George Steiner habló de ellas para referirse a las construcciones mentales anticipadoras que son los estereotipos. Como dice Blanca González, “los estereotipos tienen una función muy importante para la socialización del individuo: facilitan la identidad social, la conciencia de pertenecer a un grupo social, ya que el aceptar e identificarse con los estereotipos dominantes en dicho grupo es una manera de permanecer integrado en él.” Son convenciones arraigadas en la realidad gracias a la aceptación social de que gozan. Proporcionan un campo simbólico que hace que el lenguaje, los estilos de vida, las expectativas personales e incluso las emociones posean un sentido que es compartido por todos. Así pues son conceptualizaciones  imprescindibles para que las personas puedan conducirse en el mundo real y gestionen su existencia, y aunque no es posible manejar la realidad sin ellas tienen la pega de que a veces pueden ser tan rígidas como para ser  las responsables de fijar un límite en nuestra capacidad de gestión del mundo.  

Estas “viejas” verdades funcionan como pautas de convicción y filtros de interpretación de lo que uno vive, y se incorporan a nosotros mediante la educación, los contextos sociales en que nos movemos y la repetición consensuada que emiten las instancias mediáticas y las de poder. La palabra estereotipo parece acaparar un significado negativo de rigidez, pero indudablemente estamos tratando de los estereotipos que son “buenos”, provechosos e imprescindibles, es decir, de las construcciones mentales que responden a planteamientos antropológicos y herencias culturales valiosos y saludables, aquellas que ofrecen soluciones equilibradas y socialmente integradoras, y no de los estereotipos discriminatorios, racistas, etc. Ahora bien, sucede que cuando se llega a la adolescencia tiene lugar un cuestionamiento más menos amplio de todas esas convenciones que hasta el momento han guiado la vida, a lo que se le añade la circunstancia de poder compartir esa criba evaluativa con otros adolescentes igualmente alzados frente a esas verdades “cansadas”. Esta tarea de demolición, azuzada por la efervescencia del clamor imparable de sus nuevas capacidades, a nuestros alumnos les va a resultar apasionante.   

En esos pequeños guetos, formados por los amigos y compañeros, los estereotipos y los enfoques educativos en general se ven sometidos a un filtrado grupal muy variado. Unas veces lo que se hace es valorar de una manera más original y adaptada a sus nuevos estilos algunas de esas pautas recibidas de la familia y de la sociedad en general, mientras que en otros casos el grupo se dedica a construir sus propias pautas rígidas y revolucionarias con las que oponerse a lo que la tradición les ha ido entregando, en un ejercicio de afirmación de sus incipientes identidades divergentes o incluso, si el rechazo a las viejas convicciones es más radical, de desviación hacia rutas decididamente marginales. 

Hay que reconocer que a los alumnos les cuesta lo suyo echar con calma esa mirada crítica a las “verdades cansadas” (valores, criterios, pautas, estilos, etc.) que han recibido, ya sea para cuestionarlas y eliminarlas cuando les aplican un suspenso porque consideran que les empobrecen, o para  ratificarlas porque siguen siendo válidas y no atacan su nueva libertad de criterio. Observar de modo sereno la zona de confort del pensamiento más menos inamovible que preconizan los estereotipos positivos y reflexionar sobre su sentido exige por su parte cierta ecuanimidad para que no sean finalmente arrasados y erradicados en masa, y como ya sabemos no es nada fácil sustraerse al contagio emocional del grupo erigido en tótem sapientísimo ni al afán de revancha del adolescente frustrado e incomprendido… 

Los adolescentes especialmente poco conformistas suelen entrar sin mucha finura y más bien a saco en la valoración de los valores, enfoques, costumbres y pautas en general del mundo en el que habitan, ofuscados por una rebeldía que se asemeja a una revolución frente al mundo heredado, empeñados como están en inventar todo desde cero. En esta subversión lo cuestionan todo, tratan de desprestigiar muchos de los estilos de pensamiento y vida que subyacen a la educación que les damos, se obstinan en desestabilizar cualquier tipo de orden y nos toca a nosotros los profesores, junto a los padres y otras instancias, recibir esos ataques. Somos los “culpables” de mantener un régimen anticuado y por ello merecemos su desdén. ¿Es posible moderar ese fuego justiciero y atemperar esa especie de rebelión general hacia el mundo?

Lo que late tras esa desconfianza más o menos generalizada hacia lo que los adultos les planteamos es la inseguridad que acompaña a su necesidad de construir su propia personalidad. Es inevitable que hagan una crítica a lo recibido y que empleen un tiempo en repasar nuestros mensajes viejos (las verdades que les “cansan”) y también los que son más recientes. Nuestro papel en ese proceso es el de aceptar la controversia, seguir aclarándoles con paciencia los significados cuestionados y alentarles para que tras sus dudas ellos sigan indagando por su cuenta en su valor y sentido. Lo verdaderamente preocupante es que muchos de los jóvenes actuales manifiestan, además de un rechazo al modelo que sus padres representan, dificultades para construir su propio futuro derivadas de su menor disposición a hacer esfuerzos y a asumir responsabilidades (Mª José Díaz Aguado).

Tal vez el mayor riesgo de ese proceso natural de duda, desconfianza y crítica de nuestros alumnos, en el que a través de rebeliones y entusiasmos deben reconstruir una adecuada jerarquía de valores, sea el de que al final hagan tabla rasa de todos esos valores y verdades (esfuerzo, sacrificio, superación de la incertidumbre, responsabilidad, afán de logro, etc.) y decidan que la única posibilidad, lo único verdadero, es vivir el presente y no preocuparse por el futuro. Por eso nuestros mensajes y orientaciones han de incidir siempre en el hecho de que su crítica no puede ser radicalmente destructiva, porque necesitan salvar y aprovechar todo cuanto les permita elaborar un proyecto vital alrededor del cual puedan construir su propia identidad. De lo contrario, estarán irremisiblemente perdidos.

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