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De la broma a la burla, de la burla al dolor

En la vida conectada la frontera entre el ingenio y la crueldad se ha desvanecido por el inmenso protagonismo del llamado capitalismo de plataforma.

Lo que se entendía llanamente como acoso, hoy se nos presenta envuelto en el ecosistema del escaparate de las redes: un meme, un video viral o un challenge que, bajo la premisa de «solo busca hacer gracia», (o solo busca un like), incorpora los discursos de desprecio en el consumo cotidiano de jóvenes y adolescentes.

La Trampa de la broma inofensiva

Con una mirada atenta, sin alarmismos, estamos ante lo que podemos llamar perfectamente una cultura de la humillación. Un modo de hacer y consumir en el que el dolor ajeno se convierte en espectáculo rentable.

Como sociedad, el desafío ya no es solo tecnológico, sino ético y médico: ¿por qué hemos aceptado normalizar la degradación de vínculos (filiales, de amistad, de compañerismo) a cambio de la validación efímera de un algoritmo?

 ¿Quién y a qué edades?

Padres y madres a hijos e hijas (desde la más tierna infancia), hijos e hijas a padres y madres (sobre todo en la adolescencia), amigos a amigas, compañeros de clase a compañeros de clase, o a profesores y profesoras, o a uno que pasaba por ahí, o a esa chica que parece que tiene algún problema de relación social, o a ese chico que necesita silla de ruedas para su movilidad…

Da igual, cualquiera puede ser la diana de una burla, y no hay un perfil definido para las personas victimarias.

 El Huevo roto y el icono de la risa

El uso del terror (máscaras o disfraces) como entretenimiento infantil ha sido una constante de control. Hoy, el video reemplaza a la máscara

En el mundo hispanohablante decimos «de tal palo tal astilla», en el anglosajón dicen «la manzana no ha caído lejos del árbol».

Estas expresiones vienen a decir que, en muchos casos, heredamos nuestros comportamientos de nuestras familias, suelen utilizarse como halago, pero también sucede en sentido contrario.

Si analizamos tendencias virales como el cracked egg challenge (romper un huevo en la frente de un niño) o lanzar lonchas de queso a bebés a la cara, podemos afirmar que estamos ante un ejemplo claro de abuso de poder. No hay complicidad con la víctima de la burla. Sí hay una transmisión de modos de comportamiento.

Añadiendo en este caso que, al ser una burla grabada y difundida, los padres y madres utilizan la vida privada y las emociones intensas de sus hijos e hijas para obtener popularidad en redes sin tener en cuenta que el derecho a la imagen de niños y niñas no pertenece a sus progenitores sino a los niños y las niñas.

Sin tener en cuenta tampoco que el daño emocional de ser ridiculizado por quien debería ser la figura de referencia moral puede ser, incluso, más perjudicial para el desarrollo que el abuso físico.

Un contenido que ridiculiza a ciertos grupos puede difundirse como un simple chiste. Sin embargo, el formato no borra el efecto

¿Quién decide qué se ve y qué no se ve? Los algoritmos reparten las cartas

Las plataformas no necesitan seguir una agenda de odio, como si fuesen un grupo organizado de fanáticos sectarios; solo necesitan eficiencia.

En la economía de la atención, los algoritmos actúan como árbitros que priorizan todo aquello que genera una reacción inmediata: sorpresa, indignación o emoción sensual.

Según un informe de la UNESCO, los discursos de odio encuentran en las redes un terreno fértil porque ofrecen una rápida sensación de pertenencia a través del ataque a otro (se entiende que otro/a que no es un «otro yo», sino otro a quien se considera nadie).

Pues bien, el sistema no busca la veracidad ni la empatía, sino tiempo de permanencia.

Si un video ofensivo logra que el usuario se detenga, ría o comente —aunque sea para criticar—, el algoritmo lo interpreta como éxito y lo amplifica, desgastando sistemáticamente la sensibilidad del espectador.

Si resulta que eres víctima de ese contenido ofensivo, puedes ir preparándote.

