«Hay una vitalidad, una fuerza vital, una energía, un aceleramiento que, a través de ti, se traducen en acción, y puesto que en todo momento no hay más que un solo tú, esa expresión es única. Y si la bloqueas, nunca existirá por otro medio, y se perderá».

-Martha Graham-

Antes de que podamos empezar cualquier proyecto deberemos tener claro qué nos impulsa, la motivación que nos mueve, la cantidad de esfuerzo que vamos a poner en conseguirlo. Al hacerlo, nos formulamos una pregunta muy simple. Miramos todos los problemas que pueden derivarse de esa iniciativa y decidimos afrontarlos o no. Tomamos consciencia de lo que supone empezar y nos planteamos si dar el primer paso. Después, con la decisión de comenzar, viene lo bueno. Cuando te arrojas hacia adelante. Cuando empiezas a emocionarte. Siempre he sido un enamorado de ese instante. De la sensación única que tienes al poner en marcha el engranaje, al encender una propuesta. Y lo mejor es cuando haces de esa iniciativa un momento compartido, cuando estás rodeado de gente que busca lo mismo que tú, y, de repente, la idea comienza a abrirse paso, a buscar la fórmula para hacerse real. 

A lo largo de mi vida he tenido la buena suerte de encontrarme con grandes compañeros de trabajo, gente que se dejaba emocionar y te emocionaba, personas que siempre han sido capaces de hacer de una idea un proyecto, de un proyecto un espacio donde disfrutar. Y cuando estás trabajando en un ambiente así, la jornada laboral se convierte en algo tan motivador como productivo.

Hay muchos que no hemos llegado aquí por casualidad. Que tenemos en la mejora de la educación una especie de esperanza interna, de orgullosa declaración de principios sobre lo que debiera ser el mundo. Y da gusto trabajar con personas que comparten tu misma motivación, tu misma voluntad, tu mismo hambre. En los últimos días, en el desarrollo de varias propuestas con mis compañeros, he vuelto, hemos vuelto, a sentir todo eso. Y lo mejor es que estamos consiguiendo una importantísima implicación de las familias en el trabajo común que llevamos a cabo.

Para conseguir eso, en muchas ocasiones, simplemente debes permitir un espacio para que las personas se integren, para dejarles claro que pueden formar parte. Muchos centros tienen bastantes reticencias a permitir que las familias formen parte activa de las propuestas escolares. En algunas ocasiones este miedo viene derivado de algunas actuaciones poco afortunadas tiempo antes. En la mayor parte de los casos, una implicación conflictiva se suele producir porque no se ha organizado adecuadamente. Cuando se establecen objetivos concretos, para dejar claro que cada uno debe adoptar el rol que le corresponde, no suele haber problemas. De esta forma, ni las familias se introducen en el ámbito profesional de los docentes, ni confunden una colaboración con un permiso para cambiar el funcionamiento del instituto o del colegio. Si esto queda claro cuando se empieza a trabajar conjuntamente, lo que se consigue es que las familias se identifiquen cada vez más con el propio centro, comprendan mejor a los profesionales que trabajan en él y aporten su ayuda personal para cuestiones de tipo organizativo o pedagógico. Es cierto que, en muchos casos, la colaboración familiar se produce con mayor facilidad en los centros de educación primaria, pero en secundaria, en muchas experiencias, ha sido también decisiva. Esto también se puede aplicar a nuestros estudiantes. Si logramos motivarles para que participen en la vida del instituto, conseguiremos también un mayor respeto por el mismo. Cualquier actividad donde se abre un espacio de participación, es una actividad que contribuye a la cohesión, a crear identidad de centro y a mejorar el clima de convivencia. No sólo por lograr que los estudiantes se sientan implicados, sino, también, porque establecemos unas estrategias de trabajo en equipo que nos permiten mejorar la comunicación, la comprensión mutua y el engranaje de las diferentes aportaciones. Lo bueno de todo esto es verlo en acción. Sentir como todos podemos empezar a trabajar conjuntamente en pos de una misma idea. Y es que el entusiasmo tiene la virtud de contagiarse rápido. En cuanto alguien empieza a prender la mecha es muy difícil parar, porque el placer de llevar a cabo una buena propuesta es sólo comparable al placer de compartirla. Los proyectos educativos tienen una virtud fundamental: implican a mucha gente y son capaces de cambiar por completo el ambiente de un centro. Y tienen un resultado inmediato entre nuestros estudiantes.

Cada vez que conseguimos compartir su atención, lograr una implicación verdadera, el feedback que recibimos nosotros, como docentes, es increíble. Y nos impulsa a seguir, a mejorar, a innovar con otras ideas, con otros planteamientos. Tenemos la capacidad de llevar a cabo un cambio en nuestros alumnos día tras día, pero en algunas ocasiones la monotonía acaba presidiendo nuestro trabajo. Muchas veces ni siquiera nos damos cuenta. Y sin embargo es así. Lo realmente curioso es que parece haber centros donde esto no ocurre, donde los docentes acaban poniéndose a trabajar de forma constante en buenas ideas, donde las salas de profesores, en lugar de ser lugares con compañeros revisando exámenes, se convierten en un hervidero de imaginación. Igual que para hacer cundir el desánimo nos basta con una persona un poco más gris de la cuenta, para prender un incendio sólo necesitamos a alguien entusiasmado. Y os aseguro que lo demás viene rodado. Lo digo por algo muy simple. Muy sencillo. Vosotros, el lunes que viene, podéis ser ese cambio. Esa transformación. Ese primer paso.

Óscar Martín Centeno.

Acción Magistral.

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