¿Se puede promocionar el imperativo categórico en nuestras aulas? Caramba, meter a Kant en un aula de secundaria, con ocasión de la prevención y de educación para la salud, parece un salto un tanto excesivo, así que habrá que ver ante todo cuáles serían algunos de los objetivos perseguidos con esa promoción para considerar si vale la pena. Veamos algunos: prevenir el egocentrismo de los alumnos, disminuir su propensión a despreciar o mirar con rechazo a las personas ajenas a su círculo cercano (por ejemplo, otros alumnos, adultos, extranjeros, etc.), incorporar conductas de respeto y cuidado respecto a uno mismo y los demás, propiciar iniciativas de apoyo, afianzar la percepción de eficacia pese a los fracasos y errores, insuflar un enfoque de ánimo y entusiasmo en el cumplimiento de sus deberes, crear un clima positivo en el centro escolar, etc. No hay duda, si un adolescente incorpora el sentido profundo del imperativo categórico kantiano está haciendo suya una virtud ética de primer orden, una pauta vital determinante cuyo influjo impregnará inevitablemente su manera de percibir las cosas, de tomar decisiones y de comportarse consigo mismo y con los demás. 

Un momento, ¿hay relación entre lo que entendemos por moral y la educación para la salud? Estoy seguro de que es lo primero que os estaréis preguntando a la vista del título de este post. La segunda de las cuestiones es la de si hay que hacer participar a los alumnos de la idea de Kant, el promotor del imperativo categórico, de que toda la moral del ser humano debe poder reducirse a un solo mandamiento fundamental, nacido de la razón, no de la autoridad divina, a partir del cual se puedan deducir todas las demás obligaciones humanas. Y en tercer lugar hay que responder a la pregunta de si sólo hay que educar en la incorporación de este valor universal básico desde la perspectiva racional kantiana, y la respuesta es claramente que no. Este principio moral primordial puede provenir de la religión o de otros planteamientos de índole espiritual, y tales puntos de partida tan esenciales no tienen por qué enfrentarse con el imperativo categórico, aunque partan de fundamentaciones distintas. Tener una perspectiva múltiple en la que apoyarse, religiosa, espiritual o racional, puede servir para afianzar aún más el arraigo de la persecución entusiasta del bien como principio moral universal.

Una actitud o disposición estable de comportamiento que condiciona la salud psíquica y también física de las personas, y por supuesto de nuestros alumnos, es el optimismo, esa fuerza especial que nos impulsa a obrar de una manera enérgica ante las distintas situaciones de la vida. El optimismo se asemeja al valor, es un ímpetu que nos ayuda a enfrentar las dificultades con buen ánimo y perseverancia, descubriendo lo positivo que tienen las personas y las cosas. Un alumno optimista, por ejemplo, tiende a tratar de forma cordial y amable a los demás, se esfuerza siempre en recuperarse tras un fracaso y extiende un hálito de esperanza sobre sus acciones. Es como si por el mero hecho de poseer y disfrutar de esa energía se viese impelido a actuar de modo fructífero en todo lo que le concierne, empezando por él mismo y continuando con los demás que tiene a su alcance.

El comportamiento que parte del optimismo como valor esencial vendría a ser una encarnación natural de la formulación de Kant de que hay que obrar de tal modo que se use la humanidad, tanto en la propia persona como en la de cualquier otro, siempre como un fin, y nunca sólo como un medio, y por eso el tratar a los demás con respeto y consideración es algo que se desprende de esa forma moral de afrontar la vida en general. También pude denominarse comportamiento prosocial. De ahí que los alumnos que saben esforzarse en ver y expresar lo positivo de lo que tienen cerca son personas con un plus muy poderoso de salud, y se podría asegurar incluso que si perseveran en esa actitud significa que han interiorizado, consciente o inconscientemente, ese principio moral.

