

Cuando una o varias personas recopilan, analizan y difunden noticias sin formar parte de un medio de comunicación, se produce lo que llamamos periodismo ciudadano. En este ecosistema comunicativo, los y las adolescentes no son meros receptores pasivos; se han convertido en “prosumidores” (productores y consumidores) que integran las herramientas digitales en su vida cotidiana en tiempo real.
Este fenómeno del periodismo ciudadano, afianzado con el uso de dispositivos móviles y redes sociales, está redefiniendo los límites del derecho a la información y también de la participación democrática.
El reportero que llevas en el bolsillo
Cualquier persona que tenga un dispositivo conectado es en potencia corresponsal de guerra o testigo de un evento de última hora, basta con estar en el sitio concreto en el momento adecuado. Esta capacidad de capturar parte de la realidad y transmitirla en el instante ha democratizado la voz pública, aunque también ha fracturado los cimientos de la credibilidad tradicional.
Para adolescentes y jóvenes la tecnología no es un añadido sino una extensión de su forma de entender el mundo. En España, por ejemplo, la red social Instagram cuenta con quince millones de usuarios y usuarias, en gran parte menores de 20 años, que dedican, como mínimo, dos horas y media al día a consultar sus redes sociales.
Jóvenes que consumen información a través de lo que se denomina “micro-momentos”, que ofrecen una forma de evasión rápida y sencilla.
Prefieren la imagen al texto, y eso es determinante, pues el cerebro humano asimila la información visual hasta sesenta mil veces más rápido que el texto.
Esto ha impulsado el auge del infotainment, una fusión de información y entretenimiento que responde a la demanda juvenil de contenidos divertidos y rápidos, además de interesantes.
¿Qué les interesa?
Las investigaciones demuestran una profunda preocupación por temas sociales. Según estudios realizados en España entre adolescentes de 14 a 18 años, sus principales intereses incluyen problemas sociales como la pobreza, la inseguridad y el empleo; otros derivados de la construcción social del género, como la violencia de género, o la discriminación laboral; y también despiertan su interés la calidad educativa y las políticas estudiantiles.
Y estos intereses hacen que no solo se limiten a consumir información, sino que decidan lanzarse a difundirla.
Existe una tendencia a validar la información basada en quién la envía (un amigo o familiar) en lugar de quién es la fuente original
Iniciativas de periodismo ciudadano juvenil
En diferentes partes del mundo se han incorporado desde entornos educativos al periodismo ciudadano, pues ven el este fenómeno una herramienta para despertar la inquietud social y mejorar habilidades de expresión.
Todos estos ejemplos parten de la misma base: jóvenes y adolescentes pueden ser más que meros observadores de su realidad.
El portal Jóvenes Reporteros de Santiago de Chile, la iniciativa Viva Favela de Rio de Janeiro, el proyecto de UNICEF en Nepal, Voices of Youth, el espectacular Grocott’s Mail Online de Ciudad del Cabo en Sudáfrica, en el que estudiantes de secundaria de barrios desfavorecidos actúan como reporteros bajo supervisión universitaria.
En España también hay una Red de periodismo ciudadano juvenil que promueve la participación activa de los jóvenes, se llama Cibercorresponsales; un recurso excelente, impulsado por la alianza de entidades Plataforma de infancia, para educar en la responsabilidad ciudadana.
Para que esta participación sea efectiva, es esencial la alfabetización informativa.
Hablando de responsabilidad
El gran debate que suscita este fenómeno es si realmente se puede llamar periodismo o si es, más bien, pseudoperiodismo.
Lo que no parece tener discusión es que el periodismo ciudadano trae cosas positivas: la democratización de las herramientas permite a los y las jóvenes informar sobre lo que los medios tradicionales ignoran, ofreciendo otros puntos de vista documentados. Con lo cual, se entiende que cumple con el derecho, recogido en la Declaración Universal de los Derechos Humanos, de recibir y difundir información desde posiciones independientes de los poderes establecidos.
El recientemente fallecido filósofo Jürgen Habermas, en sus constantes llamadas a la reiIlustración, criticaba con dureza a los medios que a finales del siglo XX habían colonizado, según sus términos, la esfera pública con las lógicas del Mercado (en los países del capitalismo occidental) o del Estado (más allá del Telón de Acero).
Por supuesto, hay muchos matices que se pueden incorporar a esta visión, pero es evidente que este movimiento del periodismo ciudadano podría, en parte, equilibrar esa situación que denunciaba Habermas.
Sin embargo, el periodismo exige un rigor ético, también formación técnica y conocimiento para verificar las informaciones. Si falta esto, se distorsiona la comunicación; una persona que graba un hecho puntual no es necesariamente periodista, ya que carece del compromiso deontológico con la verdad y la contextualización del hecho.
Ante esta situación nos encontramos que más allá de nadar en la sobreabundancia de información nos falta desarrollo y reflexión.
En diferentes partes del mundo se han incorporado desde entornos educativos al periodismo ciudadano, una herramienta para despertar la inquietud social y mejorar habilidades de expresión
En ese equilibrio entre el activismo ciudadano y la aceptación de la deontología periodística se mueven muchas cuentas y plataformas de adolescentes y jóvenes conscientes de que, sin verificación ni contraste, el periodismo ciudadano se convierte en un aparato de desinformación de masas.
Saben que se enfrentan a algunos desafíos relacionados con la naturaleza de las plataformas digitales:
Los y las adolescentes presentan dificultades para distinguir información veraz. Existe una tendencia a validar la información basada en quién la envía (un amigo o familiar) en lugar de quién es la fuente original. Además, suelen quedarse con el primer enlace de búsqueda, que a menudo es contenido publicitario.
Además, tienden a evitar contenidos que generen dolor o controversia, prefiriendo compartir lo “sensacionalista” o positivo. Esto puede distorsionar su percepción de la realidad social.
Y, por último, la llegada del vídeo a plataformas de redes ha aumentado la cultura del ego. Se comparten momentos triviales bajo la premisa de que todo lo que les sucede es relevante, diluyendo el propósito informativo original del periodismo ciudadano.
Ante los riesgos, inteligencia
A pesar de los riesgos, el periodismo ciudadano juvenil está evolucionando hacia formas más sofisticadas como el “periodismo bucanero” o el “activismo de datos”. Estas corrientes, inspirada en figuras como Julian Assange y Edward Snowden, propone que la ciudadanía actúe como un cuarto poder, el puesto que ocupaba la prensa escrita en el siglo pasado.
Los problemas que ocupan su tiempo (ecología, migraciones, crisis financieras) son globales, y el periodismo ciudadano permite una respuesta organizada en la que jóvenes de distintos países colaboran para denunciar injusticias sin fronteras.
Estamos ante un fenómeno imparable y fundamental para las democracias “de código abierto”. Su éxito dependerá en gran medida de la madurez social para distinguir qué es un mero escaparate y qué es un medio de información comprometido.


