

En 1990 la Convención sobre los Derechos del Niño estableció que todas las personas menores de dieciocho años son sujetos de derechos. Esto supuso un cambio de visión y de mentalidad (los cambios más difíciles de realizar). De concebir a las personas menores de edad como objetos de protección al cuidado de las personas adultas a su cargo, hemos pasado a entender que no son proyectos de ciudadanos y ciudadanas, sino que lo son ya, de pleno derecho, y que su voz debe ser tenida en cuenta.
Como los cambios sociales llevan su ritmo, pasadas tres décadas de presentarse la idea, las familias están llevando adelante esa transición necesaria hacia su consolidación. Y eso redefine profundamente las relaciones entre generaciones.
Porque en este nuevo estado de cosas, todas las personas menores de 18 años tienen la facultad de influir en su entorno basándose en su autonomía progresiva.
¿Cómo? Participando.
No es un favor que les hace el mundo de las personas mayores de edad, es un principio que reordena la vida de toda la sociedad.
El marco normativo internacional y muchas leyes nacionales, valoran los cuatro ejes fundamentales de la Convención sobre participación:
El derecho a expresar su opinión libremente y a que esta sea tomada en cuenta según su edad y madurez.
La libertad de buscar, recibir y difundir información por cualquier medio.
El derecho a la libertad de pensamiento, conciencia y religión.
El derecho a la libertad de asociación y de celebrar reuniones pacíficas.
En este momento en el que ya vemos cómo jóvenes de todo el mundo toman iniciativas de participación social, parece más fácil dejar de ver la contribución a la sociedad de menores de edad como una actividad opcional.
No es un extra; como derecho, el de participación está al mismo nivel que el derecho a no ser objeto de discriminación o al de tener garantía de supervivencia.
El adultocentrismo es una barrera cultural que invalida los saberes de los menores por prejuicios de edad
Y que una persona menor de dieciocho años participe no es que otra de más edad le conceda un micrófono durante un par de minutos en un evento social. Participar es ejercer el derecho a influir radicalmente en la realidad que habitan. La participación no debería ser un suceso aislado, sino una forma de ser y una forma de estar que debe vertebrar la convivencia de toda la sociedad.
El derecho a la protesta
Un punto algo provocador para la visión tradicional es reconocer también que las personas menores de edad son entes políticos con derecho a la protesta pacífica. La Convención de sus derechos garantiza su libertad de expresión, pensamiento y reunión pacífica.
Ver la protesta pacífica como un acto de alboroto, de rebeldía excesiva, e incluso algo que debe ser castigado, es un doble error; jurídico, por un lado, y, si lo miramos bien, puede considerarse un error pedagógico, porque la educación en derechos es el pilar de la autonomía personal; la protesta en esa edad es un ejercicio de libertades que puede utilizarse como un momento de aprendizaje legal y cívico.
Una persona menor de edad que defiende sus derechos hoy es un ciudadano o una ciudadana que protegerá la democracia mañana.
Además, es un antídoto contra el adultocentrismo
El adultocentrismo es una barrera cultural que invalida los saberes de los menores de dieciocho años por prejuicios de edad.
Hay una franja de edad en la que, en no pocas ocasiones, por un lado, se dejan de valorar los consejos de las personas mayores, y por otro, se consideran innecesarias las ideas y propuestas de las más jóvenes. Un error social que tiene sus raíces en convencionalismos culturales arraigados desde hace mucho tiempo.
El verdadero reto de la participación de niños, niñas y adolescentes no está en su falta de capacidad, porque la tienen más que demostrada, sino en cierta rigidez mental de algunas personas adultas.
Y es la actitud hacia la infancia, adolescencia y juventud de esa gente la que en muchos casos genera en las personas más jóvenes vergüenza, inseguridad, e incluso un miedo paralizante a incorporar sus puntos de vista.
A juzgar por lo que se vive cada día, se podría pensar que todavía hay personas mayores de edad que deben involucrarse un poco más en esto y aprender a escuchar a las más jóvenes.
La participación no debería ser un suceso aislado, sino una forma de ser y una forma de estar que debe vertebrar la convivencia de toda la sociedad
Y por aumentar su valor, la participación juvenil es, además de un derecho, un motor de crecimiento económico e innovación tecnológica.
La perspectiva de las nuevas generaciones aporta un valor técnico único porque identifican soluciones prácticas a problemas que las personas más mayores, a menudo limitadas por estructuras mentales rígidas, tienden a ignorar. Tener el foco fijo en la voz de una sola franja de la población es algo limitante.
El cambio a mejor sucede cuando se aseguran cuatro elementos a toda la población, sin dejar fuera a nadie:
Participación juvenil, un beneficio directo para el sistema
Al incluir a jóvenes y adolescentes en el diseño de programas y políticas, se garantiza que los resultados sean más eficaces y sostenibles.
La juventud no solo es la hereda del futuro; su capacidad proactiva está moldeando el presente, y las familias deben ser el primer puente que facilite esta transición hacia una ciudadanía comprometida.
En el hogar, este cambio de mentalidad es trascendental: cuando participan en las decisiones que les afectan (que son la inmensa mayoría de las decisiones familiares), estamos potenciando su capacidad de formar un juicio propio y su pensamiento crítico.
En España, ya tenemos a treinta y cuatro niños, niñas y adolescentes en el Consejo de Participación Infantil asesorando directamente a un Ministerio. Es importante porque los asuntos que importan a la juventud no llegan a los ámbitos de decisión si ellos y ellas no están físicamente presentes en los espacios de poder.
Conclusión, el futuro se construye escuchando
Desde Educación Conectada queremos seguir reconociendo esa autonomía progresiva de las personas más jóvenes y no como una concesión generosa, sino como un acto de justicia social.
La participación real aumenta la autoestima, fortalece el pensamiento crítico y produce políticas públicas mucho más eficaces porque responden a la realidad de quienes las viven.
Buscamos ser un agente facilitador de su voz. Para nosotros y nosotras escucharles no es una cortesía, es la única forma de entender un mundo que ya están empezando a liderar.


