¿Eh, hay alguien ahí? ¡Profes, que ya hemos venido! ¡Vaya verano de calor hemos pasado! A ver de qué va la cosa este curso… No queremos que las aulas nos dejen fríos”.

A lo mejor esto no se lo hemos oído decir, pero los alumnos lo han pensado cuando se incorporaron en Septiembre. Por lo general lo que decía aquella famosa canción de la vieja película de Rock Hudson y Gina Lollobrígida (“…cuando llegue Septiembre/ todo será maravilloso…”) no suele anidar en su mente cuando tienen que regresar para ocupar su sitio en los pupitres. Las vacaciones, en las que han disfrutado de un montón de cosas, siguen tan recientes que la sujeción a los horarios estrictos y a la rutina escolar no resiste la comparación. No nos hagamos ilusiones: no podemos competir con las vivencias tan intensas que han tenido. Pertenecen a otra liga y nuestra oferta no puede ni debe tratar de imitarlas. Es preciso ofrecer algo distinto, contenidos que consigan suscitar su curiosidad, cosas cuyo sabor posiblemente es menos fácil de asimilar en un principio. No hay que rivalizar con lo que para ellos ha significado esa inmersión veraniega en experiencias individuales y grupales de mayor o menor atractivo. Ahora bien sí que está en nuestras manos ofrecer unos ingredientes que encajen de un modo sutil en esa ansia suya de independencia y de creación de su propia organización vital.

Pensar es crear un orden en las cosas que le afectan a uno, y con frecuencia nos olvidamos de que las experiencias que viven los adolescentes les hacen sentirse protagonistas de una energía exuberante, las acumulan sin parar, pero suelen ignorar cómo sedimentarlas y ordenarlas para que posean finalmente un genuino sentido personal. El afán de una mayor independencia y autonomía mediante la mera búsqueda de todo tipo de sensaciones no sirve de nada por sí misma si no se sabe muy bien cómo es el terreno de juego en el que se dan, cuáles son las reglas que hay que tener en cuenta para no sufrir lesiones ni salir escaldado o cómo debe uno moverse en medio de esa vida tan llena de complejidades y tan entreverada de entresijos inextricables la mayoría de las veces.

Para organizar lo que se vive, escoger lo que merece la pena, administrar las transiciones emocionales, dosificar el impacto de las emociones y su traducción cognitiva en sentimientos y buscar soluciones válidas a los atolladeros y conflictos hay que utilizar criterios que permitan analizar, comprender, interpretar, cuestionar, matizar, validar y sintetizar lo vivido. Eso quiere decir que lo valioso ya no es tanto lo que se ha experimentado, sino si todo ese cargamento de experiencias ha sido adecuadamente digerido para que resulte de algún modo útil y provechoso en la vida.

Las conclusiones acerca de la realidad que reportan utilidad y coherencia de sentido son lo verdaderamente importante y para que los adolescentes puedan extraerlas de modo apropiado nosotros sus educadores contamos con un variado equipaje de herramientas que podemos y debemos poner a su disposición. No conviene descuidarse en hacerlo porque, dada la velocidad a la que viven y sienten, les urge poseerlas. Muy posiblemente durante los meses de verano el grupo de iguales ha continuado ganando puntos como instancia gestora proveedora de sentido y de interpretación autosuficiente. Se han divertido en grupo y se han creado nuevos lazos afectivos que han conseguido que el grupo polarice y potencie aún más las creencias de los alumnos, haciéndoles tener la ilusión de que en lo referente a organizar sus experiencias les basta con sentir e interpretar lo que viven de modo autorreferencial, sin tener en cuenta nada más.

El grupo de adolescentes no tiene ideas propias pero agiganta, ensalza, fija o reduce las de los individuos. Al actuar como un crisol de las actitudes de sus miembros hay que considerarlo como un factor cualificado de riesgo o de protección, según la dirección que adopten las creencias grupales acerca de cómo deben interpretarse sus vivencias, unas experiencias que a veces han sido auténticos comportamientos de riesgo. Los criterios de interpretación intervienen en la forja de actitudes y en la toma de decisiones, pero lo cierto es que la tendencia a partir de cero y a encapsularse en el propio reflejo de las sensaciones personales, como si fuesen el único intérprete de lo que es conveniente o correcto, no acaba de darles una respuesta verdaderamente satisfactoria de cuáles son las genuinas cartas de navegación a quienes por momento evolutivo todavía están en la fase de tanteo acerca de cómo crear los propios itinerarios.

El aula es un crisol en el que se dan expectativas mutuas que se confirman o no, con arreglo al desempeño del profesor y del alumno como tales. En esencia los profesores les ofrecemos a los alumnos un vínculo particular con el saber. El “saber” es el objeto precioso que les ofrecemos. Si para los alumnos ese ofrecimiento cobra valor, se operará en ellos un consentimiento y, en consecuencia, nos solicitarán que continuemos dándoles eso que les produce satisfacción porque nuestra oferta habrá suscitado una demanda. Ahora bien, éste no es el único vínculo que los alumnos esperan de nosotros. La vinculación se establece también de un modo muy especial entre los alumnos y nosotros cuando les presentamos respuestas y soluciones a sus necesidades de pautas y criterios con los que ordenar en su mapa vivencial todas esas experiencias e impactos que están irrumpiendo en su trayectoria.

Ciertamente los profesores desempeñamos papeles que nos diferencian de los alumnos, y eso significa que las posiciones que ocupamos son asimétricas. Pero la asimetría, necesaria para que un docente prevalezca como figura de autoridad, si se ejerce de manera cercana y además se ocupa en proporcionarles “objetos preciosos” con los que puedan organizar un orden que les dé aclaración y seguridad, producirá una resonancia especial que influirá en ese ámbito tan íntimo de los valores y de las creencias de los alumnos. De ella nacerán vínculos personales que incidirán en los vínculos pedagógicos del saber en su más amplio sentido. Gracias a estas vinculaciones personales los profesores nos habremos convertido en verdaderos adultos significativos. En definitiva a los adolescentes no les importa cuánto sabes hasta que ellos saben cuánto les importas.

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