Montaje fotográfico de Accueil Mermoz (s.f.) en http://pinterest.com/pin/274860383480487868/

¿Podemos decir qué será de mayor un bebé? Pues… bueno, no, imposible, a no ser que seamos una especie de profeta o sibila. ¿Podemos influir en lo que será de mayor un bebé? Pues… bueno, ¡sí, evidentemente! “¿Jolín, profe, por qué los niños de Londres hablan tan bien inglés y yo no?”, pues eso, ingenuidad adolescente.

¿Podemos decir qué será de mayor un adolescente? Pues… bueno,  no, imposible… o sí… El determinismo geográfico-educativo influye. No es lo mismo nacer en Finlandia, Corea del Sur, España o en la República Democrática del Congo, ni tampoco según la legislación de cada país y “lo que determine” la actitud del joven en la escuela… Quizás esté habituado a escuchar: “Este chico le conviene repetir”… ¡Zas! “A esta chica, de 13 años, hay que derivarla a ese programa especial”… ¡Zas! De verdad, suena irónico, desproporcionado, exagerado, punzante, de otra época si se quiere… pero tales veredictos condenatorios se repiten mientras parecen competir en despropósito a las sentencias del corredor de la muerte. Supongo que todos, tanto alumnos como profesores, podíamos hacer una inmensa lista de desatinos similares como, por ejemplo, han hecho Jean-Bernard Pouy, Serge Bloch y Anne Blanchard en su libro Enciclopedia de los malos alumnos y rebeldes que llegaron a genios (Catapulta Editores, Barcelona, 2013, 123 páginas de sorprendentes revelaciones), donde cuentan la trayectoria vital de algunos genios que en su pasado fueron “malos” estudiantes.  Unos “modelos” de niños “fracasados”, como el físico Stephen Hawking que no aprendió a leer hasta los ocho años. O el elitista Colegio Eton que escribió del jovencito John Gurdon (reciente premio Nobel de medicina): “no tiene posibilidad de estudiar una especialidad. Sería una pérdida de tiempo para él y para los que deberían enseñarle”. O el inventor Thomas Alva Edison que tuvo que estudiar en casa con su madre porque fue expulsado del colegio o el compositor Giuseppe Verdi que lo rechazaron en el Conservatorio de Milán porque “no tenía aptitudes para la música”. Nada, nada… ahora mismo y, especialmente con legislaciones venideras, al estudiante “malo/fracasado/conflictivo/torpe/que se aburre” ya le tenemos preparado su “futuro”, con una vía “personalizada” alternativa. En fin, si alguien sabe lo que hará un joven de 13 años de “mayor”, por favor, le doy mi teléfono para que me confirme el número del “Gordo” del próximo sorteo de la Lotería de Navidad.

Pero… claro… mientras… en el camino para llegar a “mayor” y tanto si encasillamos /o encasillan a nuestros hijos/alumnos en “buenos” o “malos”… ¿Qué podemos hacer como sociedad, profesores, padres o madres y, ahora, que nos piden con especial insistencia que innovemos? Creo, sinceramente, que dar confianza, proporcionar herramientas, abrir los sentidos, ofrecer un abanico estético lo más generoso posible, poner en marcha la imaginación, la fantasía y, sobre todo, estimular el ingenio y la creatividad para intentar aportar algo propio y ser diferentes. “La creatividad es una característica humana que se manifiesta en muchos ámbitos y contextos, desde las obras de arte, diseño y artesanía hasta los descubrimientos científicos y el espíritu emprendedor, incluida la labor del emprendedor social. El carácter pluridimensional de la creatividad implica que los conocimientos de un amplio abanico de ámbitos diferentes, tanto tecnológicos como no tecnológicos, pueden ser la base de la creatividad y la innovación. La innovación consiste en la correcta comprensión de nuevas ideas; la creatividad es una característica sine qua non de la innovación” (Comisión de las Comunidades Europeas, Bruselas, 28.3.2008, COM (2008), 159 final, 2008/0064 (COD), p. 2).

El niño, en sus primeros años de vida,  convive con hitos sorprendentes, un aprendizaje veloz y descubrimientos interminables y, estos primeros pasos son especialmente arriesgados, pioneros y prometedores. Es lo que Sigmund Freud llamaba “inteligencia radiante”. Por su parte, el escritor Johann Wolfgang Goethe, advertía en su obra Poesía y verdad: “Si los niños continuaran creciendo con la misma fuerza, contaríamos con cientos de genios”. Entonces… ¿Qué les pasa a los niños? ¿Qué les hacemos? ¿Se cansan, se aburren o les aburrimos, entran en la adolescencia y se vuelven “tontos”? ¿Podemos desperdiciar tanta energía, tanta fuerza o es que la vamos minando? ¿Falta de perspectivas, de esperanza, condicionantes económicos, sociales… de todo un poco?

Creo que debemos encarar el futuro con flexibilidad, resiliencia (esa capacidad humana de asumir con flexibilidad situaciones límite y sobreponerse a ellas, como hicieron Hawking, Gurdon, Edison, Verdi y miles de adolescentes ayer y hoy) y espíritu de esfuerzo y lucha. Pero, sobre todo, encaminar a nuestros jóvenes, motivar, ilusionar y empujarles hacia aquello en lo que destacan, siempre. Cada persona está dotada de un cierto potencial creativo, todos. Como docentes y padres o madres, debemos desarrollar activamente el talento innato y las capacidades creativas con las que se nace.

Picasso describe esta aventura del modo siguiente:

“…Todos los caminos están abiertos

y no sabemos lo que nos encontraremos.

Es un desafío, una aventura sagrada.

Sólo pueden afrontar

la incertidumbre de tales desafíos

quienes se sienten protegidos en el desamparo,

quienes se sienten guiados en la inseguridad,

quienes se abandonan a una estrella invisible en la oscuridad…”

Citado en Bamford, Anne “La creatividad en la escuela: los beneficios de una educación rica en artes” (pp. 37-46: p. 44),  en “¡Buenos días creatividad!” (Hacia una educación que despierte la capacidad de crear), trabajo dirigido por Christopher Cloudet y editado por la Fundación Botín (Santander, 2012).

Demos amparo pues, compañeros docentes, padres, madres y estudiantes: desafiemos a la multitud y cultivemos la creatividad en la sociedad del conformismo. Sin esfuerzo no son posibles los cambios y sin cambios no vamos a mejorar. Decía el escritor estadounidense William Arthur Ward: “El profesor mediocre dice. El profesor bueno explica. El profesor superior demuestra. El profesor excelente inspira”. Carguemos pilas en verano y confirmémonos como esos profesores inspiradores que guiemos en la inseguridad y hagamos perdurar la fuerza y vitalidad infantiles.

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