Al aceptar el convencimiento de que hay que actuar siempre todo lo bien que esté en su mano, esa convicción actuará en el adolescente como una punta de flecha que le va a guiar con mano segura a la hora de tomar decisiones más correctas y saludables y le permitirá desenvolverse con mayor acierto en medio de las dudas y oscilaciones que se le presenten. Ser amable, respetuoso, entusiasta, cordial, cercano, generoso, prudente, etc., ¡porque vale la pena que predomine en todo lo que emprenda todo aquello que sirve al BIEN con mayúsculas!

Como se puede ver, entre “hacer el bien” y “ser optimista” (en el sentido aquí expuesto de buen ánimo y perseverancia para seguir en la brecha y comportarse adecuadamente con uno mismo y con los demás) hay una gran conexión, y esa ilación debe ser promovida por nosotros los profesores como factor básico de promoción global de salud. ¿Cómo hacerlo? Una manera sencilla, como primer paso, de incitar al optimismo es la de hacer que los alumnos experimenten la afabilidad, consiguiendo que perciban de golpe el efecto de satisfacción que posee el estilo optimista de hacer las cosas. Para ello un ejercicio básico consiste en enseñarles algo tan sencillo como hacer cumplidos.

¿Y por qué los “cumplidos”? Pues porque son expresiones verbales concretas que resaltan características positivas de los demás y que tienen la virtud de ayudar poderosamente a hacer más agradables las interacciones personales. Cuando se hace un cumplido sincero no solamente se resalta algún aspecto positivo, sino que quien lo recibe lo interpreta además como un reconocimiento más amplio: es una mirada positiva hacia toda su persona. Quien hace bien un cumplido está reconociendo lo bueno del otro, lo anima y refuerza, crea o mantiene un ambiente cálido, de armonía, y a veces hasta puede establecer una interacción positiva con él. Pero lo esencial es que está haciendo una especie de, por así decirlo, “acto de justicia”, un acto de bien que pretende reconocer lo bueno que tiene, hace o está en la otra persona, sin esperar a cambio una recompensa por haberlo hecho.

Os invito a que organicéis esta sencilla actividad con vuestros alumnos: tras una pequeña introducción acerca de lo que significa proporcionar bienestar a nuestro alrededor, los colocáis de dos en dos, y les decís que cada uno le diga al otro un cumplido (breve, sincero, proporcionado y expresado de forma natural y personalizada) sobre su aspecto externo. Cuando hayan concluido, se les indica que ahora el cumplido que intercambien debe versar sobre su forma de hablar. Por último el tercero debe tratar sobre sus ideas o su forma de pensar (y si no las conocen, que usen lo siguiente: “aunque no te conozco bien, tengo la sensación de que eres una persona que…”, y dicen algo sencillo y positivo). Al concluir se les pregunta si se han sentido bien, tanto al hacer como al recibir los cumplidos, y si han percibido sinceridad, y en ese momento es cuando el docente puede entrar a debatir con ellos la importancia de hacer cumplidos con oportunidad y “gratis” (sin pedir nada a cambio), puede comentar el posible rechazo al cumplido por miedo a que haya una intención oculta detrás (“¡nadie hace eso por nada…!”), el efecto de confirmación que siente quien lo recibe (“alguien se ha dado cuenta de algo bueno mío, y me lo reconoce”), y lo que significa relacionarse con los demás buscando en ellos los aspectos positivos que poseen.

Si los alumnos han vivido en propia carne el bienestar de esa mirada positiva en ese ejercicio de intercambios de cumplidos sinceros, estarán en mejor disposición para entender que vale la pena que ellos lo hagan siempre que puedan, ya que volverán a experimentar esa especial satisfacción por “hacer el bien” de forma altruista, porque sí. Se sentirán bien haciendo que los demás se sientan bien poniendo en marcha otros comportamientos, ya que el bien genera más bien, crea respeto, ánimo, optimismo y entusiasmo. Experimentar el bien, en suma. Como diría Kant, los demás y uno mismo somos un fin, no un medio, y eso significa tratarnos y tratar a los demás siempre lo mejor posible para percibir el bien como cuando se recibe esa mirada positiva, llena de entusiasmo por lo bueno, que son los cumplidos verdaderos.

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