El pasado 28 de mayo se celebró el Día Internacional del Juego, este día surge de la propuesta de la Asociación Internacional de Ludotecas (ITLA International Toy Library Association), a cargo de la Dra. Frida Kim, y en Japón, en setiembre de 1989, se fue confirmada por los miembros de la mencionada entidad. A partir de entonces, muchos países del mundo se unieron a esta celebración, a pesar de que la ONU aún no lo ha reconocido.

El artículo 31 de la Convención sobre los Derechos del Niño expresa que «los estados partes reconocen el derecho del niño al descanso y el esparcimiento, al juego y a las actividades recreativas propias de su edad y a participar libremente en la vida cultural y en las artes».

Existe una importante cantidad de teorías que hablan sobre el juego. Todas ellas concuerdan en que es una de las mejores condiciones para aprender que tiene el alumnado. Entonces, si son tantos autores que promueven el juego, por qué tengo la sensación de que en las aulas el juego comienza con fuerza en las primeras etapas educativas, y se debilita con el transcurso de los años escolares, en los cuales el juego queda relegado solo al espacio del recreo, y en el aula comienza a escasear, por no decir que desaparece.

Precisamente, Imma Marín[i] nos invita a jugar porque, según sus propias palabras: “Jugar es la forma que tenemos de crecer y construirnos como personas. Jugando no sólo aprendemos cosas, sino que crecemos armónicamente en todas las áreas del desarrollo motriz, cognitivo, afectivo y social. Jugando aprendemos a enfrentarnos a retos, ser pacientes, ponernos en el lugar del otro, respetarlo y valorarlo. Aprendemos cuáles son nuestras capacidades y nuestros límites, superamos dificultades y, en definitiva, aprendemos a vivir y convivir”. Si analizamos su pensamiento, podemos apreciar que todas estas capacidades, actitudes y habilidades, tanto cognitivas como emocionales, son las todos los días ponemos en juego en el aula. Además, la práctica docente nos permite comprobar que los niños cuando juegan están altamente motivados y, por lo tanto, pueden alcanzar el estado de flow mencionado por Mihaly Csikszentmihalyi.

También Bautista Vallejo en Estrategias didácticas para dar respuesta a la diversidad: adaptaciones curriculares individualizadas, menciona las siguientes características del juego:

~Es una actividad placentera.

~Es una actividad espontánea, voluntaria y libremente elegida.

~Es una acción e implica participación activa.

~El juego es autoexpresión, descubrimiento del mundo exterior y de sí mismo.

A sabiendas de todos estos beneficios mencionados, ¿cuáles son las causas de que en la escuela se insista tanto en el aprendizaje repetitivo, basado en la copia, en el rol pasivo del alumno y en clases homogeneizadas? ¿Por qué se reemplaza una propuesta lúdica por una propuesta basada exclusivamente en el libro de texto? Llevo más de media vida jugando en las clases de Infantil y me parece casi imposible enseñar y aprender de otra manera que no sea a través del juego. En cuanto a la atención de los niños con necesidades educativas especiales, estaréis de acuerdo conmigo que cuando salen del aula, con los especialistas, todas las prácticas que realizan se desarrollan mediante el juego: con tarjetas, con seriaciones, con fichas de dominó, con carteles, con prácticas orales, etc.

Somos los docentes quienes elegimos la metodología a usar en el aula para compartir los contenidos. Entonces, sería muy oportuno dedicar un espacio de la jornada escolar (que suele ser agotadora) para disfrutar de juegos más libres o reglados con normas a elección del alumnado. Insisto, no me estoy refiriendo a la hora de salir al patio, si no a realizarlo dentro del aula, con el acompañamiento del docente, realizando juegos en pequeños grupos, para toda la clase, en parejas, en tríos, y todas las posibilidades que nos ofrece el “jugar”. En ocasiones, podremos aprovechar estos espacios para también evaluar otros contenidos propuestos, ¿por qué no? Seguramente que si es un juego de estrategias, tendremos la oportunidad de evaluar aspectos matemáticos; si tienen que respetar el turno, aceptar normas, comprobaremos cómo desarrollan su inteligencia emocional (tanto la intra como la interpersonal); si están creando una historia, podremos evaluar el nivel del desarrollo del lenguaje y riqueza de vocabulario. Y, así, podría seguir con una extensa enumeración de posibles aspectos a evaluar, porque esto es precisamente lo que nos permiten las actividades lúdicas: Aunar el aprendizaje más intelectual con el más emocional.

Estoy segura de que, de esta manera, el enfoque hacia las prácticas cambiarían. Ya no se trata de poner todo el peso en el aprendizaje memorístico (hechos, conceptos), sino de crear espacios de aprendizaje colaborativo, con un clima motivador, de respeto por las diferencias de pensamiento-sentimiento, para que el alumno sea el propio constructor de este proceso. Por último, y no menos importante, mencionaré un aspecto fundamental, y es que el juego favorece también el desarrollo de la creatividad, lo cual merece una reflexión profunda, como lo hace Sir Ker Robinson, quien expresa que “la escuela mata la creatividad”. ¿Estará la respuesta en que en la escuela se juega poco? Yo tengo mi propia conclusión. ¿Cuál es la tuya?


[i] Presidenta en España de IPA (Asociación Internacional por el Derecho de los Niños en el Juego), Socia fundadora de AZAR, asociación de ludotecarios y ludotecarias de Cataluña ,Asesora pedagógica y especialista en juego y educación.

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