En una de las reuniones quincenales de la Comisión de Alumnos Ayudantes/Mediadores, junto a Directora y Jefa de Estudios, reflexionábamos y analizábamos el clima de convivencia del centro a nivel de aula, recreos, filas, etc. Y uno de los alumnos (de 5º de E.P.) planteó que en la zona destinada al fútbol se generaban situaciones de conflicto con mucha frecuencia. Su propuesta de mejora fue la siguiente: “podemos elaborar unas normas de fútbol entre todos los alumnos del colegio”. Por supuesto, al resto de participantes nos pareció una buena idea y a partir de ese momento, primero en Equipo Directivo y posteriormente en Comisión de Coordinación Pedagógica, se diseñó la estrategia para que todos los alumnos del centro desde 3º hasta 6º, que eran los usuarios de esa zona de patio, participaran democráticamente. El resultado fue extraordinario y a partir de ese momento se ha producido una reducción considerable del número de conflictos.

Aprender a convivir requiere de una acción integrada, planificada y evaluable, que regule los aspectos organizativos y funcionales de las escuelas y el desarrollo de una cultura democrática y de paz. Sólo la acción compartida de los miembros de la comunidad educativa (en este caso, alumnos y profesores), coherente y planificada permite la creación de un clima convivencial positivo. Deben ser los propios miembros de esa comunidad quienes, a través de unos cauces de participación reales y efectivos, participen, reflexionen y planteen propuestas de mejora eficaces y adaptadas a la realidad.

La Convención sobre los Derechos del Niño (1989) amplió el documento sobre los Derechos del Niño aprobado por La Asamblea General de las Naciones Unidas en 1959, reconociendo que uno de los derechos fundamentales era la participación. En este documento se afirma que los niños “Tienen derecho a expresar sus propias opiniones y a que estas sean tenidas en cuenta por su familia, sus educadores y las autoridades que nos gobiernan; así como a recibir información adecuada sobre los temas que les afecten” (adaptación de los artículos 12,13,14,15 y 17).

La participación escolar puede ser el entrenamiento para que los alumnos empiecen a practicar valores como el respeto, la tolerancia, la igualdad, el pluralismo y la libre expresión. Sólo de esta forma podremos proporcionarles las herramientas necesarias para ser capaces de integrarse de manera activa en la sociedad, a través de un aprendizaje de conductas y actitudes democráticas, responsables, críticas y activas.

Existen estructuras reguladas en los centros dentro del marco legal, como pueden ser los Consejos Escolares o los Delegados de las aulas, pero en los últimos años se está dando gran importancia a la participación de los distintos sectores de la comunidad educativa tanto a nivel de normativa como teórico-práctico. Si lo que queremos es que los alumnos participen realmente en la gestión y funcionamiento del centro escolar, es necesario establecer más cauces de participación. Los alumnos deben sentir que sus aportaciones y opiniones son valoradas y tenidas en cuenta y sólo así “vivirán el centro como suyo” y se implicarán de forma más activa en crear un espacio común donde habite el diálogo, la comprensión, el respeto mutuo y la responsabilidad individual y colectiva.

Si queremos lograr un cambio en el paradigma de la participación del alumnado debemos tener presente como afirmaba Fullan (2002:42), “El problema del sentido es el de cómo la personas implicadas en el cambio pueden llegar a entender que tendría que cambiar y cuál es la mejor manera de llevar a cabo dicho cambio, y darse cuenta al mismo tiempo de que el qué y el cómo interactúan y se redefinen constantemente…..es en la interacción entre el sentido y la acción colectiva e individuales donde se libra la batalla del cambio”. En el PEC debemos definir cuál es la filosofía del centro en relación a la cultura participativa además de establecer los cauces necesarios de forma planificada y consensuada para finalmente lograr ese cambio hacia una verdadera cultura democrática.

Jares (2006) plantea que la participación es la base de la convivencia. Su mejora no se puede construir desde la exclusión y el fracaso escolar sino que exige plantearse la raíz de la participación, de la pertenencia al grupo o al centro escolar para hacer posible una educación para todos. La escuela debe ser una institución donde el trabajo en común de profesores y alumnos permita la participación en la construcción de un proyecto compartido.

Pero la participación no es sólo un derecho sino un contenido de aprendizaje que debe enseñarse. Debe ser un aprendizaje práctico, abordado por medio de actividades en la que los alumnos desarrollen su identidad personal y sentimientos de pertenencia a la colectividad, autoestima, autonomía y responsabilidad. Como plantea Juan Carlos Torrego, “se trata de prácticas morales en las que los alumnos participan en las decisiones colectivas, dando su opinión, defendiendo su punto de vista y tomando decisiones, tanto si se trata de actividades y organización o de reglamentos y reglas de conducta”.

Como estrategias que favorecen la participación del alumnado, destacaría las siguientes:

  • Formación en las sesiones de tutoría (primaria y secundaria) sobre la participación democrática y valores como la cooperación, la pluralidad de ideas y las actitudes críticas, siempre desde el respeto. Dar a conocer el funcionamiento de estructuras democráticas, iniciándoles por las más próximas (Barrio, Ayuntamiento, etc.).
  • Valoración del papel del Delegado, de sus reuniones y de las asambleas de clase. La formación de asociaciones de alumnos permitirá desarrollar el comportamiento democrático.
  • Participación de todos los alumnos del centro en la elaboración de normas de centro y medidas correctoras y en su revisión. En mi centro, los alumnos participan desde hace muchos años en todo el proceso, además de realizar una valoración anual a través de unos cuestionarios que recogen el grado de cumplimiento de cada una de las normas y sus propuestas de mejora. Está demostrado que cuando un alumno participa en ese proceso de elaboración, se siente más comprometido en su cumplimiento. Y tan importante es el proceso como el resultado final.El Reglamento de Régimen Interno debe ser el resultado de un trabajo conjunto de la comunidad educativa.
  • Creación de Equipos de Alumnos Ayudantes/Mediadores en los que se abordan aspectos sobre el funcionamiento y clima convivencial del centro en reuniones periódicas y sistematizadas dentro de la planificación del centro.
  • Comisiones de trabajo relacionadas con actividades culturales, deportivas, salidas, etc.

Hace varios meses, dos alumnos del centro de 5º y 6º de Primaria (uno de ellos pertenecía al Equipo de Ayudante y otro, lo había sido el curso anterior) acudieron al despacho de dirección con una propuesta: un campeonato de fútbol durante el tiempo de recreo. Su propuesta recogía las normas, la formación de los equipos y la entrega de trofeos. Por supuesto fueron ellos, quienes acompañados por miembros del Equipo Directivo lo plantearon en las aulas y se responsabilizaron del desarrollo del mismo. Tanto este ejemplo como el narrado al inicio de este artículo, nos demuestra que es posible la participación democráticamente en la vida del centro siempre y cuando se creen en los centros las estructuras adecuadas y se forme a los alumnos para ello.

En este blog me he centrado en uno de los sectores que conforman la comunidad educativa, los alumnos, pero debemos tener presente otros sectores tan importantes como las familias y los agentes internos y externos que inciden en el alumnado.

 

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