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Sara Tarrés: Querer y sentir rechazo, ¿cómo es posible?

El pasado martes 29 de septiembre tuvo lugar un nuevo taller organizado por Educación Conectada. En él se abordó la complejidad emocional en la crianza y el sentimiento de culpa que produce sentir rechazo temporal hacia los hijos e hijas. La ponente fue la psicóloga especializada en infancia, adolescencia y familia, Sara Tarrés.

Sara Tarrés

Comenzó su charla abordando directamente la realidad de ese fenómeno complejo y frecuentemente silenciado; los sentimientos de rechazo, irritación o distanciamiento emocional de padres y madres hacia sus hijos e hijas, resumidos bajo la expresión que da título a la charla: «mi hijo o mi hija me cae mal ¿por qué a veces no conseguimos conectar?».

En los primeros minutos quiso dejar clara la idea de que la expresión “me cae mal” genera una gran incomodidad social porque nos inculcan que las emociones negativas no tienen cabida en el vínculo parental. Sin embargo, verbalizar e identificar estos pensamientos es el primer paso indispensable para poder transformarlos.

Según Tarrés, decir «mi hijo o mi hija en este momento me cae mal» no equivale a afirmar «no quiero a mi hijo» u «odio a mi hija».

Y es muy importante esa precisión de «en este momento» porque sitúa la experiencia como una fotografía de un instante de la relación. No define la totalidad del vínculo, ni la calidad moral de los progenitores, ni la identidad del menor.

El caso es que en bastantes casos cuesta mucho asumirlo porque tenemos una idea de que querer a los hijos e hijas debería ser siempre fácil. Es un mito que se sustenta en conceptos como el amor incondicional o el instinto parental. Pero la realidad es que la crianza también puede acarrear cansancio crónico, frustración, conflicto recurrente y sensación de fracaso.

Y por eso pueden aparecer las consecuencias emocionales. Cuanta mayor distancia hay entre el ideal de perfección y la realidad cotidiana, más fácil es que aparezcan emociones como el miedo, la culpa, la tristeza, o el dolor y el rechazo.

Se puede querer mucho y a la vez sentir rechazo

 Esto en ocasiones produce miedo al juicio exterior, y aún peor, miedo al juicio interno de cada persona, lo que produce un sentimiento de culpa. Para liberar ese sentimiento de culpa y habilitar el margen de respuesta es necesario desvincular los planos diferentes de la experiencia emocional, algo que ya aportó a Educación Conectada Tarrés en su anterior charla: Hay que diferenciar el plano del sentir del de pensar y del de actuar.

Es normal sentir el amor y el rechazo en el mismo momento, es algo perfectamente normal.

 Tras dejar clara esta idea ―que resulta fundamental para afrontar situaciones desagradables―, Sara se enfocó en la naturaleza del problema, que no aparece por generación espontánea, sino por razones muy complejas.

El malestar en la crianza raramente proviene de una única gran crisis; surge por la acumulación de pequeñas fricciones cotidianas. Tarrés las define a partir de tres conceptos que comienzan por el prefijo des.

El desgaste provocado por las fricciones continuas de la convivencia diaria: horarios, tareas escolares, uso de pantallas y negociación de límites. Con el agravante estructural de nuestra sociedad, en la que se han reducido las redes de apoyo. La ausencia de abuelos y abuelas cerca, de otras redes que conforman otras familias que ayudaban al reparto de la carga.

El desborde generado por la presión de encajar en el patrón del progenitor perfecto: siempre paciente, en calma, disponible y autosuficiente. Según aporta Tarrés, las redes sociales amplifican este fenómeno al exhibir fragmentos seleccionados e idealizados de familias idílicas. Al comparar la realidad propia con estas representaciones, emergen la culpa, la autoexigencia y la sensación de no ser suficiente.

Y la desconexión, que suele manifestarse con mayor nitidez en la adolescencia —etapa donde se requiere de un distanciamiento para avanzar en el proceso de individualización y diferenciación—. Pero puede ocurrir en cualquier etapa del desarrollo, aparece incluso en la infancia, cuando las elevadas demandas del niño o la niña chocan con la necesidad de espacio personal de sus progenitores, derivando en desconexiones emocionales imprevistas.

