b2ap3_thumbnail_Sin-ttulo-.pngLa convivencia en un grupo de iguales tiene grandes ventajas y no pocos inconvenientes. Aprender a convivir supone aprender a socializarse, a mantener conductas de respeto, emulación, ejemplaridad, sacrificio, generosidad, perdón, cooperación, etc. Todo eso permite acrecentar la cohesión del grupo y enriquece a sus integrantes. Encajar en un grupo que ha asimilado esas pautas y que acoge y promueve las aportaciones y peculiaridades de cada uno de sus miembros será entonces algo sencillo, porque todo lo que signifique diferencia, creatividad y originalidad será interpretado como ganancia general, no como peligro. Pero como sucede en la parábola del trigo y la cizaña, los inconvenientes existen y se presentan como sarpullidos capaces de violentar severamente ese deseable ideal de grupo hecho de seres diversos y en armonía.

El fenómeno de la tendencia a la unidad, tan valioso para emprender acciones conjuntas, si se convierte en unanimidad puede producir erupciones de absolutismo y de exclusión de los disidentes, tanto de los que discrepan, sin que sus razones sean siquiera atendidas, como de los que no responden al obligado patrón uniforme e “igualatorio” de cómo se debe ser y lo que se permite pensar y hacer. De ahí que la singularidad individual puede ser una clave de éxito o bien de fracaso en la vida de un grupo, algo que va a depender de la voluntad que uno ponga en afianzarse para poder seguir siendo uno mismo, de los apoyos recibidos por parte de los integrantes del grupo en ese empeño y de la percepción de fortaleza o de debilidad que se sepa suscitar al respecto en la consideración de los demás. Querer ser uno mismo, y a la vez ser acogido de esta manera y con normalidad en el seno del grupo, es un asunto arduo porque la adaptación a dicho estilo para integrarse en su seno implica acertar a la hora de combinar las pautas grupales existentes con las características propias, así como saber dosificar las imprescindibles renuncias propias que uno deba hacer en pro de ese encaje, sin por ello perder la propia singularidad… Un verdadero encaje de bolillos que a veces no es posible, ya sea por falta de habilidad y acierto, o también porque el grupo está previamente emponzoñado y puesto a la contra de cualquier “disidencia”, es decir, de todo lo que destaque por su simple diferencia, su excelencia o su debilidad.

No hace falta repetir que a un adolescente le resulta prácticamente imposible sobrevivir sin un grupo, y de ahí que haga todo lo que esté en su mano para ser aceptado. Ese “todo lo que esté en su mano” puede consistir en un ejercicio de flexibilidad adaptativa no incapacitante de su singularidad, en una dejación atemorizada de algunas de sus pautas y convicciones o incluso en una sumisión entreguista que lo convierte en borrego de un rebaño que lo sojuzgará y manejará a su antojo. La flexibilidad, saber torear y guardar la ropa, es un arte que requiere mucha destreza. Algunos alumnos parece que lo traen incorporado de fábrica y se manejan muy bien dando capotazos incluso a los toros más bravos sin sufrir ningún rasguño. Otros en cambio necesitan un entrenamiento más concienzudo para no recibir las cornadas, o sin más un apoyo desinteresado y acogedor del grupo cuando sus características personales no le permitan mantener el ritmo del grupo. No obstante la cuestión estriba en si en este asunto de los ataques entre iguales no habría que hacer bastante más hincapié en limar los cuernos de los toros que embisten, para dejarlos convertidos en unas simples vaquillas cuyos empellones acaso no produjesen más que simples magulladuras sin mayor importancia.

