

La regulación emocional se está convirtiendo en una de las competencias primordiales para conseguir bienestar. También para mejorar el rendimiento académico y, además, para dar una mayor calidad a la convivencia social.
En este momento en el que, de modo paradójico, la hiperconectividad ha derivado en adolescentes y jóvenes que se sienten inconexos, que sienten ansiedades y frustraciones, volvemos la mirada para regresar al Templo de Delfos, veinticinco siglos atrás.
Allí estaba inscrito el aforismo gnôthi seautón (conócete a ti mismo/a), una propuesta que posteriormente asumió Sócrates para pensar en el autoconocimiento como un proceso dinámico de mejora personal.
Las ruinas del Templo de Apolo en Delfos, el ombligo de la TIerra para la antigua Grecia
El paso de los siglos y la incorporación de miles y miles de pensamientos y descubrimientos científicos nos asienta en una nueva máxima, y el «conócete» de entonces ya podemos decir que es un «aprende a regularte». Porque cada «yo» se construye en cada minuto, no es algo estático que nos regalan al nacer.
La regulación emocional no es un control rígido de cada interior, no es un control que puede, incluso, extinguir lo que sentimos; la regulación, tal y como se entiende hoy, es el mecanismo que nos permite decidir cómo pillar nuestras propias olas para ponernos de pie sobre la tabla de la vida.
El autoconocimiento como mecanismo activo
En el repaso con ojos de siglo XXI de la filosofía socrática, al término areté se le traduce a veces como “excelencia”, tal vez la palabra “virtud”, que es una traducción más clásica, ha perdido vigencia.
El caso es que al leer los diálogos platónicos se descubre que ya Sócrates y compañía interpretaban la máxima del Templo de Delfos como un esfuerzo metódico para alcanzar la areté y la mejora individual.
Así que, de la “técnica” de hace siglos basada en la prudencia y el autocontrol, hemos pasado a la regulación emocional; la capacidad de influir en las emociones que tenemos.
La familia puede ser una ayuda extraordinaria para adolescentes y jóvenes en el complejo camino de la regulación emocional
El mito de la represión: Regular no es apagar
La visión que enfoca la regulación de una emoción pensando que se trata de suprimirla está muy alejada de lo ideal. Porque sentir no solo es inevitable, sino que es necesario; es una función adaptativa que nos permite sobrevivir, ni más ni menos.
Paul Ekman, el psicólogo estadounidense pionero en el estudio de las emociones, identificó siete emociones universales que actúan como señales informativas. La regulación saludable no busca silenciar estas señales, sino conocerlas, aceptarlas y modularlas.
Poniendo en marcha la consciencia emocional (definiendo con precisión qué sentimos), la aceptación y tolerancia (entendiendo que tenemos derecho a sentir lo que sentimos ante cada situación) y la modulación (relacionándonos con la emoción de forma serena, dando tiempo a que la intensidad disminuya para actuar conforme a nuestros valores y no por puro impulso).
El “Aula Segura”: La co-regulación como base del aprendizaje
En el ámbito educativo, la regulación emocional también ha dejado de ser un complemento de otras competencias para convertirse en una competencia de base.
El concepto de “aula segura” está consolidado: se trata de conseguir un entorno donde la persona docente no solo imparte información, sino que sirve como modelo de estabilidad.
Y el impacto es asombroso: según la Fundación CASEL (la fundada en los noventa por el prestigioso psicólogo Daniel Goleman con el objetivo de establecer un aprendizaje social y emocional), los programas de regulación emocional en los centros escolares generan una mejora del 11% en los resultados académicos.
Es evidente que el desarrollo de la inteligencia emocional mejora la concentración y la motivación, eliminando el “ruido” del estrés que bloquea el aprendizaje.
Crear esas aulas seguras pasa por escuchar activamente, validando las emociones; enfocar los errores como parte de un proceso de aprendizaje, de modo que el rechazo se convierta en acogida, y también transmitir un conocimiento de educación física dirigido a la regulación emocional.
Porque el cuerpo tiene la llave
Es realmente interesante conocer el hecho de que la regulación emocional depende de la interacción entre dos estructuras cerebrales principales: la amígdala: el centro emocional que procesa el miedo y la ira de forma instintiva, y la corteza prefrontal: la parte racional que regula a la amígdala, permitiendo la reflexión antes de la acción.
Sin embargo, conviene también tener presente que el cuerpo reacciona antes de que la mente procese la emoción. La tensión en el cuello o las palpitaciones ante un acontecimiento son dos ejemplos del “sistema de alerta temprana” de nuestro sistema nervioso autónomo.
De ahí que incidir en el estado físico en muchas ocasiones resulta más efectivo para regular una emoción que el mero pensamiento. Hay fórmulas de respiración diafragmática, y ejercicios de notar y nombrar las señales que el cuerpo envía al cerebro, que ayudan a disipar el miedo a la sensación corporal que producen las emociones.
El sueño de las grandes pedagogas María Montessori y Gabriela Mistral de que se entendiese la educación como algo integral, no sólo centrada en el coeficiente intelectual y el almacenamiento de conocimientos, va recibiendo espaldarazos en esta tercera década de siglo.
Manejar las emociones ya es una más de las nuevas alfabetizaciones.
La regulación, tal y como se entiende hoy, es el mecanismo que nos permite decidir cómo pillar nuestras propias olas para ponernos de pie sobre la tabla de la vida.
Aprender a perder y Amor propio
En palabras del psicólogo Walter Riso, se trataría también de incorporar dos nuevas asignaturas en las escuelas: «Aprender a perder» y «Amor propio». Según Riso, el autocuidado sano permitirá una sociedad más fuerte, valiente y resiliente.
Ese Amor propio también tiene un significado diferente a lo que generalmente se entendía al unir esas dos palabras. Es una combinación de cuatro vocablos que empiezan con el prefijo auto: Autoconcepto, Autoimagen, Autorrefuerzo, Autoeficacia. En la regulación emocional juegan cada una su importancia, si son capaces de contestarse qué piensan de uno o de una misma; si se miran y son capaces saber si les agrada o no lo que ven; si son capaces de cuidarse, de ayudarse a mejorar; si tienen o no confianza en sus capacidades.
Existen estrategias para conseguir, mantener y desarrollar una regulación emocional a largo plazo, y la escuela es un buen lugar para ir aprendiéndolas, pero un espacio tan bueno o mejor es el hogar. La familia puede ser una ayuda extraordinaria para adolescentes y jóvenes en el complejo camino de la regulación emocional.
También conviene buscar espacios sociales en los que exista empatía y autorregulación colectiva, que ayuden a gestionar de forma saludable el estrés y la ansiedad. Y tanto o más importante es detectar los ambientes en los que se generan situaciones que no ayudan a vivir con las emociones reguladas.
Alguna cosa más
Escribir, observas a las emociones como “olas” que vienen y se van, avanzar en el autocuidado (el descanso, la actividad física, la correcta alimentación), valorar los esfuerzos por encima de los resultados…
En conclusión, la regulación emocional marca la diferencia entre vivir bajo el dominio de las emociones o vivir conociéndolas, aceptándolas y modulándolas, permitiendo una vida consciente, en equilibrio, y orientada a valores y objetivos personales.
Hacia una sociedad más consciente
La regulación emocional, por último, trasciende al bienestar individual; es el pegamento de la cohesión social. Con ella como recurso construimos comunidades más empáticas y colaborativas.
Al final del día, lo aprendido no sólo se mide por cuánto más sabemos, sino por cómo hemos mejorado nuestra relación con lo que sentimos.