Si eres quien lo difunde o quien lo genera, puedes llegar a considerarte una persona de éxito; esa es la trampa.

Aquí no cuenta el valor ético ni el moral, cuentan la permanencia y las interacciones.

El odio camuflado, la ironía y el (presunto) humor como caballo de Troya

El humor bizarro y transgresor de redes como TikTok o Instagram no es neutral.

La especialista en investigación social, Elisa García Mingo, advierte que este tipo de contenidos funciona como una herramienta para «reordenar nuestra presencia en la vida pública».

Según Elisa, «un contenido que ridiculiza a ciertos grupos puede difundirse como un simple chiste. Sin embargo, el formato no borra el efecto: el mensaje sigue transmitiendo desprecio, refuerza prejuicios y ayuda a que ciertas formas de exclusión parezcan normales».

Por poner un ejemplo conocido de quien se aprovecha de este mecanismo algorítmico, el espacio digital de misoginia y masculinidades reactivas al que se llama la Manosfera se dedica a generar mensajes que ridiculizan a colectivos LGTBIQ+ o a mujeres (o a personas migrantes) bajo la justificación de la libertad de expresión o del humor ácido o corrosivo.

Las plataformas no necesitan seguir una agenda de odio, como si fuesen un grupo organizado de fanáticos sectarios; solo necesitan eficiencia

 Cloutlighting: ¿hacer luz de gas es un espectáculo?

El término cloutlighting, acuñado por la periodista Jessica Lindsay, describe una de las formas más insidiosas de abuso emocional: provocar angustia deliberada en la pareja (o cualquier otra persona) para grabarlo y ganar notoriedad. Clout (notoriedad) y gaslighting (abuso emocional).

Un caso paradigmático es el video que un hombre grabó a su pareja reaccionando al hecho de que él se había comido toda su comida a propósito. Ella dice entre lágrimas: «No estoy llorando por la comida, estoy llorando porque me sacas de quicio».

La respuesta del agresor (no hay una mejor definición para quien realiza esa acción) llamándola «mimada» es el núcleo del abuso: invalidar la emoción de la víctima la convierte en alguien de quien reírse y burlarse.

El Cerebro Adolescente ante la burla y el reto

La neurobiología explica por qué los y las jóvenes son la presa perfecta de estas dinámicas de abuso de poder.

Por elegir una plataforma, en TikTok el 25% de los usuarios tienen entre 10 y 19 años. Nos encontramos ante millones de cerebros cuya corteza prefrontal —el centro del juicio racional— no terminará de madurar hasta los 25 años.

Esto genera paradojas peligrosas: por ejemplo, durante la pandemia coexistieron algunos retos positivos como el Handwashing challenge con algunas conductas autodestructivas como el Coronavirus challenge (pasar la lengua por retretes públicos o por barras de sujeción del metro…).

El foco aquí no hay que ponerlo en de dónde salen esos retos virales sino en por qué hay quien decide seguirlos. ¿Por qué hay chicos y chicas que se animan, por ejemplo, a comer cápsulas de detergente, a alarmar a sus familias fingiendo una desaparición, o llegar al límite de la asfixia?

Apuntamos aquí que el deseo de pertenencia anula el instinto de preservación. Apuntamos que el cerebro adolescente es más impulsivo y tiene mayor dificultad de calcular consecuencias, y también que encuentra cierta atracción por los comportamientos límites (que premian los algoritmos).

Hacia una mirada ética

Ante estas conductas parece imprescindible una educación mediática que recupere la ética de la mirada. Es urgente que adolescentes y familias aprendan a identificar qué emociones intenta activar el algoritmo y qué jerarquías de poder se están validando.

Hay que pasar de la cultura del shock y la burla a la cultura de la sintonía y el respeto. La responsabilidad de las plataformas es innegable, pero la respuesta de usuarios y usuarias debe ser firme: sin duda sería mejor una sociedad que se negase a ser cómplice de la humillación ajena.

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