En la escuela, en casa tendemos a limitar los movimientos de los niños, en aras a su seguridad los adultos vamos limitando su espacio; estamos desando que arranquen a andar, pero luego al segundo tropezón nos entra el miedo a que se hagan daño.

Al llegar a la escuela comenzamos una estrecha vigilancia de lo que puedes hacer solo y lo que no, aunque al mismo tiempo nos quejamos con una eterna letanía de la falta de autonomía, que en general, presentan las criaturas.

Si vemos a un niños de dos o tres años haciendo demasiadas cosas solo, tomando la iniciativa decidiendo lo que hace en cada momento, tendemos a moldearle a nuestro buen entender, que siendo bueno, bienintencionado no siempre es educativamente intachable, en tanto en cuanto, acabamos limitando la autonomía ganada por el niño para supeditarla a la autonomía que nosotros queremos darle.

La contradicción queda patente sobre todo cuando vemos actuar a los demás, bien sean los papás o nuestros compañeros, en ese momento vemos más allá de nosotros mismos y nos damos cuenta de cuantos errores cometemos. Queremos que los niños resuelvan sus conflictos pero cada vez que surgen intervenimos con medidas que coartan su autonomía en aras de una supuesta seguridad, así, llegamos a inculmar miedos y angustias que los niños por si mismos no tenían.

Los niños y las niñas tienen que explorar, caerse, mancharse, y sobre todo, equivocarse muchas veces, tantas como sea necesario para que comprendan el mundo que les rodea. ¿Significa que les dejemos hacer sin control? Pues tampoco, estar cerca, acompañar no significa condicionar o dirigir, cada uno debe buscar su propio camino y para ello necesita normas, que tendrán que ser claras y orientadas a su propia seguridad pero sin limitar tanto su independencia que le convierta en un ser miedoso y dependiente del adulto. Normas como límites amplios donde tener espacio para crecer.

La vida tiene riesgos, es necesario conocerlos, asumirlos y convivir con ellos para lograr que la infancia se convierta en una etapa donde se pueda experimentar con «red», esa seguridad que nos da sabernos acompañados en nuestros juegos por maestros y padres, hermanos y compañeros, de este modo, obtengo mis propias conclusiones, aprendo de los errores, de las malas experiencias, en definitiva, me formo mi propio criterio, ese que tendré que utilizar en el futuro cuando me tenga que enfrentar con mi propia vida.

¿Lo intentam0s? ¿Dedicamos cinco minutos a reflexionar sobre nuestro hacer diario con los niños? ¿Cuánto margen les dejamos? ¿Cuánto tiempo dejamos para que generen su propio espacio sin intervenir? Haced la prueba, os sorprenderéis. Feliz semana.

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