Se acabó, nos hemos ido ya, echamos el cierre. Adiós a los pupitres, a los libros y cuadernos, a las pizarras, a los ejercicios y problemas. Y a los profes. Por fin hemos dejado tras nosotros esa superficie verde siempre llena de palabras, números y esquemas y podemos dibujar en ella viajes, playas y bebidas bien fresquitas para lanzarnos volando a por todo lo que nos estaba esperando ahí fuera. Ya era hora de que nos dejasen un poco en paz, a nuestro aire, sin atosigarnos con tantos conceptos y tantas historias muchas veces indescifrables. Se acabaron las constricciones horarias y físicas, a partir de ahora el tiempo y los espacios están siendo todos nuestros. Qué bien dar un buen portazo a la rutina escolar de cada día, a ese entrar y salir del almacén de las clases en el que hemos pasado todo un curso interminable, con sus rituales de estar sentados, en silencio, levantando la mano, pidiendo permiso para todo, escribiendo, aburriéndonos a veces…

Pensábamos que nunca se iba a acabar y ya ves, no más grilletes. Podemos darle a los móviles sin pausa y repanchingarnos en los asientos sin que nos llamen al orden. Se nos va a quitar de una vez por todas el dolor de los codos de tenerlos apoyados en las mesas y las agujetas de los dedos de escribir sin parar. Ah, y ya no más cansancio en los ojos de tanto leer seguido, que menudas palizas nos han dado con la dichosa lectura, qué pesados. ¡Basta de libros de texto, a la estantería con ellos para que cojan el polvo que se merecen! Qué alivio. Qué ganas teníamos de este enorme respiro de las vacaciones en el que nos estamos despachando a gusto, resarciéndonos de todo este tiempo en el que se puede decir que nos han hecho desfilar marcando el paso. ¡Qué sensación tan de plenitud! Pues bien, ya está. Que cada uno haga lo que quiera, ahí se queda todo y que les vaya bien. ¡Ciao!

Y ahora a pasarlo bien, como corresponde. En casa están que si me mandan un par de semanas al extranjero para practicar un poco -sólo un poco- el inglés…Pues bueno, a conocer gente nueva y a ver qué se puede pillar de interesante por esos lares. Al pueblo de los abuelos ya he ido otras veces y no se está mal, todo depende de si me dejan salir por las noches con los amigos. A lo mejor vamos más adelante a la playa. Allí hay de todo, la gente trasnocha, nadie madruga, el sol pega lo suyo y lo único que importa es hacer el vago y echar risas. ¡Una pasada! En fin, que en eso podría consistir el asunto de este verano, en organizarme bien la cosa para descansar haciendo poco, sin atosigarme, con mucha calma. Es decir, dejarme llevar por lo que vaya surgiendo, sin mucha exigencia, y seguro que todo me saldrá de perlas.

Pero bueno, ahora que lo pienso no sé yo si con estar sin más tumbado a la bartola me va a caer el maná del cielo… Me conozco y fijo que al segundo día de estarme quieto al sol ya no puedo más. De acuerdo, ya sé que no-hacer-nada-en-el-verano era una de las cosas que más me apetecía hacer durante el curso. Era algo así como mi postre de natillas para quitarme el sabor de boca del pesado cocido de cada día, pero es que estar comiendo natillas de la noche a la mañana durante todo el verano a lo mejor acaba por empacharme. No tener planes o planear no hacer nada lo aguantaré un rato, pero luego estaré echando de menos la acción. Rascarme la barriga, darme unos bañitos y tostarme al sol día tras día, umm…, la verdad es que ya empieza a ser un poco plasta.

En fin, veamos cómo me lo organizo, tengo que pensar en algo, no sea que lo que queda de este verano me aburra como una ostra. Además, seguro que cuando regresemos de las vacaciones mis compañeros y amigas me cuentan que han estado ocupados visitando sitios, trabajando en alguna cosa con gente interesante o que han tenido experiencias estupendas por haberse apuntado a algo que les llamaba la atención. Eso es, tengo que tener varias cosas previstas para no quedarme a dos velas, mano sobre mano hecho un pardillo. A ver, ¿qué podría hacer? ¿A qué me apunto? Vaya, qué caramba, al final va a resultar que lo mejor para unas buenas vacaciones es meterse en algo que casi no le deje a uno tiempo libre. O sea, que para no andar más perdido que otra cosa durante todo el tiempo libre que este verano tengo por delante resulta que… ¡lo tendría que emplear en enfrascarme en cosas que no me dejen tiempo libre! No hay quién lo entienda, vaya follón.

Bueno, vale, pero que sean cosas emocionantes, nada de gilipolleces ni de tonterías. Siempre me digo que todavía no tengo muy claro a qué me voy a dedicar el resto de mi vida ni cómo hacer para demostrar lo que valgo. Qué buena ocasión para comprobar de qué soy capaz. No sé por qué le doy tantas vueltas si ya sé que eso sólo se consigue intentando cosas potentes, cosas que merezcan verdaderamente la pena. Así es que como no encuentre algo intenso me aburriré mucho este verano. A ver qué busco y que no me meta en líos tontos. Tengo que currármelo bien, ponerme a prueba dando el callo echando una mano en algo, compartiendo ese tiempo con gente interesante que me haga ver otras cosas. Me hace falta descubrir qué se siente estando implicado en algo que merezca la pena, para que las vacaciones acaben siendo una ocasión inolvidable y única para mí.

Compartir en...
Share on Facebook
Facebook
Tweet about this on Twitter
Twitter