El ansia por el exceso y el deseo de disfrutar a tope parecen ser dos imperiosas señas de identidad de los adolescentes de nuestros días a la hora de divertirse, de tal manera que si uno no entra en la competición que significa este clima de audacias sin fin no es moderno, no sabe  “vivir la vida” y no es, ni por asomo, guay del paraguay. La regla es muy sencilla: estamos aquí para pasarlo bien y por eso hay que excederse en todo lo que a uno le guste y le dé satisfacción, llegando a más allá de lo más. A partir de ahí al adolescente se le  presenta un listado inacabable de posibilidades de “pasarse”: estar el mayor tiempo posible fuera de casa, implantar el caos y el desorden en la habitación, gastar bromas a diestro y siniestro sin que importen los daños, hacer alardes físicos arriesgados, beber sin freno, “transformar” la ropa triturándola o haciéndola irreconocible respecto a su forma original, agujerearse la piel con piercings, comer comida basura,  ir a la máxima velocidad en los medios de transporte que uno tenga (patines, skateboards, bicicletas, etc.), devorar videojuegos a todas horas, usar sin parar el móvil o la tableta, etc. ¡Ahí es nada! Ese vivir lanzándose sin límites y sin normas de contención, empapándose de estímulos a toda velocidad, con la precipitación en el depósito de gasolina y el exceso en la búsqueda de la diversión, se le oferta al adolescente como la única forma verdadera de disfrutar a todo trapo, rebasando barreras por doquier.

Anda por ahí circulando el llamado movimiento “slow”, que preconiza hacer todo de un modo lento, despacio, sin prisa, degustando cada movimiento y paladeando los gestos que uno hace en cualquier tesitura diaria. Es una alternativa radical a esta sociedad de la prisa disparatada, una respuesta al estrés que nos atenaza, una solución que pretende inocular racionalidad existencial a la aceleración artificial que nos está deshumanizando. Porque resulta que ese frenesí por estar en todo, verlo todo y experimentarlo todo no es únicamente cosa de jóvenes emancipados en perpetua y agotadora rebeldía o de maduros esclavos de las obligaciones  de la vida moderna, sino que ya la podemos ver en el nuevo patrón de diversión que ha descendido hasta nuestros presurosos adolescentes. Los tiempos avanzan que es una barbaridad…  

Cuando un chaval entra en la adolescencia incorpora dos grandes pautas esenciales rectoras de su pensamiento: una se dirige contra las figuras de autoridad para cuestionar sus directrices, y la otra está con los iguales que le proporcionarán sus modelos propios de considerar y hacer las cosas. De ahí que si un alumno introyecta el modelo del exceso que se ha extendido entre sus iguales adolescentes, tenderá de modo natural a querer y degustar las actividades que sean extremas e intensas, y rechazará por ósmosis las que exijan calma, pausa y un recorrido parsimonioso. Por ejemplo, la atención y concentración en clase, la perseverancia en el estudio, la escucha atenta en la comunicación con los demás, la lectura sosegada, etc., no casan nada bien con ese otro ritmo trepidante que tanta diversión les produce, ya que la “cadencia” de la diversión tiende a invadir esas otras áreas de su vida. El rock triunfa y lo melódico languidece, aunque siempre hay excepciones.

Se puede decir que ese modelo del exceso es un valor de la contracultura adolescente y juvenil muy poderoso, un árbol que echa raíces con  garra y del que además nacen de modo natural otras ramas que germinan en quien se aposenta en él. ¿Por qué tiene tanto atractivo para un adolescente? Porque parece realzar la espontaneidad sin trabas y el placer del instante presente. Ser un acelerado espontáneo sin interrupción y con osadía mola más que ser prudente, porque se es más “original”. El más atrevido sobresale, mientras que el que mide sus pasos es una figura gris en el grupo. Así pues lo que importa ahora es alcanzar una sensación placentera, saltándose lo que haya que saltarse sin preocuparse ni del antes ni del después, y por tanto es preciso dejar siempre fuera todo lo que no sea agradable y extremo. ¿Que algo no es algo actual, del momento? Pues no vale la pena. ¿Que no está muy claro que resulte fácil y entretenido? Pues mejor pasar de ello y mandarlo a paseo, así de sencillo. A esto se le llama presentismo (Castillo, G.), desechar el pasado por antiguo y también desentenderse del futuro porque ya se verá en su momento lo que vaya a ser.

En esta etapa educativa hay que potenciar en los alumnos el valor de la calma, ese valor que va a la contra de la urgencia y de la hipérbole, de lo aparatoso y del estruendo. Hay que promocionarlo por una razón de higiene evolutiva elemental, porque va a facilitar el desarrollo del pensamiento reflexivo y el despertar de su capacidad para la vida interior que están experimentando. La llamada hacia lo exterior que tienta al alumno adolescente es tremenda en nuestros días, pero es mucho mayor la riqueza interior que encierra dentro de sí, una riqueza que no puede quedar arrinconada y oscurecida tras ese estrépito de excesos que le puede arrastrar a ser una persona superficial y conformista con lo que le impongan las modas del momento.

Contraponer la autodeterminación de lo que se quiere, en vez de lo que apetece sin más o de los gustos repentinos, es una idea que habrá que recalcar en lo que hacemos como profesores. Hay que explicarles que es una catástrofe dividirse en dos, es decir, ser un atolondrado en la forma de responder a las solicitudes del exterior, que piden que uno vaya a todo trapo, y por otro lado llevar de forma separada la vida de las ideas y las ilusiones más íntimas. Desdoblarse así es perderse, es romper la coherencia personal que tanto les preocupa. Hay que invitarles a que no les dé miedo calibrar y evaluar críticamente las demandas que les lleguen para comportarse de modo excesivo, dándoles a entender que echar el freno cuando sea necesario en ese afán desmesurado de pasar todas las fronteras no va a significar matar su ansia de originalidad ni podará tampoco opciones válidas para ellos, sino que es la manera de tallar mejor su propia autenticidad. Ser auténticos es conducir el coche a una velocidad que no les haga salir despedidos en las curvas.

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