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Diana Jiménez: la queja adolescente es un síntoma  

Avanza el año, y con él van aumentando las propuestas de Educación Conectada. En esta ocasión con el webinar “De la queja a la acción”, impartido por la psicóloga Diana Jiménez. Un tiempo dedicado a analizar cómo transformar la queja sistemática de hijos e hijas adolescentes en implicación y acción.

El título llevaba un subtítulo que arroja luz sobre el contenido de la charla: cómo acompañar a nuestros hijos e hijas cuando nada les parece bien.

Diana Jiménez

Para empezar, Jiménez ha querido enmarcar la situación, ese momento en el que la convivencia con adolescentes y preadolescentes suele estar marcada por una queja constante que genera desgaste familiar y bloqueos emocionales.

La escena es casi universal: llega la hora de la cena, de apagar las pantallas o de organizar los estudios, y se inicia la queja: “Esto es un asco”, “el instituto no sirve para nada”, “¿por qué tengo que hacer yo la cama?”. Esta actitud genera una profunda frustración en padres y madres.

Según advirtió Diana Jiménez antes de incorporar al taller la base teórica de su argumento; la clave para gestionar esta dinámica no radica en la eliminación de la queja, sino en tratar de hacerlas más llevaderas primero y posteriormente transformarlas a través de la comprensión del desarrollo cerebral y la identificación de las necesidades que están bajo la queja.

Porque, afirmó: como madres y padres no siempre sabemos cómo responder a sus quejas.

Para empezar, ha dado pautas sobre los fundamentos neurocientíficos de la conducta en edad adolescente, advirtiendo que el comportamiento quejica o apático tiene una base biológica que los padres deben comprender para evitar la toma de decisiones contraproducentes.

El cerebro humano no completa el desarrollo de sus funciones ejecutivas hasta los 25 o 30 años. El cerebro adolescente posee un sistema límbico (emocional) altamente activo frente a una corteza prefrontal (racional) aún en desarrollo, lo que explica la impulsividad y la falta de freno.

Son dos cosas que es muy importante no perder de vista en ningún momento. Y en eso padres y madres tienen que influir porque pueden ser quienes les ayuden a regular esa evolución, con preguntas, adelantándose a los acontecimientos.

Quedarse en la superficie intentando corregir solo la mala forma es un error táctico

Esta falta de filtro explica por qué en la adolescencia, chicos y chicas sueltan lo primero que piensan, no necesariamente lo que sienten. A menudo utilizan entre ellos un lenguaje tosco (“tío”, “bro”, “tonto”, y cosas mucho peores) que trasladan al hogar sin ser plenamente conscientes del impacto.

Y hay un dato neurocientífico crucial que debemos conocer: en esta etapa, el cerebro procesa el rechazo social en las mismas áreas donde procesa el dolor físico. De manera que para una persona adolescente una negativa social duele tanto como un golpe.

Para asentar esta idea Diana acudió a una imagen retórica; son un Ferrari con frenos de bicicleta: El cerebro adolescente es como un motor de alta potencia, con emociones intensas, búsqueda de recompensa inmediata, pero con un sistema de frenado deficiente, es decir, un control de los impulsos en desarrollo.

Es importante por eso no minimizar sus emociones, por muy fuertes y exageradas que parezcan.

¿Qué hay detrás de la queja?

Diana ha hablado de la conducta utilizando el modelo del Iceberg: la queja es solo la superficie; debajo subyacen emociones como la frustración, el miedo al fracaso y la necesidad de pertenencia.

Se ha referido también en este punto a la importancia de conocer las neuronas espejo y la capacidad de contagio emocional: El cerebro humano está programado para el aprendizaje por imitación y el contagio de emociones. Si la persona adulta responde a la queja con irritación, refuerza con esa actitud el ciclo de negatividad.

Las intervenciones parentales fallan cuando se limitan a dar consejos, o cuando minimizan el problema o entran en desgastantes luchas de poder. La efectividad surge de la validación emocional previa.

Antes de entrar en propuestas que pueden ayudar a conseguir la transición de la queja a la acción ha dado alguna pauta más sobre la psicología de esta edad.

Es importante, a juicio de Diana, entender que cada hijo o hija forma una lógica privada basada en cómo interpreta sus experiencias. Y la queja es a menudo una pista sobre una creencia errónea que ha formado sobre cómo obtener atención o poder.

Quedarse en la superficie intentando corregir solo la mala forma es un error táctico. Los padres y madres deben bucear para descubrir la emoción subyacente que ellos y ellas, a veces, ni siquiera saben identificar.

 

El Impacto de la Tecnología

Ha tomado un tiempo para analizar cómo afecta el uso de pantallas, que genera un entorno de inmediatez y gratificación rápida. Puede suceder que, al apagarlas, el mundo real parece lento, lo que deriva en cuadros de hiperactividad, impulsividad y falta de foco, alimentando la insatisfacción y la queja.

Validar no es conceder: la amabilidad firme

Muchos padres y madres actúan pensando que, al validar una queja, están cediendo o dándoles la razón a sus hijos o hijas. Nada más lejos de la realidad. Validar es reconocer la realidad emocional de la otra persona, lo cual reduce instantáneamente la activación de su sistema nervioso y le permite escuchar.

Diana se refirió aquí a una herramienta que catalogó como milagrosa para mantener la firmeza sin romper la conexión, una palabra sencilla: Todavía. Entiendo que te fastidie, porque a tus amigos les dejan. Tú no puedes salir hasta esa hora todavía. Ese “todavía” abre una puerta al futuro y al crecimiento, transformando un no rotundo en un proceso de maduración.

La primera regla es: No se aceptan protestas sin propuestas

La segunda parte del taller lo dedicó a recorrer el camino que lleva de la queja hacia la acción, analizando algunos conceptos realmente interesantes, como las metas erróneas de la conducta y la disciplina positiva.

Esas metas erróneas son las creencias de los hijos e hijas que conducen al ponerse en práctica a reacciones de sus adultos de referencia que no son las más indicadas para evitar el malestar: buscar la atención de manera equivocada, buscar un poder para el que aún no tienen preparación, buscar la venganza ante un dolor, abandonar esfuerzos asumiendo una incapacidad que no es tal.

Para reorientar estas circunstancias desarrolló algunas intervenciones de carácter muy práctico, algo muy interesante para transformar el conflicto en acuerdo.

Asuntos como buscar límites con firmeza y amabilidad, crear espacios de reunión familiar para tratar asuntos no urgentes, diferenciar entre consecuencia y castigo.

Diana fue explicando cada uno de estos puntos con detenimiento y detalle, y además incorporó en la recta final de la charla dos herramientas, una de gestión inmediata y otra de comunicación.

La primera es la regla No se aceptan protestas sin propuestas. Este sencillo planteamiento saca a los y las adolescentes de ese estado de queja y a empezar a utilizar las funciones ejecutivas de su cerebro.

Y como herramienta de comunicación, el método HEAR:

H- Hear/Escuchar; E- Empatizar; A- Ask/preguntar; R- Reflexionar

Incorporó para terminar otra serie de reflexiones y consejos que podrían resumirse en que la queja debe ser vista como la fiebre en una enfermedad, es un síntoma de que algo necesita ajuste, no el problema en sí mismo.

Si conseguimos que nuestras hijas e hijas se vean como parte de la solución habremos dado un gran paso adelante en este trabajo que es la educación.

Educar es, en palabras de Diana Jiménez, un trabajo de pico y pala, una labor constante que requiere paciencia y visión a largo plazo.

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