La primera vez que escuché el término “Educación para el Desarrollo” (en adelante EpD) me sonó raro. Había trabajado mucho en educación en valores pero esta nueva “Educación para” me sonó a “otra cosa nueva que quieren meternos”. No sabía en ese momento cuán profundo llegaría a calarme ese término de la EpD que hoy, algo más de diez años después, parece parte de mi ADN.

Siempre he creído que la Educación es la palanca que mueve el mundo y esa idea tan sencilla, pero a la vez tan compleja es la base del trabajo educativo en el que creo.

Si la educación no es transformadora no creo que merezca la pena llamarla Educación. Será otra cosa. La Educación debe estar encaminada a modificar esquemas y si no es así, si no cala, no podremos hablar de Educación.

La EpD nació en el seno de las organizaciones sociales, de la cooperación internacional, y ha ido evolucionando tanto y tanto que hace compleja su definición y su apropiación por parte de todos aquellos mortales que no estamos en el día a día de su debate epistemológico.

Podríamos decir que es lo mismo que la Educación en valores de toda la vida, o que está vinculada a la Educación para la Ciudadanía global y siendo ciertas ambas afirmaciones nos quedaríamos cortos en todo su alcance y su dimensión (ver generaciones de la EpD de M. Mesa). Podríamos decir que la EpD es un prisma que engloba las distintas “educaciones para” (ver página 21 de documento de InteRed, 2016) de forma y manera que su fin es promover el Desarrollo Humano Sostenible. Para ello es necesario generar conciencia crítica sobre la realidad mundial y facilitar herramientas para la participación y la transformación social en claves de justicia social, equidad de género, respeto por el medio ambiente y solidaridad (CAONGD, 2011).

Desde esta perspectiva la Educación está encaminada a transfomar-me (a la persona) y esa transformación me debe llevar a transformar-lo (en entorno). Si no me mueve algo (esquema cognitivo, en palabras de Piaget; o modifica mi zona de desarrollo real, en palabras de Vigosky) no podemos hablar de proceso Educativo.

Y para que la Educación cumpla esta premisa es necesario utilizar metodologías que permitan el desarrollo de procesos dialógicos (P. Freire); la confrontación de las ideas previas con los nuevos mensajes o contenidos (R. Cubero); planificar intervenciones que se ajusten a distintos niveles de formulación de los contenidos (J.E. García y F. García); y pasar de la sensibilización a la acción transformadora (M.J. Lera); entre otros.

Recientemente he tenido el placer de participar en un seminario-taller organizado por la ONGD Madre Coraje en el que han presentado una experiencia denominada “Espacio EpD” que han desarrollado en los cuatro últimos años con un grupo de docentes andaluces a través de la cual, y a partir de un entorno virtual de aprendizaje, este grupo de docentes se ha formado y ha desarrollado en sus aulas distintos trabajos a partir de “problemas sociales relevantes”. Esta metodología promueve que la planificación del trabajo de aula pueda nutrirse con elementos emergentes y con cuestiones sociales reales y cercanas a la realidad del centro o de los chavales (IRES).

Espero que mi reflexión os sea de utilidad y que podamos compartir algunas de tantas experiencias que estáis llevando a cabo en vuestras aulas y que responden a este objetivo de “mover” el mundo.

 

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