

La IA está cambiando nuestro planeta y nuestra mente, y no parece así de primeras que sean dos cosas poco importantes.
Abrimos la reflexión sobre algo que podría parecer un totum revolutum, una mezcolanza sin criterio. Sin embargo, la homogeneización del lenguaje y el consumo digital están íntimamente ligados a la sostenibilidad de la Tierra y al bienestar de nuestros cerebros.
Para empezar por algo conocido: existe una correlación directa entre la extensión de los prompts (la pregunta, la instrucción a la IA) y el desgaste ambiental.
Formular a la IA consultas imprecisas o sobrecargadas, solicitar demasiadas cosas que luego no se van a utilizar, o tener que repreguntar sobre lo mismo varias veces por no haberlo hecho con suficiente claridad, provoca el fenómeno denominado «dobles gastos energéticos».
Cuando una o un estudiante aprende a redactar sus instrucciones con concisión, claridad y rigor sintáctico, reduce el tiempo de cálculo en los GPU de los centros de datos.
Más cosas a tener en cuenta
La inteligencia artificial generativa se ha integrado en nuestra rutina. En España, aunque los datos fluctúan según las fuentes, ninguna de ellas pone el listón de uso diario por debajo del 60% de la población adulta, bastante por encima de la media europea. Según el INE, el 75,6 % de los jóvenes entre 16 y 24 años la utiliza cada día.
Y resulta que tras cada respuesta digital existe una realidad física, y, para seguir con la mezcla que nos ocupa, también otra cognitiva.
Cuando alguien decide sustituirse por una IA ante un esfuerzo de redacción ―al margen de otros análisis de orden ético― está alterando los mecanismos del aprendizaje
El proceso es el siguiente:
Primero se realiza la consulta, pongamos por ejemplo a una estudiante de bachillerato que redacta una orden su dispositivo pidiendo información sobre un autor ruso del Realismo crítico.
La consulta pasa al procesamiento en un Data Center, (lo podríamos llamar Centro de Datos, pero es importante hacer notar en este artículo que casi nadie lo llama así, y que por algo será), de modo que la consulta sobre Pushkin o Gogol viaja a granjas de servidores que activan múltiples GPUs (los cerebritos digitales) a su máxima potencia.
Para llevar a cabo ese trabajo se consumen, por un lado, kilovatios de electricidad y, por otro, agua dulce de fuentes locales para el enfriamiento de los componentes térmicos, se liberan toneladas de dióxido de carbono a la atmósfera y se acrecienta el llamado estrés hídrico.
En paralelo, si en la orden dada a la IA la estudiante hubiese dicho: «Haz una redacción de cuatrocientas palabras sobre Gogol dando más importancia a Taras Bulba que a Almas muertas», además, habría permitido que un filtro estadístico se dedicase a suplantar su forma de redactar, de investigar, de comunicarse por medio de la palabra escrita; ese don, ese regalo, ese privilegio de la humanidad.
Un par de datos más
En Estados Unidos los Centros de Datos ya están cerca del 5% del total del consumo eléctrico del país
En España el gasto energético de los Centros de Datos se acerca al 1% de la energía eléctrica total. En Estados Unidos ya están alcanzando el 5% del total de su consumo eléctrico. Y de momento no parece que vaya para atrás.
Estos son hechos.
Y volviendo al peligro (o problema, según lo miremos) de la homogeneización del lenguaje, parece que la utilización de la IA generativa en el mundo académico está aplanando la complejidad de lo que escribimos hasta en un 50%.
¿Cómo es esto? ¿No es tan lista la IA?
Lo es, pero los Grandes Modelos de Lenguaje (LLM) operan dividiendo el texto en tokens (la unidad básica) y prediciendo, estadísticamente, la próxima palabra más probable.
Y al buscar siempre el camino más previsible los algoritmos imponen una norma estándar que resulta neutra y determinada, y no utilizan lo que podríamos llamar la periferia expresiva, el lenguaje de los márgenes, el que es precisamente el más personal y diferenciador.
Por ejemplo, no utiliza los modismos de cada dialecto, ni las expresiones locales, que son tan ricas, ni el sentido del humor, ni la ironía y por poner otro ejemplo de ausencia, tampoco utiliza las metáforas creativas, que quedan fuera de los textos por ser estadísticamente poco probables, exactamente igual que quedó fuera del Olimpo Hefesto por haber nacido cojo.
Otra cosa a tener en cuenta que no es baladí es que la IA escribe introduciendo sesgos demográficos específicos. Los sesgos que incorporan a su capacidad la mayoría de quienes la han entrenado, y por eso tienen una tendencia a crear textos como los que escribirían «hombres blancos, políticamente liberales y de habla inglesa».
Como más del 70% de los textos de entrenamiento están en inglés, el uso de la IA impone un sesgo cultural originario que condiciona la estructura del pensamiento y la redacción en cualquier otro idioma.
Esto es así.
Y los hispanoescribientes e hispanopensantes tenemos que conocer esto y actuar en consecuencia.
Sus trabajos no tendrán ni una sola pega gramatical, pero tampoco la personalidad de quien los presenta
La clave está en sentirse bien por ser particular
Todas las personas son mutantes, todas. Todas diferentes en nuestra igualdad, ¿Por qué renunciar a nuestra forma de escribir, de razonar y de ver el mundo? ¿Por qué globalizar nuestro modo de escribir?
La respuesta en casa no puede pasar por prohibir el uso de estas tecnologías, sino en tratar de que las utilicen como una herramienta de soporte, salvaguardando la autenticidad de su voz literaria, de su modo de expresarse, y, de paso, minimizando el impacto ecológico.
Se está decidiendo volver a la escritura manuscrita presencial
Cuando alguien decide sustituirse por una IA ante un esfuerzo de redacción ―al margen de otros análisis de orden ético― está alterando los mecanismos del aprendizaje. Porque escribir no es simplemente el acto final de plasmar ideas en un papel, que va, escribir es el proceso perfecto para estructurar la mente, para poner a prueba nuestro pensamiento.
Justamente es el mejor recurso para conectar conceptos, para analizar, para incentivar la capacidad de crítica.
Sin embargo, por alguna razón aún por confirmar, el alumnado está consumiendo los textos sintetizados que les sirven sus chatbots, y están utilizando esos mismos textos como resultado final para sus entregas. Y eso lleva a un empobrecimiento evidente de sus capacidades lingüísticas.
Sus trabajos no tendrán ni una sola pega gramatical, pero tampoco la personalidad de quien los presenta. No tendrán tampoco el poso de la reflexión personal, ni el criterio propio, ni el error, ni esa fórmula identitaria tan particular de expresarse que les hace insustituibles.
No deja de ser interesante que, como los profesores y profesoras se ven calificando entregas formalmente impecables pero vacías de sustancia intelectual y visión personal, se está decidiendo volver a la escritura manuscrita presencial, a la defensa oral de proyectos y a valorar el proceso reflexivo más que el producto final.
Frente al avance acelerado de las tecnologías, las familias ya son el espacio principal para orientar la alfabetización digital de las futuras generaciones, por delante de los centros escolares.
Y en ese ámbito, proteger la diversidad del lenguaje, individual y familiar, no es ni mucho menos una postura nostálgica, y tampoco debería ser una preocupación exclusivamente académica.
El uso de la Inteligencia Artificial, podemos asegurar, ahora que ya vamos conociendo a la criatura, exige un equilibrio permanente: aprovechemos las capacidades analíticas de la tecnología sin ceder la autoría del pensamiento ni ignorar la huella física que cada consulta imprime en el planeta.


