Estado de alarma ¿Estado de calma?  ¡Ni mucho menos! Justo esta semana que acaba el estado de alarma salían los datos en el artículo titulado: El confinamiento ‘mata’ el amor: La fase 2 dispara el número de divorcios, de que durante los meses más duros de la cuarentena los divorcios han aumentado en España más de un 41%.

Y esto ha pasado en todo el mundo. En China, tras el periodo de reclusión obligatorio por el coronavirus, un número récord de solicitudes de divorcio invadió la ciudad china de Xi’an y se colapsaron todas las oficinas que tramitaban divorcios express en 40 minutos.

Así que, ¿te parece que hablemos de rupturas amorosas? ¿Existirá la “obsolescencia amorosa programada” que se acentúa si se activa el modo pandémico?

Las “historias de amor” no tienen fecha de caducidad, como los yogures. Pero también es cierto que “para siempre” parece demasiado tiempo. Empezamos y consolidamos el amor con promesas (te amaré hasta que la muerte nos separe, te seré fiel eternamente), pero la vida da muchas vueltas…y puede llegar, yo que sé, otro amor, una crisis…. o una pandemia mundial. Y al final llegan las rupturas amorosas.

 Y aquí surge una gran pregunta ¿las rupturas son fracasos?

Pues siempre nos lo han mostrado así, pero ¿sabes que algunas rupturas son auténticas liberaciones? ¿auténticos éxitos? Si te hacen daño, si tratan de controlarte, si sientes que no eres tú,  te ponen muros, si no hay condiciones para el amor, si no fluye… entonces dejarlo es lo mejor. Aunque nos demos cuenta más adelante.

Y podrías decir, ya claro, pero ¿y mi  corazón “partío”?

Ya, sabemos que duele. Y mucho. Te inmoviliza, bloquea y no puedes pensar en otra cosa. De hecho la frase «se me ha roto el corazón» no es tan poética como parece y la neurobiología nos dice que es real ese dolor parecido a un infarto o soponcio. Está relacionado con catecolaminas, adrenalina y otras ”minas” que el cerebro activa ante una ruptura amorosa, al interpreta el dolor real ¡equiparándolo a una quemadura! Se activan los sistemas neuronales primitivos parecidos a los del hambre y la sed. Por eso cuesta “apagar” ese dolor compulsivo que nos hace comernos la olla pensando, recordando, rumiando,… sufriendo.

Si encima a eso le sumas ideas mitificadas del tipo: era mi amor verdadero, solo hay una amor así en la vida, blablablá… ¡pues un asco! Inmoviliza, bloquea, obsesiona… y aparecen los miedos: a quedarte sol@, a que nadie nos quiera, a no superarlo, a no volver a enamorarte nunca más,…

Pero te lo aseguramos: Sí, se sobrevive a una ruptura.

Todo el mundo hemos tenido que sanar un corazón roto alguna vez, es como una herida momentánea en el “yo”, en ese amor propio del que hablamos. Que si, se nos queda impresa en ese instante de nuestras vidas pero no debería determinar nuestro futuro. Como cualquier golpe, acaba curando, pero tenemos que sanarla bien.

Porque hay rupturas amorosas “amorosas”. Es decir, que son “Amorosas” porque sabes decir adiós con amor, cuidando el momento, sabiendo que  podemos seguir queriéndonos durante la ruptura. Y también después, que a veces no sabemos querernos, que no es fácil, pero que si se ha acabado podemos hacerlo bien, sin jugadas sucias, ni estrategias ni guerras, desde lo que nos unía, con mucho respeto y cuidado.

¡Y pa’lante!: Me cuido y me dejo cuidar, reconstruyo mi amor propio, me quiero, intento contacto cero al inicio si duele, venzo las ganas de no hacer nada, conozco gente y hago cosas nuevas. Aceptación.  No enmascaro el dolor, un poquito de paciencia.

Y luego están las rupturas amorosas chungas. Muchas rupturas en las guerras románticas están basadas en el deseo de sentirnos amadas y amados de un modo absoluto, y  en el deseo de venganza si no es así. Muchas batallas románticas entre parejas surgen por querer coartar su libertad: que no se marche y que seas su prioridad en exclusividad.

Según las reglas de amor patriarcal: si yo soy tuy@ y tú eres mí@. Por lo que no se ve muy bien renunciar o compartir lo que consideras de tu propiedad. Por lo tanto,  dejar a alguien o que te dejen se considera máxima traición.

Otras culturas se juntan y separan con más ligereza, pero en la nuestra, es un dramón de (des)amor, a veces con mucha violencia, con “buenos y malos”, con “víctimas y culpables”, con quienes sufren lo indecible y quienes merecen el odio eterno. Donde, con la excusa de la enajenación romántica,  se vuelven personas sádicas y rencorosas con licencia para odiar, vengarse  o cualquier maldad. ¡¿pero, y este monstruo enemigo?! ¿dóoonde se ha metido esa persona encantadora, amorosa, generosa con la que yo salía?

Entregarse en cuerpo y alma al odio nos daña y daña a nuestro alrededor.

Estas rupturas sacan lo peor de ti y te chupan la energía.

¿Habéis oído hablar del amor candado? Lo de estar en un puentecito con tu pareja ¿y atar un candado con vuestro nombre, cerrarlo con llave y tirarla al rio como símbolo de vuestro amor? No se nos ocurre un símbolo más nefasto/absurdo para expresar amor: una cosa fría, dura, mecánica, a la que encima le quitamos la llave, sin permitir la libertad de cambio de opinión, replanteamiento o ruptura. Una cerradura símbolo de control y posesión rollo propiedad privada sin compromiso libre.

Esta moda, basura emocional del romanticismo comercial, abarrota ¡y hunde! puentes, farolas y estatuas por muchas ciudades y es la causa de muchas rupturas traumáticas.

Así que ya sabes, desbloquea el amor … y si hay que romper, se rompe. A lo mejor podéis dejar un tiempito de des-confinamiento a ver qué tal.

Y recordemos que en muchas rupturas nadie tiene la culpa responsabilidad total: el amor viene y va, se acaba (a ti o a tu pareja), se construye y se destruye. O se da, o no se da. Fluye, o no fluye y no podemos mendigarlo ni exigirlo.

¿Y TÚ QUÉ…sabrías romper “amorosamente”?

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