¿Dónde está la sabiduría que hemos perdido en conocimiento?

¿Dónde está el conocimiento que hemos perdido en información?
T.S. Eliot.
 
Es evidente que la forma de aprender de los estudiantes ha cambiado por completo. Nuestras escuelas ya no tienen la misma función que antes y no es porque la sociedad les haya dado otra, sino porque los propios alumnos reclaman ese cambio. 
 
La información está en todas partes. Cada uno de nosotros tiene un acceso ilimitado a los datos que necesita. Con esos datos construimos nuestro conocimiento de una forma prácticamente autónoma. De hecho, algunos expertos educativos apuntan que la posibilidad de utilizar videojuegos para fomentar el aprendizaje mediante la resolución de enigmas, hace que podamos encontrarnos metodologías donde el componente lúdico se convierte en el elemento fundamental. Esto tampoco debería sorprendernos, si estamos de acuerdo en que la mejor forma de aprender es fomentar la curiosidad del alumnado. Durante mucho tiempo, las escuelas han intentado fomentar metodologías educativas que acerquen a los estudiantes el placer por el conocimiento. Procuramos que nuestros alumnos construyan su aprendizaje disfrutando del proceso, con la certeza de que esa es la mejor forma, no sólo de que aprendan, sino también de que se motiven para seguir aprendiendo. El problema es que cada estudiante es diferente, cada uno de nuestros alumnos tiene distintos intereses, por lo que encontrar algo que les entusiasme a todos no siempre es posible. Y aquí es donde comienza a entrar la tecnología, la posibilidad de usar una herramienta que nos podría permitir realizar unas clases donde se individualizara el aprendizaje de nuestro alumnado según su interés y capacidad.

Los cambios tecnológicos han transformado el rol del alumno, el rol del docente y el rol del sistema educativo, pero hay muchas dudas que se nos plantean en el proceso de ese cambio. Y resulta difícil contestarlas.
 
Diversos estudios demuestran que el hecho de tutorizar adecuadamente a los estudiantes hace que estos aprendan mucho más. Si el docente está pendiente de cada detalle, motivando de forma individualizada, los resultados serán mejores; pero realizar ese seguimiento es muy complicado cuando tienes una gran cantidad de alumnos en la clase. De esta forma, los estudiantes que han estado trabajando en ratios inferiores, con buenos profesores que motivan su aprendizaje, tienen más posibilidades de mejorar sus resultados académicos. Qué pasaría, se preguntaba Alfred Spector, en una reciente charla, si la tecnología se convirtiese en la herramienta que posibilitara una individualización real de la enseñanza. 
En el fondo, la tecnología siempre nos ha permitido ahorrar tiempo -excepto cuando debemos formatear un disco duro, resolver un conflicto de hardware, o el ordenador se queda colgado-. El hecho de que el profesorado tenga a su disposición materiales, métodos de autocorrección y herramientas que faciliten su labor es, desde luego, muy útil. Pero todas estas cuestiones, que no dejan de ser elementos prácticos, no representan un cambio profundo en el proceso. Y quizá lo más preocupante es que nos estamos fijando sobre todo en esas cuestiones.
Es quizá uno de los más importantes momentos de la historia de la humanidad, la aparición de Internet y la posibilidad de tener un acceso casi ilimitado a la información, ha cambiado por completo nuestra forma de construir el conocimiento. Además, las posibilidades que ahora mismo tiene el ser humano para difundir sus ideas y crear movimientos sociales es también impresionante. Sin embargo, nos estamos ocupando mucho de la gestión de la información y poco de la construcción del conocimiento. Lo que T.S. Eliot, en la cita con la que comenzaba este escrito, llama conocimiento o sabiduría, es más que la búsqueda de la información o la gestión de los datos. Construir el conocimiento es nuestra principal obligación como docentes, y no haremos eso si no aprendemos a utilizar una nueva metodología para esta nueva sociedad.
 
Una nueva convivencia. Hacia otro aprendizaje relacional.
Incluso cuando hablamos del aprendizaje que se produce a través de las relaciones humanas, no debemos olvidarnos de que se ha abierto un nuevo campo de interacción a través de la tecnología, un nuevo campo donde la mayor parte de las personas interactúan diariamente. Estamos empezando a compartir, a través de las redes sociales, nuestras ideas sobre el mundo que construimos. Las nuevas ágoras son ahora virtuales y las relaciones que establecemos en ellas a veces siguen las mismas pautas que en el mundo real, pero en otras ocasiones tienen unas normas propias. La convivencia que construimos en ellas, forma parte, ahora más que nunca, del proceso de aprendizaje del ser humano. Y es un deber para nosotros, como docentes, averiguar cómo debemos construir esa convivencia, porque en ella nuestros alumnos soñarán el futuro.
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