El verano ya está aquí, esta vez parece que de verdad, con el calor en su punto, las tormentas, las vacaciones y los alumnos fuera del aula. Ya no tienen que estudiar y se pasan la mayor parte del tiempo buscando cómo divertirse y cómo hacer conocimientos nuevos allí donde vayan de veraneo. Atrás queda la rutina de los libros, las explicaciones y los profesores. En definitiva, les está pasando lo mismo que nos pasaba a nosotros en esta bendita época del año. Y por lo que nos toca a nosotros, el verano es igualmente generoso, podemos levantarnos más tarde, ya no tenemos reuniones ni clases y hasta puede que mantengamos viva la esperanza de que el curso que viene todo nos saldrá mucho mejor con nuestros alumnos. Hay que descansar para reponer fuerzas, leer con calma, pasear, respirar a pleno pulmón la brisa marina que sale del fondo del mar o ver cómo arde la tarde al sol de poniente, tal y como decía la canción del título. Benditas vacaciones que nos permiten desconectar casi del todo haciendo que el alma se serene. Tenemos tiempo para pensar en cualquier cosa, incluso para darle un pequeño repaso al curso que ha terminado y valorar qué hemos conseguido implantar en la mente de esos adolescentes, que ahora celebran esa libertad de alas remendadas pasándoselo de miedo lejos de las obligaciones académicas.

A veces desconectar significa olvidar a fondo y con ganas. Tarea sencilla cuando uno se siente saturado o cuando se incluyen en el olvido asuntos poco asimilados o escasamente apreciados, como por ejemplo dejar a un lado los temas áridos, las fórmulas matemáticas, las fechas históricas de batallas o tratados, los conceptos abstrusos, las teorías, etc. El verano es una invitación a desprenderse de esos datos que no hablan de la vida que uno, en su impetuosa adolescencia, vive o querría vivir, una oportunidad única para moverse libremente bajo el sol y buscar experiencias no regladas, un despejar la mente y no sentirse evaluado ni obligado a realizar tareas en silencio cuando se está deseando saltar, reír, hablar o cantar. Al cerrarse la puerta del centro escolar parece que se respira algo así como la genuina libertad, un vértigo de vida que exige acciones más aventureras y de mayor autenticidad, sin imposiciones ni controles. Hay un afán loco de emprender un vuelo más libre y descubrir nuevos horizontes, sin más pautas que las propias ganas de corretear deprisa, recrearse en la mera contemplación de las sensaciones, pasearse por lo todavía desconocido, ponerse a prueba haciendo lo que todavía no se ha hecho, olvidarse de lo obligatorio y campar uno a sus anchas estrenando una mirada más centrada en sí mismo.

El adolescente de vacaciones puede tratar de liberarse de todo lo acaecido durante el curso, lo puede intentar a conciencia, pero lo que ha vivido siempre deja su huella, por imperceptible que sea. A los profesores nos gusta pensar que lo que hacemos con ellos, esa mezcla de instrucción y de saberes más personales que les hemos entregado sirve para algo. Cuando salen disparados del aula hacia sus zonas de recreo tememos que gran parte del esfuerzo que hemos realizado tratando de apasionarles por nuestras materias y por nuestras indicaciones se disipe, nos duele pensar que todo ello se pueda perder “como lágrimas en la lluvia”. Aunque sabemos de sobra que la educación no es un proceso de efectos sistemáticamente asegurados, la incógnita acerca del impacto real de nuestra labor nos hiere. Lo que hacemos se parece bastante a la parábola del sembrador, y otras veces a nadar contra corriente.  

Pues bien, ahora que también nosotros estamos de vacaciones debemos reafirmarnos una vez más en la convicción de que nuestra tarea, la educación, es un proceso de transmisión en el que además de lo técnicamente académico entran en juego algo tan personal como la comunicación y la imitación. Nuestra relación con los alumnos no consiste en estar como en una pantalla plana desde la que hablamos y decidimos, sino que estamos día a día entre ellos y nuestros relatos se los pasamos a corta distancia, como en la tradición oral. Nuestra arma principal, no la única, somos nosotros mismos, nuestra cercanía, nuestro ejemplo, nuestro rigor, nuestro entusiasmo por lo que enseñamos y por ellos, nuestra autoridad. Y eso sí deja huella, no lo puede borrar del todo la arena de la playa, no se desvanece con las olas ni con las siestas largas o las tumbonas. Lo que hemos hecho durante el curso es un proceso complejo en el que con frecuencia sentimos como que dejamos la piel, porque nos agotamos al buscar una interacción y unos métodos eficaces capaces de traspasar su indiferencia o sus carencias, y desde luego eso no es algo infructuoso.  

Cuando se pone habilidad y empeño en el aula, siempre se traspasan barreras. Tal vez no en todas las ocasiones ni con todos al mismo tiempo, porque nosotros no controlamos todas las variables que inciden en la vida y en la historia de cada chaval, pero producimos impactos, de mayor o menor hondura, vestigios que poseen sentido. De eso se trata, de hacer en ellos muescas de curiosidad, de amor al conocimiento, de interés por la verdad, de implicación en las propuestas que nuestros programas les ofrecen abriéndoles la mirada más allá de su comodidad, de darles pistas de salud y equilibrio. Y esos rastros, algo adormecidos en el veraneo, van a seguir ahí como pequeñas heridas imperceptibles que marcan un reguero silencioso en su estilo de pensamiento y de conducta.

En verano es necesario refrescar el ánimo, tomar bebidas tonificantes de autoestima, saborear el granizado de esperanza de que lo que hacemos como profesores merece la pena, vaya que si la merece, y esforzarnos en orillar el punzante dolor íntimo por la falta de reconocimiento o de aliento que tantas veces se nos niega en el transcurso de nuestra tarea. La educación es lanzarse cada año a una aventura en la que siempre nos tocará sortear lo inesperado, lo difícil, lo adverso. No importa. Ese empeño nuestro es más importante y potente que las trabas que surjan. Felices vacaciones para todos y que estos días en la escuela de calor nos aporten nuevas ideas y renovadas ilusiones.

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