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Preparando sin ruido una sociedad plural

En la era del scroll infinito y los filtros de realidad aumentada, parece que hemos caído en un fraude de espejismos: es muy posible que se nos esté presentando a las personas más jóvenes poniendo en primer plano polémicas ruidosas en redes sociales, actitudes puntuales de violencia callejera o el último radical vídeo viral.

Y es muy posible que esa sea la idea que prevalece al respecto de los chicos y chicas que ahora tienen entre 12 y 25 años. Sin embargo, mientras el debate público se empeña en pintarlos como un bloque monolítico —a veces como activistas implacables, otras como una generación en retroceso ideológico—, las cifras dejan adivinar una transformación mucho más silenciosa, orgánica y llena de matices.

Al asomarnos a los datos del Consejo de la Juventud de España (CJE) y a los del Barómetro Juvenil del observatorio Reina Sofía, descubrimos que la juventud no es un campo de batalla de extremos, sino un laboratorio de convivencia.

Más allá del ruido, podemos confirmar que la identidad global se está redefiniendo, que tanto la aceptación de la igualdad como la de la diversidad se va asentando con una interesante complejidad que los titulares suelen ignorar.

El entorno digital actúa como un catalizador de narrativas divergentes, influyendo en la percepción de los derechos sociales

La juventud no es un campo de batalla de extremos, sino un laboratorio de convivencia.

El caleidoscopio del 28%, la naturalización de puentes y no muros

Hace años, en una entrevista de la BBC, preguntaron al periodista Guillermo Fesser si los ingleses eran los peores turistas que recibíamos en España, y él contestó que los peores eran los romanos, pero como hacía más de dos mil años que no aparecen por aquí ya casi no nos preocupan.

Fue una respuesta que hizo reír al público, y que contenía, como toda buena comedia, una dosis de verdad.

España siempre ha sido un puente entre Europa y África, y también lo es, de otro modo, con respecto a América.

Desde mucho antes de constituirse como realidad política, como país, los territorios de la península Ibérica han sido un destino para grandes y diversas civilizaciones que han dejado huellas que aún perduran.

Esa herencia, que también se refleja en las formas de ser de quienes habitamos esta zona del planeta, se actualiza con una fuerza demográfica imparable: cerca del 28% de los y las jóvenes en España tienen un trasfondo migratorio, es decir, viven en un país distinto al de su nacimiento o tiene raíces familiares ligadas a la inmigración.

Este dato es una realidad que está transformando el conjunto de la sociedad de manera sensible.

Algunas pautas que marcan una tendencia

En no pocas ocasiones se proyecta la imagen de una juventud crispada y que rechaza la diversidad, sin embargo, y a la luz de la realidad contrastada, la multiculturalidad se está naturalizando en el día a día.

Comunidades marroquíes, rumanas, británicas, latinas, asiáticas… conviven en pie de igualdad en un mosaico en el que el 76,5% de los jóvenes aceptaría sin reservas a un jefe o jefa migrante.

Es también interesante constatar que esta mirada abierta se encuentra de manera más significativa en las jóvenes, que muestran una actitud más positiva hacia la migración que los jóvenes.

La lectura más sólida que se puede hacer de los datos es que la juventud está preparada y quiere actuar como puente cultural que facilite la cohesión. Y aunque caminan aún sobre un terreno abonado por prejuicios estructurales, ya están creando un nuevo prisma social hacia la diversidad cultural, de género y de procedencia.

Arquitectos de la ideología, el sesgo detrás del algoritmo

En términos de igualdad, más del 70% de la población joven sostiene posiciones favorables a los principios básicos de equidad, si bien en este apartado hay brechas condicionadas por el género, la ideología y el nivel educativo.

A pesar de una tendencia general hacia la apertura y la convivencia, quedan desafíos: no es algo intrascendente que 6 de cada 10 jóvenes consideren insuficientes los esfuerzos institucionales contra la discriminación.

El entorno digital, especialmente algunas plataformas concretas, actúa como un catalizador de narrativas divergentes, influyendo en la percepción de los derechos sociales. De ahí que sea la educación la mayor fuerza a la que acudir, no solo como una herramienta de estabilidad, sino como el pilar fundamental para consolidar consensos sociales y mitigar prejuicios en una colectividad cada vez más compleja.

Y hablar de educación es hablar de todo el ecosistema educativo (centros docentes, familias, clubes deportivos, academias de arte, grupos de teatro…)

En el medio digital, el consumo de contenido no es un acto neutro; es un arquitecto de la identidad, y se vuelve a constatar al ver que existe una correlación entre la plataforma elegida y la postura ante la igualdad, tanto la de género como la igualdad global en una sociedad multicultural.

También en esto, como en otros espacios del pensamiento y la acción, a los que ya hemos dedicado líneas en este blog, el algoritmo funciona como un mediador silencioso que puede amplificar burbujas de pensamiento o, en el peor de los casos, incluso validar discursos de odio.

Así que no está de más repetir que la alfabetización digital no puede ser solo técnica, sino que también debe enfocarse a los contenidos.

La juventud en España está preparada y quiere actuar como puente cultural que facilite la cohesión

Una inmensa mayoría que actúa sin ruido

A pesar del relato de la polarización extrema, la realidad es mucho más templada.

Por un lado, y hablando de igualdad de género, el salto con respecto a generaciones anteriores es muy notorio.

7 de cada 10 jóvenes apoyan los principios básicos de la igualdad. El estudio del CJE identifica una escala de grises donde las posiciones estancas se disuelven ante ese 70 por ciento de aceptación abierta de la diversidad de género y la igualdad.

Este grupo mayoritario que entiende la vida con la óptica de la igualdad de derechos, oportunidades, obligaciones y trato de todas las personas es el espacio de equilibrio indispensable para el diálogo futuro.

Son jóvenes que, si bien en un porcentaje no desdeñable, pueden mostrarse escépticos ante ciertas demandas de la cuarta ola del feminismo, mantienen un compromiso firme contra la violencia sexual y la discriminación.

Por otro lado, el 56% de la juventud considera que la inmigración enriquece la cultura de un territorio. Sin embargo, es en este apartado en el que encontramos una contradicción compleja que merece un estudio profundo, pues es el origen étnico (especialmente el de la población gitana y árabe) el que sigue siendo principal factor de discriminación.

Conclusión, más puentes que cámaras de eco

A la luz de los datos, la juventud de nuestro país no está inmersa en una supuesta involución social, y mucho menos es la causante de ella, sino que es el espejo de una sociedad que aún está aprendiendo a gestionar su pluralidad.

Desde la tribu que educa, hay que procurar que se sientan parte de los valores que debemos proteger, que no son otros que los que emanan de nuestra constitución democrática.

La diversidad está ahí, tanto la cultural como la de género. La igualdad y la convivencia empieza a verse, por esta generación que pronto va a determinar el camino de nuestro país, integradas de un modo transversal en el día a día, en el acceso a la vivienda, al empleo digno, a la salud mental…

Parece que la generación Z, a día de hoy, prefiere ser puente entre culturas que alimentar las cámaras de eco de la discordia y el desacuerdo.

Es una buena noticia que merece ser aprovechada.

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