“Tengo miedo de decirte quién soy, porque si te lo digo, puede que no te guste cómo soy y resulta que esto es todo lo que tengo. Tengo miedo de ser el que soy contigo…Tengo miedo de ser juzgado por ti. Tengo miedo de que me rechaces. Tengo miedo de que me hagas daño. Tengo miedo de que, si realmente soy yo mismo, no me vas a querer; y necesito tu amor tan ansiosamente que jugaré los roles que tú esperas y seré la persona que te agrade aunque me pierda a mí misma en el proceso” (John Powel).

En este fragmento podemos ver cómo todas las personas, en nuestra zona oculta, tenemos informaciones que no queremos que los demás conozcan, en ocasiones por inseguridad, por falta de confianza o por miedo a sufrir o perder a determinadas personas. Pero este tipo de sentimientos genera problemas en uno mismo y en la relación con los demás.

En distintos blogs se ha reivindicado la necesidad de que la inteligencia emocional forme parte de la praxis educativa pero también ésta debe estar presente en la vida familiar. La mayor parte de nosotros no hemos sido educados en el manejo de los sentimientos y tampoco en la capacidad para nombrar lo que experimentamos. Pero los tiempos cambian y la realidad del momento exige que los padres eduquen a sus hijos desde la perspectiva de la inteligencia emocional. Conocer y gestionar las emociones es un pilar clave para generar salud emocional a los hijos, ya que de esta forma están proporcionándole un soporte emocional seguro y estable que constituirá un factor protector muy relevante.

La educación de un hijo comienza desde el momento de su nacimiento y moldea a la persona en la que se convierte, el tipo de vida que va a llevar y su impacto sobre los demás. Seguramente, esta educación constituye la parte más importante del desarrollo humano. Y es en el entorno familiar donde el niño va a experimentar una serie de vivencias que van a determinar su futuro, y los padres como individualidad y como pareja, deben ser muy conscientes de ello.

Ahora se sabe que los niños que están bien educados y cuyos padres les ayudan a tranquilizarse cuando están nerviosos parecen desarrollar mayor fortaleza en los circuitos cerebrales para dominar la angustia u otro tipo de emociones que generan inestabilidad. Pero si los padres no los atienden convenientemente, es más probable que actúen dejándose llevar por impulsos agresivos o que puedan tener más dificultades para calmarse ante situaciones de contrariedad, ansiedad, estrés, etc. Linda Lantieri afirma “Los que educan a niños deben recordar la importancia de nutrir su propia vida interior para ofrecerles el apoyo que necesitan para desarrollar su fortaleza interior. No deben soltarlos hasta que les hayan ayudado a sentir esa seguridad interna”.

Pero ¿cómo se puede hacer? Voy a analizar una serie de aspectos que son trascendentales a la hora de abordar la inteligencia emocional en el contexto familiar.

LA EMPATÍA constituye una habilidad clave. El grado de empatía que los padres sean capaces de transmitir puede influir en el buen desarrollo de la comunicación con sus hijos. Pero no se debe confundir empatía con sobreprotección porque, en ocasiones los padres piensan que están ofreciendo cercanía y comprensión, y lo que están haciendo realmente es sobreproteger. La empatía implica escuchar de forma activa a un hijo pero evitando juicios moralistas, ideas preconcebidas y sermones con frases repetidas hasta la saciedad, actitudes que bloquean la comunicación. Ser empático presupone utilizar un estilo positivo que evite la ridiculización, la ironía, la etiquetación. La verdadera empatía es entrar en el mundo de los significados y sentimientos de los hijos.

LAS EMOCIONES son otro factor decisivo. Actualmente vivimos un momento en el que éstas han cobrado gran relevancia. No podemos evitar sentir, éste es un aspecto consustancial a todo ser humano pero en ocasiones sentimos emociones que desbordan, desequilibran, desestabilizan y entorpecen las interacciones. Un objetivo de los padres debe ser convertirse en un modelo adecuado de autocontrol emocional, para que de esta forma, los hijos realicen un proceso adecuado de aprendizaje.

En primer lugar, los padres deben enseñar a identificar las emociones. Para ello el vocabulario emocional debe estar presente en las conversaciones del día a día. Cuanto más próximo se está en la definición de un sentimiento, mejor será la conciencia que se logre de éste, y por tanto, más probabilidad habrá de gestionarlo de forma saludable en uno mismo y con los demás.

Una vez que se enseña a nombrar y expresar las emociones, hay que pasar a un segundo nivel, encauzarlas adecuadamente para aprender a gestionar los conflictos que provocan los sentimientos y emociones que desbordan. Puede ocurrir que los hijos afronten las emociones en base a modelos familiares. El niño debe vivir en un entorno sano emocionalmente pues sólo de esta forma se sentirá protegido aun cuando viva situaciones de fuerte desequilibrio.

LOS CONFLICTOS son necesarios en la vida y por supuesto, siempre están presentes. Los padres deben enseñar no a ignorarlos sino a afrontarlos desde una perspectiva constructiva (enseñar a diferenciar conflicto y violencia). El estilo educativo de los padres en cuanto a resolución de posibles situaciones conflictivas influirá decisivamente en el tipo de abordaje de los hijos.

Es muy importante que los padres:

·Respeten las necesidades específicas de los niños y las niñas, el fortalecimiento de vínculos afectivos seguros y la resolución de conflictos no violenta.

·Conozcan cómo son los hijos para poder entender su forma de actuar.

·Preparen a sus hijos para dar un gran salto hacia un proyecto personal de autonomía corporal, emocional y social. Individualismo y autonomía están en las antípodas. La excesiva sobreprotección con la que muchas padres educan, debe transformase en educación para la autonomía emocional y social.

·Trabajen la inteligencia en la familia a partir de las competencias intrapersonales e interpersonales que van a garantizar un adecuado desarrollo emocional y social.

·Practiquen un modelo de comunicación positiva, mediante la cual cada persona expresa lo que piensa, siente y desea de modo claro y directo, sin afectar o dañar a los demás. Implica la expresión libre y la defensa de los derechos personales, pero teniendo en cuenta los sentimientos, necesidades, deseos y derechos de los demás.

·Se acostumbren a dedicar pequeños tiempos diarios para la paz, el sosiego, la calma y a partir de ahí, entablar conversaciones en un ambiente relajado y distendido y hablar de los sentimientos y emociones.

Bibliografía de referencia:

– “Inteligencia emocional infantil y juvenil. Ejercicios para cultivar la fortaleza interior en niños y jóvenes”. Linda Lantieri con introducción y prácticas dirigidas por Daniel Goleman.

– “Inteligencia Emocional en la familia. Herramientas para resolver conflictos en el ámbito familiar” Aitziber Barrutia Leonardo.

– “Inteligencia emocional: el secreto para una familia feliz”. Una guía para aprender a conocer, expresar y gestionar nuestros sentimientos. Publicada por la Comunidad de Madrid.

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