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A propósito de los 36 años de nuestra Constitución (1978-2014), solo un breve recordatorio en lo referente a la educación y a la integración, interculturalidad y atención a la diversidad.

Título I. De los derechos y deberes fundamentales
Capítulo segundo. Derechos y libertades
Sección 1.ª De los derechos fundamentales y de las libertades públicas
Artículo 27
1. Todos tienen el derecho a la educación. Se reconoce la libertad de enseñanza.
2. La educación tendrá por objeto el pleno desarrollo de la personalidad humana en el respeto a los principios democráticos de convivencia y a los derechos y libertades fundamentales.
3. Los poderes públicos garantizan el derecho que asiste a los padres para que sus hijos reciban la formación religiosa y moral que esté de acuerdo con sus propias convicciones.
4. La enseñanza básica es obligatoria y gratuita.
5. Los poderes públicos garantizan el derecho de todos a la educación, mediante una programación general de la enseñanza, con participación efectiva de todos los sectores afectados y la creación de centros docentes.
6. Se reconoce a las personas físicas y jurídicas la libertad de creación de centros docentes, dentro del respeto a los principios constitucionales.
7. Los profesores, los padres y, en su caso, los alumnos intervendrán en el control y gestión de todos los centros sostenidos por la Administración con fondos públicos, en los términos que la ley establezca.
8. Los poderes públicos inspeccionarán y homologarán el sistema educativo para garantizar el cumplimiento de las leyes.
9. Los poderes públicos ayudarán a los centros docentes que reúnan los requisitos que la ley establezca.
10. Se reconoce la autonomía de las Universidades, en los términos que la ley establezca.

Esto es la ley, nuestra carta magna y… ¿el día a día?

Alumnos sin esperanza por ver como sus padres están en el paro (con o sin estudios) o en labores por debajo de su cualificación y se preguntan para qué sirve estudiar, ¡total, para qué profe! Otros niños con hermanos mayores con mínimas expectativas de futuro en su localidad y, si las tienen, pasan por emigrar y empezar desde cero lejos de todo lo conocido y amado. Muchos profesores han tramitado la jubilación, tanto si estaban en tiempo y forma como si no (todo aquello de la edad, años cotizados…) para huir de un barco que parece ir a la deriva. Y es que nadie se convierte en mártir por placer, que el santoral ya es muy extenso. Muchos otros dejan la profesión, decepcionados por las inexistentes  perspectivas de mejora profesional o de una auténtica «carrera docente». Al tiempo, algunos de los mejores profesionales se marchan porque comprueban que no se potencia la excelencia del profesorado. Otros compañeros del gremio lo ven todo gris, un gris marengo, por no decir negro tizón y murmuran a diario aquello de “se están cargando la educación”. ¿Quién? ¿Yo, tú, él, ella, nosotros, vosotros, ellos? Probablemente todos, cada uno en su justa medida y proporción. En muchos centros los cuantiosos recursos materiales invertidos, véase por ejemplo aulas de informática, laboratorios actualizados, instrumentos de música, pizarras digitales, cañones de proyección… están quedando para el disfrute de arañas y cochinillas, y todo debido a una carrera desenfrenada entre colegios para captar alumnos: que si este centro es bilingüe y este no, que si el otro es tecnológico y este menos, que si el otro es de enseñanzas artísticas y este nada de nada o el otro ofrece especialización deportiva y el tuyo no tiene siquiera pintadas las líneas de la cancha de baloncesto. En fin, todo esto suena al divide et impera, divide et vinces, divide ut imperes, divide ut regnes de Julio César, con un obvio resultado nefasto para la educación pública.
¿Y la administración? No se sabe. Superpoblada y enorme, como un gigante que a veces intenta dar un paso para pequeñas cuestiones cotidianas (la inspección educativa…) y no puede y cuando lo hace aplasta todo lo que encuentra a su paso (una ley…).
¿Y la familia? Unas familias pendientes desde el nacimiento, otras desbordadas por la situación y otras que apenas comparten unos minutos de sofá a la semana con sus hijos (por situaciones laborales extremas donde es imposible la necesaria conciliación familiar, por filigranas de multiempleos para equilibrar unos ingresos mensuales dignos…). Unas familias con todas las esperanzas puestas en el futuro y otras a la manera alemana de la canciller Angela Merkel, “Europa no es una tierra de futuro para los jóvenes”.
En fin los niños y adolescentes del siglo XXI son más listos que todos nosotros y la educación debe intentar sacar lo mejor de cada uno de ellos, no lo peor (“estoy harto”, “menos mal que ya acabo”, “¡qué sistema!”, “¿cómo voy a estudiar con estas tasas?”, “¿porque no puedo solicitar beca?”…). No solo porque son la generación Google, por sus capacidades tecnológicas innatas, sino también por heredar un Estado del bienestar que han pergeñado desde sus tatarabuelos hasta sus padres, con una Constitución al frente. Pensemos en la vida “como don, no como abrevadero donde chapotean y danzan todos nuestros demonios”, como dice el escritor mallorquín José Carlos Llop. Por todo esto no hagamos que cuando sean mayores renieguen de padres, profesores y gobiernos de su infancia. No les demos motivos. Hagamos que las 10 simples y coherentes frases del artículo 27 de nuestra constitución sigan vigentes en su extensión y todos seamos honestos en buscar la educación íntegra.

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