

En el silencio de sus habitaciones, jóvenes de cualquier lugar del mundo dejan lucir el brillo azulado de las pantallas de sus dispositivos para permitir que otras personas entren en su tiempo de descanso desde el muro inacabable de las redes sociales. Una incongruencia que se acrecienta al producirse en ellos y ellas eso que aquí se empieza a llamar FOMO.
A navegar por las redes sociales se le llama social surfing, quizá para dotar al hecho de cierto glamour. El social surfing nocturno, conociendo algunos datos que ofrecen diversas investigaciones, está comenzando a afectar físicamente a jóvenes y adolescentes de un modo que podemos cuantificar. Por ejemplo, según datos publicados por Vodafone, los y las jóvenes pasan, en promedio, setenta y cuatro minutos revisando redes antes de dormir. Esto suma un total de dieciocho noches de sueño perdidas al año.
Cuando estas cosas suceden hay que preguntarse las razones, porque algo es seguro: robarle horas al sueño altera drásticamente el ritmo circadiano.
Habrá a quien le guste mucho y habrá a quien no le guste tanto, pero biológicamente somos seres diurnos; eso es pura ciencia.
La producción de melatonina comienza en las últimas horas de la tarde para prepararnos para el descanso y a la primera hora de la mañana dejamos de producirla. Al inundar el cerebro con información y luz artificial en las primeras horas de la noche saboteamos nuestra propia química cerebral.
¿Por qué? ¿Qué hace que actuemos en contra de nuestra propia naturaleza?
Esa necesidad de cotillear, comunicarse, interactuar, autoafirmarse, relacionarse… no es una distracción trivial; es la manifestación moderna de la clásica necesidad de pertenencia que hoy, igual que ayer, puede derivar en comportamientos patológicos. El sentimiento de exclusión es tan antiguo como lo es la vida en comunidad.
Es una emoción universal que el marketing utiliza muy bien, incluso ha incorporado ese concepto aparentemente ligero, ese término en inglés que en el mundo anglosajón ―como tantos otros términos importados― no significa exactamente lo mismo que aquí.
El FOMO es sentir ansiedad o inquietud al creer que otros están viviendo experiencias mejores, más divertidas o más enriquecedoras.
El acrónimo FOMO (Fear of Missing Out) fue conceptualizado a principios de los años 2000 por el estratega de marketing Patrick McGinnis. ¿Qué quería designar con esta idea?
Sumergirse en el llamado silencio digital, no solo no es una condena ni un retiro del mundo, es una forma de crecimiento que nos devuelve al centro de nuestra propia existencia.
Escuchar en un mercado a alguien gritando: «¡que me las quitan de las manos!», o leer los carteles de «últimas unidades» o «rebajas solo por 24 horas» …; estos mensajes tratan de movilizar el mismo motor de emoción, lo que podríamos llamar la percepción de escasez: vamos a perder esa oportunidad, vamos a ser excluidos, no somos nadie.
De súbito, en esa hora nocturna en la que todo debería invitar al descanso una punzada de ansiedad atraviesa el pecho de ese chico o de esa chica: una fotografía de una cena a la que no ha sido invitado, sus amigas en un viaje en el que ella no está, un pequeño vídeo desde la grada más alta de un concierto de una megaestrella de la música….
Para tratar de poner algo de luz en las razones por las que una persona puede pasar minutos y minutos de navegación en redes y aplicaciones de mensajería aun a sabiendas de que a la larga no le aporta gran cosa, podemos acudir a investigaciones como las de Richard Cooke (Universidad de Staffordshire) o las de Joel Crawford (Universidad de Linköping) que nos revelan por qué las campañas de salud tradicionales fallan ante el consumo excesivo de alcohol.
No es exactamente lo mismo, pero estamos hablando de comportamientos que obedecen a parámetros similares.
Resulta que las advertencias sobre daños orgánicos o riesgos físicos caen en saco roto porque el beneficio social percibido —la creación de recuerdos, el fortalecimiento de la amistad y el «estar donde hay que estar»— pesa más que el daño físico futuro.
Es decir, en ambos casos dependen del consumo para sentirse incluidos.
Otro dato interesante a sumar a lo ya dicho: según del Current Account Switch Service (CASS), el 23% de los jóvenes de 18 a 24 años admite gastar por encima de sus posibilidades solo para evitar el FOMO.
Siempre que tratamos asuntos de este ámbito recordamos que, durante la adolescencia, el cerebro vive una poda sináptica masiva en el momento en el que la corteza prefrontal (el centro de control de impulsos) aún está inmadura. Y en contraste, el sistema límbico (la central de recompensas) está hiperactivo.
Esta realidad fisiológica alimenta la nomofobia —sí, sorpréndete, ya hay palabra para designar el miedo irracional a estar sin teléfono móvil (viene de no–mobile-phone phobia)—.
Para una persona adolescente, la validación de sus iguales no es un capricho; es una necesidad neurológica para construir su identidad, Y no es necesario que el entorno familiar sea frágil para que busquen esa base segura en la red, lo que les atrapa en un ciclo de comparación constante.
Penélope ante el telar, tejiendo y destejiendo a la espera de Odiseo. Aliándose con el tiempo.
Ese tejido de redes lo construyen durante el día, como hacía Penélope con el sudario de Laertes en Ïtaca, pero a diferencia de ella, por las noches continúan tejiéndolo.
Y eso ―no hace falta preguntárselo a Penélope, que nos daría mil razones convincentes― tiene mucho más de malo que de bueno.
El silencio digital como respuesta y la alegría de tener decisiones propias.
Frente a esta ansiedad que produce la permanente necesidad de conexión, no es forzoso el aislamiento.
Con cierto sentido del humor se ha acuñado el término JOMO (Joy of Missing Out), la alegría de perderse algo. El JOMO no es una renuncia, sino un acto de soberanía personal: la recuperación de la capacidad de elegir dónde depositamos nuestra atención y dónde queremos estar.
Para una persona adolescente, la validación de sus iguales no es un capricho; es una necesidad neurológica para construir su identidad.
En estos días se pueden leer artículos entorno a esta situación desde diferentes enfoques en prensa generalista de todo el mundo. El mismo día The Guardian habla de la opción de animar a las personas de 16 y 17 años a aplicar un «toque de queda» a las aplicaciones de redes y mensajería, en Le Figaro se centran más en los contenidos de lo que les llega en esas horas extra a solas con su mundo conectado.
De modo que es algo extendido y que preocupa, y no es para menos.
Conviene reflexionar sobre ello, y tal vez enfocar los esfuerzos a tres aspectos que pueden ser de ayuda.
Sucede que el FOMO es el reflejo de un deseo muy humano que es el de conectar. Un deseo que se distorsiona por una lente que amplifica inseguridades y prejuicios. Comprender estos mecanismos es el primer paso para comenzar a sentirse mejor.
Desconectarse, sumergirse en el llamado silencio digital, dedicar un tiempo a destejer lo que sobra, no solo no es una condena ni un retiro del mundo, es una forma de crecimiento que nos devuelve al centro de nuestra propia existencia.