Podemos querer profundamente a nuestros hijos/as y, al mismo tiempo, atravesar momentos en los que nos cuesta muchísimo estar con ellos/as. Las dos cosas pueden coexistir

 Estas tres cosas: desborde desgaste y desconexión pueden aparecer de forma acumulativa, y todo se va enredando y el resultado es que súbitamente no se sabe dónde, cómo y cuándo apareció el malestar.

En este punto se tomó Tarrés un paréntesis para acotar la realidad a la que ella hace mención, y aclarar que hay situaciones que se salen de los márgenes de convivencia necesarios, y que en esos casos se requieren de otro tipo de acciones y tal vez de acompañamiento profesional.

Y una vez explicado esto, se pregunta ¿Qué hay detrás?

La conducta visible (tanto del hijo como del progenitor) es solo la que se ve en la superficie. Para comprender el conflicto relacional hay que asimilarla a la imagen del iceberg y examinar tres planos interconectados:

El plano de padres y madres

 ¿Qué ponemos? ¿Quiénes somos y cómo estamos? Nadie se relaciona desde cero. Se aporta la propia historia personal, expectativas, cansancio, estrés, variaciones hormonales o problemas laborales. La conducta del hijo o la hija a menudo toca cosas que ya estaban ahí; automatismos o límites propios. De ahí que no siempre se reacciona a una acción puntual, sino que esa acción ha removido otra cosa que llevaba dentro desde hace tiempo.

El plano del/la menor

¿Quién es y en qué momento está?

Desde el mismo día de nacer aporta su base genética, temperamento, ritmo madurativo y necesidades del momento vital. Y en su proceso de desarrollo, necesita probar límites y diferenciarse del núcleo familiar mientras busca encajar en su grupo de iguales. Y en ese constante crecimiento, se desordenan mucho. Lo necesitan.

 Y el plano del contexto y el ciclo vital familiar

Factores escolares, grupo de iguales, entorno sociocultural y ámbito digital. Todo esto influye. Por eso hay que romper con la idea de la omnipotencia de los padres; no todo lo que le ocurre o hace un hijo es consecuencia directa y exclusiva de la actuación de sus progenitores.

Todas las familias pasan ciclos vitales, y crecer implica despedirse, dejar cosas atrás, atravesar duelos, por el bebé que fue, por la despedida de la primera infancia, hay que asumir que el hijo necesita al adulto de otra manera y aceptar que el grupo de amigos empiece a ocupar un lugar prioritario. Y eso le cuesta tanto al adulto como al adolescente.

Decir “mi hijo o mi hija en este momento me cae mal” es una fotografía de un instante. No define toda la relación

 Para los hijos e hijas el crecimiento implica ganar autonomía, pero también asumir responsabilidades, incertidumbres y miedos.

Puestas todas estas bases de contexto se adentró en la segunda parte de su taller, y lo convirtió en un espacio de práctica más allá de lo teórico.

Tarrés nos llevó al conocimiento del Kintsugi, la técnica artesanal japonesa que consistente en reparar cerámica rota uniendo sus fragmentos con laca y polvo de oro. La fractura no se esconde, sino que se pone en valor como parte de la historia del objeto. Aplicado a la familia, el objetivo no es lograr una relación idílica y sin fracturas, sino desarrollar la capacidad constante de reparar los vínculos cuando estos se tensionan.

  Para terminar, utilizó la parte final de su ponencia para incorporar el desarrollo de tres movimientos que parten desde la responsabilidad.

Las tres erres son: revisar, recolocar y reparar.

 Tarrés explicó perfectamente cada una de ellas. Habló de detener el automatismo conductual analizando ¿Qué le pasa a mi hijo/a? ¿Qué me pasa a mí? ¿Qué nos pasa a nosotros?

Habló de Introducir una modificación deliberada en la respuesta para romper la dinámica automatizada. Esa es la recolocación. Y habló de recuperar el control, de restablecer vínculos, la reparación.

En resumen, una charla que invita a la reflexión y a la acción, a no abandonar la posibilidad de aprender mucho de nosotras y nosotros como padres y madres ante los cambios de comportamiento y las necesidades que van encontrando nuestras hijas y nuestros hijos a lo largo del (nada fácil) desarrollo de sus personalidades.

 

 

 

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