá más importante para su futuro que el propio contenido general.

Sin embargo, de la misma manera que puede resultar más o menos sencillo preguntar por el programa de bilingüismo, por el uso de las nuevas tecnologías o por la ratio de las aulas, no resulta tan objetivo hablar de convivencia. 

 

Puede que el centro no tenga problemas graves, pero también deberíamos saber si se refuerza la integración de todos los alumnos, y si el instituto o el colegio tiene previsto un plan de bienvenida para facilitar la incorporación de los nuevos estudiantes o de sus propios alumnos a una nueva etapa educativa. Estas cuestiones, que pueden parecer menos importantes que las relacionadas con los contenidos académicos  son, sin embargo, las que más van a influir en la vida escolar del alumnado. Más que el bilingüismo, más que el refuerzo de matemáticas, más que las optativas que tengan para elegir. Es fundamental, para el proceso de enseñanza-aprendizaje, que saber como se sienten los alumnos en su centro educativo, porque de eso dependerá tanto su relación con la educación, como la relación que puedan establecer en un futuro con entornos similares, como por ejemplo el ámbito laboral.

 

En cualquier caso, me pace muy curioso que a lo largo de las numerosas entrevistas con las familias que he mantenido a largo de mi trabajo como director, jamás me he encontrado con una pregunta así. Quizá se me ha preguntado si había existido o existía algún problema grave de comportamiento, pero nada más. Precisamente por eso, y por la práctica que veo diariamente en el aula, me gustaría poner de relieve lo importante que debe ser esa decisión a la hora de matricular a nuestros hijos en uno u otro centro. La motivación que puedan sentir por el aprendizaje depende mucho de la convivencia que mantengan con sus compañeros y profesores, y un centro educativo que no tiene esta prioridad dentro de su proyecto pedagógico adolece de una gran ausencia.

 

Sería hermoso que, de la misma forma que los docentes comprobamos cada día lo importante que es la convivencia en las aulas, las familias también tomaran consciencia de ello. En un primer momento, a la hora de elegir centro, pero también, posteriormente, a la hora de apoyar a los docentes cuando surge cualquier cuestión relacionada con el comportamiento de sus hijos y el resto de los estudiantes. Sólo de esa manera conseguiremos que la educación se convierta en un gran proyecto que construimos entre todos. La verdadera implicación comienza por saber que las aportaciones de cada uno repercuten en el resto. Y dar valor a las cosas es el primer paso para hacerlas realidad.

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