Nuestros adolescentes viven inmersos en una vorágine de estímulos. La mayor parte de estos destellos llaman a lo efímero, a lo material, al cinismo. Esta cultura de consumo rápido genera personas aturdidas, que deben mantener un hilo de actividad constante, y esto deriva, paulatinamente, en una forma de vida entregada a la distracción. Pero todas estas cuestiones no pueden formarlos como personas, no pueden tejer su personalidad, dotarles de autonomía para dirigir su propio ocio, ni ofrecerles la posibilidad de disfrutar con sus iniciativas. Para conseguir eso, deben ser ellos mismos quienes generen nuevas posibilidades de creación y diálogo. Necesitan sentirse partícipes, y percibir que son escuchados.

Si queremos mejorar la convivencia en las aulas tenemos que ser conscientes de que no hay recetas mágicas. Es cierto que podemos encontrarnos algunas estrategias que funcionen momentaneamente; pero no nos engañemos, si deseamos provocar un cambio profundo, mejorar de verdad la realidad de nuestros centros, debemos perseguir modelos que generen cambios a largo plazo. Y para acabar con ese vacío, con la desidia que en muchos casos se genera en la aulas, demos empezar a plantearnos que es necesario generar participación y complicidad.

Una de las cuestiones que más necesita cualquier adolescente es hablar y sentirse escuchado. Esta observación, que todos los docentes compartimos, no es tan fácil de aprovechar en la práctica, porque normalmente nuestros alumnos no nos tomarán como referencia para establecer ese diálogo.Tampoco lo harán con el orientador u orientadora. Es complicado generar un clima de confianza donde puedan sentirse libres de expresar sus emociones, sin que el resultado sea una colección de tópicos para evitar el ridículo. Ante esta situación, en diversos centros, se han puesto en marcha algunas dinámicas que posibilitan un trabajo cercano con los estudiantes. Muchas de esas dinámicas han dado buenos resultados a medio y largo plazo.

Para mí, las más interesantes, son las que trabajan sobre las emociones de una forma indirecta y que, además, utilizan medios que les resulten llamativos a los estudiantes. Me explico:

A la hora de utilizar estrategias indirectas para favorecer su expresión emocional, no hay nada mejor que recurrir a la literatura o el arte. Partimos de la siguiente idea: los alumnos están deseando expresarse, pero no lo van a hacer en primera persona. Y si lo hacen no será de una forma directa, sino mediante un subterfugio, mediante una estrategia que facilite su expresión, pero sin dejarles nunca al descubierto. Quieren hablar, pero temen perder la coraza. Por eso nuestras clases están llenas de bromas, interrupciones y agresividad. De esta forma, maquillan su propia inseguridad. Lo malo es que nosotros, como docentes, sufrimos las consecuencias. Y las sufren también sus compañeros, que deben soportar las constantes llamadas de atención que lanzan otros estudiantes. Por esta razón, utilizar estrategias que fomenten su expresión, está dando buenos resultados a muchos profesionales, que, como nosotros, tienen que afrontar diariamente situaciones complicadas en sus aulas. Y por otro lado, si para desarrollar estas estrategias utilizamos las nuevas tecnologías, las redes sociales, los blogs y otra serie de herramientas, conseguiremos ponerlas en marcha utilizando su propio lenguaje, sus propios intereses.

Dentro del campo de la literatura, que es el que personalmente he utilizado con los estudiantes para trabajar estrategias emocionales, es sencillo desarrollar varias dinámicas que funcionan muy bien en las aulas. Podemos construir narraciones sobre situaciones, personajes, y hacer converger historias de los diferentes estudiantes. De esta forma, no sólo trabajaremos sobre sus propias emociones, sino también sobre las relaciones existentes entre ellos, la forma de afrontar los conflictos y de solucionar los problemas. Normalmente, lo que mejor funciona para organizar estas dinámicas son los microrelatos. Estas historias tienen la virtud de la brevedad, y la necesidad de contar lo esencial en unas pocas líneas. Nos permiten también trabajar de forma modular, enlazando una historia con otra hasta formar un puzzle de emociones.

Normalmente, los estudiantes no se prestarían a un trabajo sobre estrategias emocionales fácilmente, pero utilizando una actividad curricular podemos enseñarles a analizar sus propias emociones, a comprenderlas y hacerles reflexionar. Desde luego, este es un proceso que no da resultados inmediatos, sin embargo, cuando los estudiantes empiezan a acostumbrarse a dinámicas de escritura creativa, comienza a ser sencillo para ellos analizar el comportamiento de los demás y el suyo propio.

Hay veces, para trabajar esta dinámica, se utilizan personajes para que los estudiantes puedan poner en sus labios las observaciones o preguntas que deseen formular. De esta forma, observaremos como sus emociones van empapando los escritos, y como, en algunas ocasiones, esto deriva en resultados muy interesantes para el aula.

Una forma todavía más interesante de hacerlo es, como ya adelantaba antes, mediante un blog, donde cada uno vaya haciendo una entrada, o utilizando herramientas de microblogging. De esto hablaremos en el próximo artículo y también de las posibilidades que nos ofrece la tecnología para hacer partícipes a nuestros alumnos de proyectos con un amplio desarrollo a lo largo del tiempo.

Óscar Martín Centeno

Acción Magistral

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