Un grupo de investigadores prueba que la reacción física ante una melodía es independiente de la cultura de los oyentes. Es decir, da igual si eres un fan de las óperas de Giuseppe Verdi, si te derrites con la copla o Manolo Escobar, si tienes todos tus artilugios tecnológicos cargados (iPod, iPad y lo demás) con las obras completas de Michael Jackson, Rihanna o lo último de Adele, si perteneces a una tribu de pigmeos africana y canalizas el lado positivo de la vida con cantos para levantar el ánimo, si lloras con Mozart, si estás chiflado por el rock indie, si eres fanático de las bandas sonoras de Bernard Hermann-Alfred Hitchcock o Alberto Iglesias-Pedro Almodóvar, o venderías tu alma al diablo por bailar El lago de los cisnes, de Tchaikovsky o una coreografía con música de Steve Reich dirigida por Nacho Duato, da igual. La música es un acto reflejo universal y a todos, nos ocurre lo mismo: emoción, satisfacción, placer, gozo, deleite, dicha, gusto, fruición, agrado, diversión, entretenimiento, recreo, regocijo, complacencia, satisfacción, conmoción, enternecimiento, exaltación, turbación, agitación, etc. Un auténtico chute de dopamina para nuestras endorfinas. En resumen, sensación de bienestar o de gran evasión. Pero es el sonido, la búsqueda de la belleza, el arte como máxima creación del ser humano, eso y solo eso, lo que nos hace felices.

Esa sintonía de nuestra serie favorita, aquel anuncio de melodía pegadiza de hace años, la canción que escuchaba de enamorado perdido, la música que sonaba como timbre entre clase y clase, esa escena de tu película preferida subrayada por el “tema principal” que te llevó a adorar al héroe (¿cómo suena Indiana Jones?), enamorarte de la chica (¿cómo llora Rose en Titanic?) u odiar al villano (Darth Vader en La guerra de las galaxias), todo se queda en nuestro inconsciente y forma parte de nuestro bagaje individual, de nuestra cultura y nuestra historia intrapersonal e interpersonal.

La música activa las mismas áreas del cerebro que la comida, el sexo o el dinero, es decir, el área del placer. Sucede al 95% de la humanidad (queda un 5% de personas que disfrutan de todos estos placeres, excepto del musical). Puede que la música como tal esté o no esté de moda (¡Memeces, amigo Sancho! Como si el arte fuera lo temporal y nosotros lo intemporal), que se aleje de la oferta escolar obligatoria mientras se multiplica en el ámbito educativo privado, se expande en su consumo diario para huir de monotonías y mediocridades (sea un videojuego, publicidad, cine o conciertos), etc.

Pero no se preocupen, nuestro tiempo libre, nuestras mayores alegrías, nuestros grandes “momentos” personales (y profesionales) siempre eran, son y serán con música, para “amplificar” nuestras emociones. Y cuando no nos acordemos de nada, que el alzhéimer, o como se llame dentro de un siglo una nueva dolencia, nos arranque lo que sabemos, siempre nos quedará la música de nuestra adolescencia, el tenor de moda y su voz, podremos tararear sin problemas algo musical y recordar nuestras vidas gracias a nuestra memoria y experiencia sonora. Instinto, supervivencia, memoria, arte y ser humano. Por cierto, feliz día de Santa Cecilia, patrona de la música.

El alzhéimer no puede con la música. Ver artículo e investigación completa aquí.

O la misma idea, en inglés, desarrollada en la revista de neurología Brain (Oxford University Press).

Fotografía en http://www.musicaantigua.com/y-a-ti-cuanto-placer-te-transmite-la-musica/

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