Ayer se regalaron “Los Reyes” y hoy, entre peques, se oyen conversaciones tipo: –pues a mí me han traído 6 cosas- ¡pues a mí 8! –Ya bueno, pero mi cochecito es supergaláctico anticaídas y mi muñeca hace 7 cosas -¡pues la mía hace 9 cosas y también hace caca sola!…Un montón de influencers están compitiendo esta primera semana por ver si su Sr. #Hashtag de felicitación de Año Nuevo es el que mas “likes” y RTs tiene. Y esta competición de ¿y a ti cuánta gente te sigue? es todo el año, dedicándose de forma compulsiva a crear contenidos en sus redes solo para conseguir “likes”. Porque reconozcámoslo, quién no es o tiene colegas que son las personas más competitivas del mundo, que cuando quedáis a jugar a algo se lo toma como si fuera la final de la Champions. Que nunca te pasa sus apuntes no vaya a ser que saques tú más nota y que incluso se les nota que les da un subidón si superan el  tiempo de llegada estimado por el GPS ¡ahí te quedas google maps!

Dicen que la adolescencia es una etapa en la que el sentimiento de competitividad es constante, que te estás buscando y forjando tu identidad personal y eso se traduce en estar todo el rato comparándote con quien sale en la tele, con tus colegas, con la vecina del quinto o tu hermano mayor…

Toooodo el día  buscando ser mejor que el resto, a todas horas decidiendo, o lo deciden por ti, si has fracasado o no en función de compararte con el rendimiento o éxito del resto de compas o quienes te rodean. 

En fin, un asco, porque te das cuenta de que en vez de disfrutar a tu bola y feliz contigo y a quienes quieres, la sociedad se empeña en que miremos a las demás personas como termómetros para saber cuál es el nivel de competencia que tenemos en los diferentes ámbitos de la vida. 

Y este incremento de la competitividad entre jóvenes preocupa tanto que justo hace 2 meses la Universidad de Sevilla    (UCO, Psicología), y antes en la Universidad de Murcia, han sacado varios estudios sobre esto. La competencia trae consigo el riesgo de que la juventud tenga ideas erróneas sobre sus capacidades y aumenta la denominada «ansiedad de evaluación», la que genera una respuesta exagerada de alarma ante la posibilidad de obtener un resultado negativo y que, encima, provoca muchas veces justo eso, que te salga mal lo que sea. 

Esa “ansiedad competitiva” (se acuñó el término desde la psicología deportiva) se relaciona con un estado de estrés permanente. Una sobrestimulación constante que empuja a la juventud actual a “triunfar” precozmente en vez de tomarse el tiempo necesario para madurar qué es lo que quieren ser.

En fin, que nos tienen “tol día” con estreses para no fracasar ante las expectativas puestas en nuestras capacidades y encima concluyen los estudios que quienes viven en esa “ansiedad competitiva” tienes muchas más lesiones, en ambos planos, físico si hablamos de deportes y “lesiones psicológicas“: baja autoestima, estrés, baja tolerancia a la frustración, extremada preocupación por la perfección,…

Hasta el punto de que la Organización Mundial de la Salud (OMS) ha mostrado recientemente su preocupación por la salud mental de las y los más jóvenes, puesto que la competitividad ha disparado su nivel de estrés. Y también el estudio de la UCO ha confirmado una correlación muy fuerte entre una personalidad competitividad y el consumo de drogas, sobre todo las ilegales (cocaína, el cannabis y alucinógenos); siendo un factor de protección ser una persona no competitiva. 

¡Pero oye! Que también un poquito de competitividad puede llegar a ser positiva. Así, en su justa medida para permitirnos alcanzar nuestro máximo potencial, para superarnos. Se convierte en un problema cuando pasa a ser algo obsesivo.

A ver si aprendemos a esforzarnos, no para ganar siempre, sino para mejorar, para intentar hacer las cosas. No caer en lo que esta sociedad competitiva quiere, que evaluemos nuestros resultados en la vida en términos de todo o nada, de o se gana o se pierde, de “y yo más que tú”.

Ojalá entendamos que lo importante es disfrutar de lo que hacemos, que no se puede ganar siempre ni ser el o la mejor en todo ¡y eso está genial! Asumamos que los errores no son malos, sino que nos enseñan a superarnos, que son retos.

Empecemos a compararnos con nosotras y nosotros mismos y no todo el rato con el resto. Siempre habrá alguien mejor que tú, pero lo importante es ser cada vez nuestra propia mejor versión

Y todo esto es un reto en esta sociedad del “talentismo” y la competitividad salvaje en la que parece que siempre tenemos que triunfar en todo y ser más y más mejor que el resto. 

¿Y TÚ QUÉ… eres “lo mejor de lo mejor”? 

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