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 Mike es un niño especial, pero no porque esté diagnosticado de  Síndrome Down, sino porque hace que día a día me replantee mi visión sobre la inclusión. Todos los días logra arrancarme una sonrisa, me colma de abrazos y besos, me ayuda a ser más paciente, nos contagia, que es su forma de compartir, su entusiasmo cuando trabajamos con la PDI.  Se ha  esforzado mucho para aprender  mi nombre, que es algo complicado al principio… Y, por muchos motivos más, Mike es un niño especial.

Cuando hablo de inclusión escolar, lo hago a la luz de los conceptos de Emilio Ruiz Rodriguez,  quien se refiere a ella como «[…] la última fase en ese proceso lógico y ético de incorporación de las personas que son diferentes a los entornos educativos ordinarios…Se base en un sistema de autoevaluación de los centros, que a través de la investigación-acción, busca crear culturas inclusivas, elaborar políticas inclusivas y desarrollar prácticas inclusivas. La inclusión plantea una perspectiva social más amplia, por lo que se suele considerar un paso adelante respecto a la integración. No es el modelo hegemónico en la actualidad, pero está extendido por todo el mundo».

Esta autoevaluación mencionada por el autor es la raíz de mi constante necesidad de replantearme si la manera de incluir a Mike es la correcta. Mike comparte la clase con veintitrés niños, y cada uno de ellos merece mi total atención, provienen de diferentes ámbitos familiares y, por ende, tienen distintas características personales y emocionales. En el día a día, asesorada por Asindown,  intento que el pequeño siga nuestras rutinas escolares: la hora de asamblea, de hablar, de escuchar, de prestar atención; trabajo individual; almuerzo, patio… y así todos los días. Hay momentos en que está más presto a escuchar y en otros, menos. Días que llega y ya ha aprendido a colgar su mochila, ponerse su babi y sentarse a esperar a sus compañeros. Pero, otros días, tira todo por el suelo, y solo quiere jugar. Pacientemente, tengo que  acompañarlo a realizar esta actividad matutina. Poco a poco adquiere estos hábitos que indican que progresa, que es más autónomo en sus rutinas. Sin embargo, hay oportunidades en que no sigue el ritmo de la clase, por ejemplo, en alguna actividad más concreta sobre lectoescritura, y se queda entretenido con algún juguete o puzzle. En esos instantes es cuando advierto la necesidad de contar con un apoyo continuo en la clase, para que él pueda realizar estas tareas ( que también serán adaptadas). Dos días a la semana asiste a clase Allende, una maestra «voluntaria» de la asociación mencionada, y presta su atención exclusiva a  Mike. Estos son los recortes en apoyos humanos, que no deberían producirse bajo ningún concepto.

Se ha realizado una adaptación curricular no significativa que, en términos educativos, representa que se cambian los elementos básicos del currículo. Se adaptarán los tiempos, actividades, metodología, técnicas e instrumentos de evaluación. Este tipo de adaptación se considera una estrategia importante ya que se puede lograr la individualización de la enseñanza y, por tanto, tiene un carácter preventivo y compensador. Algunas de las medidas adoptadas son:

  • Selección de contenidos y actividades
  • Diferentes criterios de evaluación
  • Actividades de refuerzo complementario.
  • Refuerzo o atención individualizada en el aula ordinaria.

Además debo destacar que recibe ayuda de profesionales tanto de Pedagogía Terapéutica como de Audición y Lenguaje.  Todos estos esfuerzos humanos hacen que vaya logrando avances en su desarrollo, tanto cognitivo como emocional. Con todo esto, Mike ha conseguido avanzar en muchos aspectos:

  • Marcha autónoma.
  • Sube y baja escaleras alternando los pies.
  • Realiza encajes con autonomía.
  • Le gusta pintar, pegar gomets, imitar trazos verticales, horizontales.
  • Realiza clasificaciones de objetos, colores.
  • Reconoce muchos colores, primarios y secundarios.
  • Reconoce su nombre escrito y es capaz de escribirlo.
  • Sigue órdenes sencillas.
  • Comprende órdenes cotidianas
  • Nunca llora al entrar al cole.
  • Le encanta imitar gestos de canciones, de acciones.
  • Es muy activo, curioso y alegre.
  • Está muy integrado en la clase.
  • Reconoce y repite los números hasta el 10.
  • También reconoce los nombres escritos de  sus compañeros y familiares.

Cuando me detengo a releer todos sus avances, no puedo dejar de pensar con emoción y satisfacción, cuánto camino se está construyendo junto a Mike. Y  es así como mi dosis de ansiedad,  que es normal, baja inmediatamente, y hago caso al dicho popular «las prisas no son buenas consejeras».

Para finalizar, os dejo las palabras, para mí muy acertadas, de Emilio Ruiz Rodriguez:

Las personas con síndrome de Down nos enseñan capacidad de sorpresa ante el milagro de lo cotidiano. Nos enseñan paciencia en un mundo que rinde pleitesía a la velocidad. Nos enseñan constancia en un mundo que premia la superficialidad y la tarea rápida y poco cuidadosa. Nos enseñan tranquilidad en un mundo prisionero del reloj. Nos enseñan amor desinteresado en un mundo de intereses. Nos enseñan a vivir el ahora en un mundo preso del ayer y del mañana. Nos enseñan amor por la vida en un mundo violento y agresivo. Nos enseñan entusiasmo por lo natural en un mundo en el que todos están de vuelta de todo y se lo saben todo. Nos enseñan a estar pendientes de los sentimientos de los demás en un mundo en el que cada uno va a lo suyo. Nos enseñan a valorar los pequeños logros en un mundo en el que solamente unos pocos, los mejores, los número uno, son valorados y admirados. Nos enseñan a agradecer, en un mundo permanentemente insatisfecho. (http://revistadown.downcantabria.com/2011/12/01/tenemos-tanto-que-aprender-lo-que-nos-ensenan-las-personas-con-sindrome-de-down/

 

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