Es una expresión algo pasada de moda entre la chavalería adolescente de hoy en día. Suena como a sustantivo falto de adjetivo que le dé sustancia (personalidad marcada, especial, extraña, etc.), e incluso a algo arcaico o desfasado. Sin embargo, no hace mucho tiempo esa expresión era sinónimo de algo potente y deseable, una especie de señal distintiva que significaba que uno tenía un perfil definido o marcado que le hacía sobresalir respecto al resto de sus iguales: si decían de ti que tenías personalidad estaban diciendo que tenías un estilo de pensar y de comportarte que despertaban la admiración y la emulación y que ibas por delante del, por así decirlo, tono gris medio de tus iguales. Los compañeros de tu edad que sobresalían por tener personalidad pasaban a ser figuras dentro de la clase y del grupo de amigos, unos líderes y modelos. Personalidad era sinónimo de tener ideas claras e independientes, frente al caos contradictorio de opiniones y despistes mentales en el que aún se debatía la mayoría. Por ejemplo, antes de tomarse una decisión en un grupo, la palabra final es como si por definición perteneciera a quienes estaban revestidos de ese halo intangible y sagrado que les hacía ser preminentes, y de ahí que el deseo de llegar pronto a ser alguien así se convirtiera en un afán indisimulado por alcanzar cuanto antes ese estado privilegiado de aplomo, de conciencia clara de  cuál era el rumbo. Se tenía la sensación de que alcanzando ese estilo tendríamos más independencia y arrojo para ser más seguros y autosuficientes. O sea, para pisar el escalón que nos asegurase un fuerte sentimiento de la propia valía.

La adolescencia es la última etapa en la que tanto los padres como nosotros los educadores todavía tenemos la oportunidad de influir de forma activa ayudando a que asienten sus caminos vitales. Son los últimos momentos en que aún podemos ser ejemplos cotidianos, aportándoles pistas válidas para sus necesidades y problemas. Tenemos todavía en nuestras manos la opción de apoyarles en sus esfuerzos por encontrar su estilo, ese estilo o personalidad que les acompañará siempre y del que podrán fiarse toda su vida (Clark, Clemes y Bean, 2000). Por tanto la cuestión reside en no dejar de lado, en este proceso educativo de influencia y permeabilidad, la transmisión directa y clara de las claves y refuerzos necesarios para que se lancen de una vez a  construir su estilo propio, el perfil de personalidad que deben empezar a manifestar con coherencia y soltura. 

Para un adolescente sentir que se maneja con aplomo y una aceptable seguridad cuando toma decisiones y acomete iniciativas es todo un subidón en su autoestima. Ese sentimiento suele aparecer especialmente cuando siente que lo que hace vale la pena, y eso sucede con más claridad  cuando las figuras de referencia significativas les reforzamos confirmando el mérito de su conducta. Sentirse respaldado y animado cuando hacen algo bien, o ver que se confía en sus capacidades al mostrarles cómo pueden mejorar, cuando se han quedado cortos o se han equivocado, es algo así como decirles al oído: “sigue así, puedes hacerlo bien por ti mismo”. No hay que pensar que la presencia de rebeldías e indiferencias con las que a veces se manifiestan significa que no estén pendientes de nuestras reacciones. Lo están mucho más de lo que imaginamos. Si tenemos la ocasión de mostrar que valoramos sus logros y que apoyamos sus esfuerzos, eso fortalecerá su convicción de que estamos de su lado en la construcción de esa personalidad que pugna por aflorar.

Además de los refuerzos por lo que hacen necesitan que se les anime a que se atrevan a actuar con independencia. Por ejemplo, a la hora de elegir sus aficiones y amigos. ¿Qué hace un adolescente con personalidad? Demostrar independencia de criterio en sus elecciones porque confía en que lo que decide coincide con sus valores, sin sentirse especialmente sometido al qué dirán ni a la dictadura de la presión de grupo. La ironía o el descrédito no le hacen mella porque se siente seguro y le resbalan las intimidaciones que puedan provenir del entorno inmediato. Hacerse sólido y actuar con  solidez es un reto accesible y a su alcance que se fragua tomando decisiones propias y contrastando los efectos que se derivan de ellas, y asimismo entrar en tareas y actividades desconocidas en las que puede aprender cosas nuevas, comprobar que su criterio electivo le reporta satisfacción, son formas de acrecentar la confianza en sí mismo e ir afianzando su personalidad.

Conviene recordarles con frecuencia que no hay que perder de vista lo que decía Aristóteles: “chavales, somos lo que hacemos día a día”. Asumir responsabilidades es una cosa seria, exige compromiso en hacer bien eso que se asume, sin frivolidades ni abandonos a medio camino. Quien tiene personalidad, hay que decirles, es coherente con lo que dice y cumplidor fiel en lo que hace, porque si un adolescente quiere ser tomado en serio y respetado debe respetar a su vez sus compromisos, so pena de quedar como un  piernas sin credibilidad ante los demás. Tener personalidad requiere un esfuerzo constante para no apartarse de la línea que uno se ha marcado y que le define como único respecto al resto.  

El educador debe dejar claras estas claves, que son algo así como controles de calidad imprescindibles, indicadores que los alumnos han de tener siempre presentes para mantenerse enteros y estar seguros de que su identidad es valiosa. Si empiezan a asimilar que construir la personalidad no consiste en ser original mediante extravagancias, sino en tratar de ser singular manteniendo siempre  la coherencia entre los propios valores, las decisiones y el comportamiento, nuestros alumnos tendrán más fácil conseguirlo, sin dar tantos rodeos.

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