¿A qué se debe que en un aula tengan presencia y hasta protagonismo los elementos que arremeten contra los alumnos singulares, cómo es que se deja tanto campo libre a esos energúmenos que se dedican a transformar las naturales diferencias y los inevitables conflictos en la justificación para desplegar un maltrato descarado que además hace enmudecer a los observadores de sus desmanes, mientras que en otras aulas es el propio grupo quien se encarga de frenar y neutralizar a los matones que intenten imponer el miedo en esos compañeros? Podría decirse, forzando un poco las cosas, que quienes atemorizan y ridiculizan a los iguales singulares o convierten los roces en excusa para emplear la violencia pretenden hacer una macabra ostentación de un tipo perverso de singularidad, sujetos que quieren sobresalir en el grupo erigiéndose en jueces indiscutibles de lo que es y no es aceptable esgrimiendo, para justificar sus fechorías, el abominable criterio de la falta de respeto hacia las personas.

La presencia y tolerancia de este tipo de elementos en el aula plantea unas disyuntivas tremendas en su seno. Si un alumno percibe que en su grupo existe un “grupo criminal justiciero” dispuesto a lanzarse a la yugular de quienes pretendan ser sencillamente ellos mismos, se encontrará ante el terrible dilema moral de sucumbir al miedo o tener que prepararse para luchar si quiere preservar su singularidad. En cualquier caso será consciente de que si decide afrontar y sobreponerse en soledad a esos elementos que campan a sus anchas, sin que los demás compañeros ni la propia institución educativa muevan un dedo para apoyarlo y desarticularlos, las va a pasar más que canutas.

Prevenir el matonismo consiste en primer lugar en estar muy atento y receptivo a cómo discurre la vida y el clima informal del grupo de alumnos. Los maltratadores, como la cizaña, crecen sólo cuando se les deja crecer y tanto el trigo de alrededor como los agricultores responsables del sembrado se quedan quietos y sin reaccionar. Contrariamente a lo que se decía al final de la parábola evangélica, en este caso no se puede dejar que la cizaña se desarrolle y hay que advertir sin descanso a todos que el que humilla hace algo despreciable y que además los profesores y cuidadores, como los buenos árbitros, van a estar siempre abiertos y receptivos para captar y recibir los avisos de alarma de aquéllos que hayan recibido, bajo cuerda o a plena luz del día, en vivo y en directo o a través de las redes sociales, en el recinto escolar o en sus aledaños, patadas, empujones, amenazas, desprecios o cualquier ofensa denigratoria, para tomar inmediatamente las medidas correctoras y disciplinarias que correspondan contra los maleantes.

En una educación de calidad es preciso insistir en destacar y subrayar el valor de la singularidad de las personas, y eso va a facilitar que salgan a la luz sin miedo y con naturalidad los estilos, facetas y peculiaridades diferentes de todos sus miembros, enriqueciendo sobremanera al conjunto. La expresión, libre de coacciones, de esa variedad natural es lo que contribuirá a que el grupo no se limite a ser un conglomerado aburrido, monocorde y excluyente al albur de la batuta de posibles e indeseables maltratadores burlones y agresivos.

El Colegio de Psicólogos de Madrid, en colaboración con La Fundación Atresmedia, ha editado una interesante guía –Ciberbullying: prevenir y actuar- (http://www.copmadrid.org/webcopm/recursos/CiberbullyingB.pdf) que pretende abordar ese tema como un reto positivo. En ella se ofrece un amplio número de acciones para que los centros educativos las desarrollen, pautas para la sensibilización prevención e intervención, recursos e iniciativas novedosas de gran interés, así como referencias jurídicas de especial relevancia para la adecuada lectura e interpretación de responsabilidades de acción en los centros educativos. Asimismo el programa Kiva (http://www.educationworld.com/a_admin/rubin/effective-bullying-prevention-program.shtml) desarrollado con gran éxito en Finlandia, se centra en intentar cambiar las normas que rigen el grupo, la actitud de quienes observan el acoso y son testigos silenciosos o se ríen.

Desterrar el miedo con acciones de protección y también de promoción, apertura y cooperación es convertir al grupo de alumnos que conviven en el aula en un espacio de acogida que evitará que algunos adolescentes “singulares” se vean acorralados y resignados a tener que padecer un ostracismo vil e injusto, porque sólo así, en este clima de auténtico compañerismo, podrán cultivarse a sí mismos en óptimas condiciones.

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