Por: Javier Pérez Soriano – Profesor del IES Poetas Andaluces de Benalmádena (Málaga) y Técnico Superior de Prevención de Riesgos Laborales www.prevencióndocente.com

En la actualidad los centros escolares se van a enfrentar a uno de los mayores retos de los últimos tiempos intentando contener el SARS-CoV-2 en sus instalaciones. Por algún tiempo, en colegios e institutos, las cuestiones higiénico-sanitarias van a primar (cuando no enfrentarse) a las educativas, y es precisamente en esta nueva situación cuando debemos luchar con todas nuestras fuerzas para que ningún alumno o alumna quede descolgada, especialmente los más vulnerables. La educación presencial debe ser una prioridad, pero siempre acompañada por las medidas de seguridad que hagan de nuestros espacios escolares lugares realmente seguros.


En la «nueva normalidad» se barajan tres posibles escenarios por los que muy probablemente vayamos pasando de uno a otro: la modalidad presencial, la formación a distancia y la mezcla del formato presencial y online. Para la modalidad presencial, las medidas en las que se amparan las administraciones educativas para adoptar las normas que se han publicado, se basan en el estudio de prevalencia realizado por el Ministerio de Sanidad, donde el alumnado muestra porcentajes inferiores de contagio a los de la media, siendo cada vez menores a medida que va disminuyendo la edad. Otro dato que se ha utilizado está relacionado con la gravedad del cuadro clínico, determinando que la mayoría de los niños y niñas
presentan una enfermedad leve-moderada y sólo un porcentaje muy pequeño ha precisado hospitalización. Incluso hay numerosos estudios que indican que muchos de ellos pasan la Covid de manera asintomática.


Sin embargo, desde el punto de vista laboral el principal problema al que nos vamos a enfrentar cuando volvamos a los centros, es precisamente la convivencia con posible alumnado y profesorado (en menor medida), asintomático. Un estudio, realizado por la Universidad de Padua y el Imperial College de Londres, ha concluido que los pacientes con Covid-19 que son asintomáticos pueden contagiar de manera similar la Covid. En dicho estudio además se indica que las personas asintomáticas tenían una carga viral (concentración de virus), similar a la de los pacientes con síntomas, por lo que concluían que tanto la transmisión asintomática como la presintomática podría contribuir significativamente a la propagación de la enfermedad (siendo importante indicar que un 40% de la población analizada en dicho estudio no tenía síntomas en el momento de la prueba).


Establecer un protocolo de salud debe partir de la idea (sin tratar de caer en la paranoia), de que yo potencialmente puedo estar infectado sin saberlo, y las personas que interactúan conmigo también. De forma que todas las actuaciones que uno vaya a realizar deben no poner en riesgo a las personas de su alrededor, para que las personas que están cerca hagan lo mismo con uno (tengo que protegerte a ti, para que tú me protejas a mi).

Esta situación que tan bien teníamos interiorizada durante el confinamiento (lavado continuo de manos, extremar higiene de la casa, limpieza de la suela de los zapatos, poner en cuarentena los paquetes que nos llegaban o la comida no perecedera que traíamos del supermercado, uso de mascarilla…), una vez que ha pasado la primera oleada, parece que ha quedado atrás, y ahora que ya estamos inmersos en la segunda puede ser nuestro gran error. Por lo tanto cualquier protocolo que se elabora debe ir en la dirección y el espíritu de la cuarentena, que es el que puede garantizar tener una menor probabilidad (no la certeza absoluta evidentemente), de caer contagiado.


Los cuatro elementos fundamentales para protegernos en esta situación son mantener la distancia de seguridad, el uso de equipos de protección individual (EPI’s), higiene de manos y sobre todo la ventilación de los espacios.Como norma general se puede establecer una serie de principios básicos en los que se debe trabajar, ahora que ya está comenzando el curso de manera presencial, entre los que encontraríamos:


● La máxima distancia de seguridad posible en función de la situación real que exista en las aulas.
● Limitar los contactos de cada grupo dentro del centro, realizándose sólo los desplazamientos que fueran estrictamente necesarios.
● Uso eficaz de las mascarillas. Preferentemente las de tipo FFP2 (sin válvula) que son las únicas que actúan como equipo de protección individual (EPI).
● Protección ocular.
● Extremar la aireación de espacios, preferentemente mediante ventilación natural.
● Extremar la higiene de manos tanto en alumnado como en profesorado.
● Extremar la higiene de superficies y dependencias.
● Adecuada gestión de los posibles casos tanto confirmados, como casos
detectados en el mismo aula.
● No tocarse la cara (boca, nariz, ojos), ni la mascarilla.
● “Cambio de chip”.

En la situación sanitaria actual en la que nos encontramos, la seguridad y la higiene deben ser lo prioritario. Como en cualquier situación, los más vulnerables suelen serlo también en materia de seguridad e higiene por lo que las Administraciones educativas deberían ser garantes de su protección facilitando todos los medios necesarios para tal fin.


A la par de ir trabajando el protocolo y las normas de seguridad e higiene, en los centros educativos se deberían ir desarrollando planes de contingencia digitales que hagan frente a la aparición de los más que probables brotes de Covid, que supondrán un periodo de cuarentena tanto a profesorado como alumnado, o incluso a un nuevo confinamiento.


En los protocolos digitales que se establecieran se debería fomentar la integración de las nuevas tecnologías en el aula, adaptando los contenidos previstos en las programaciones a una posible metodología online, promover el uso de las plataformas digitales existentes y el fomento del trabajo cooperativo.


También habría que priorizar la inversión en este aspecto, ya que como dice Unicef, «no todos los estudiantes pueden acceder a Internet para seguir el curso escolar ni todos los que acceden lo hacen en igualdad de condiciones». No es lo mismo seguir una clase a través de un ordenador o una tablet que de un móvil, por lo que si no se tiene en cuenta este aspecto, caeremos en el riesgo de una nueva forma de exclusión como es
la exclusión digital, ya que la «nueva normalidad» parece que ha venido para quedarse mucho tiempo.

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